23 #2
Diez minutos más tarde dejamos atrás la armería en dirección a la playa y poco después, abandonamos el taxi de Félix a la altura del muelle de Santa Mónica.
—Puedes marcharte, Félix, te llamaremos si nos haces falta. No sabemos cuánto tiempo estaremos por aquí.
Paseamos por Santa Mónica Beach durante unos cuarenta y cinco minutos, la icónica playa californiana no me defrauda.
Es tal y como la he visto decenas de veces en la televisión: músicos, artistas, skaters , turistas, policías en patines, en bici o a caballo, gente enseñando músculo, gente enseñando su falta de sentido del ridículo y, por supuesto, comercios de todo tipo: bares, restaurantes, puestos ambulantes, tiendas de recuerdos.
Emily disfruta del paseo más que yo. Salta a la vista que no sale mucho de casa y menos aún, acompañada y menos aún…
para disfrutar. La conversación es agradable, tanto o más que el paseo.
No es momento de seguir con la entrevista, aunque una pregunta me ronda por la cabeza y me debato con cierta rabia si hacerla o no.
Emily rompe con mi disputa interna y, en un momento dado, me advierte:
—Estate atenta. Fíjate en los detalles, observa a las personas. Quizás estemos siendo vigiladas.
No sé si es obsesión o si tiene razón y debería estar atenta. No quiero darle mucha importancia, pero prestaré atención. No sé muy bien a qué. ¿Un hombre sentado en un banco, con gabardina, gorro y gafas oscuras oculto tras un periódico? La imagen en mi cabeza me hace sonreír.
Hablo yo más que ella. Y es que no para de preguntarme cosas sobre mi vida, mi trabajo y mis amigos.
Le hablo de España y de todas las cosas maravillosas que podría visitar si se decidiera a venir.
Cosas sin importancia. Nada que no se pueda contar.
Se le enciende la chispa de la curiosidad y me confiesa que se lo pensará.
Está relajada y eso me da pie a preguntarle.
—Emily, no quiero romper este momento tan agradable, y si no quieres contestarme, lo entenderé.
Ahora mismo no estamos grabando la conversación, te lo digo para que te sientas tranquila.
Pero me gustaría preguntarte… —me cuesta— antes me dijiste que no tienes hijos.
¿Qué pasó? ¿Puedes contarme algo? Si no quieres, no pasa nada.
Entiendo que nada tiene que ver con el día del intento de asesinato, pero fue una de las promesas que Turner decidió cumplir y me veo un tanto obligada a preguntarte.
Seguimos caminando. Baja la cabeza y con las manos, se rodea el vientre. No sé si lo hace queriendo o si le sale por instinto. De repente, un sonido procedente de la derecha se amplifica como si nada más existiera. Son niños jugando en un parque. Su respuesta es breve y sincera.
—Lo intentamos. Lo intentamos y no funcionó. Turner no mintió. Hicimos todo lo posible, pero nada funcionó. Nos pusimos a ello a las pocas semanas de instalarnos en Miami, pero no pudo ser.
—¿Dónde estaba el problema?
—Qué más da. Fue un proceso agotador, una vez más hay que reconocerlo.
Echaron el resto. Llegábamos a la clínica y no teníamos que esperar.
Nos hicieron mil pruebas, hicimos tratamientos de fertilidad, pero nada funcionaba.
Consiguieron implantarme un óvulo fecundado hasta en tres ocasiones, pero nunca pasé de la semana trece.
—Lo siento, Emily.
—Tranquila. Hace mucho ya de eso. Mírame —me dice, señalando a sus ojos—. Ya no lloro. Ya lloré todo lo que tenía que llorar.
—¿Alguna vez te planteas si tu vida habría sido mejor con un bebé?
—No.¿Para qué? —responde con pura resignación—.
Lo único que conseguiría sería torturarme, y ya tengo bastante con todo esto.
¿Qué si hubiese tenido un niño o una niña, las locuras de Turner me habrían dado igual?
Pues quizá, pero qué quieres que te diga, no me apetece darle muchas vueltas, ya pasó —concluye—. Bueno, y tú ¿qué…?
—Aborté.
—¿Cómo dices? —pregunta sorprendida.
—Aborté a los diecisiete. No tuve opción —no tengo ni idea de por qué le estoy contando esto.
—Carmen, detente. Solo quería preguntar si tenías planes de ser madre en un futuro. No quiero meterme en lo personal.
—Nunca he tenido la oportunidad de hablarlo con nadie. No tuve opción de decidir, ni tampoco de contarlo. Por aquello del qué dirán. Ya va siendo hora de soltarlo. Quizá este sea el momento indicado.
—Si piensas que te va a ayudar. Adelante. Soy toda oídos. Pero no tienes por qué hacerlo.
—Me quedé embarazada unos meses antes de cumplir los dieciocho. No me preguntes por el chico ni por el qué pasó y sobre todo te pediría que no me juzgues…
—No soy la persona más adecuada para juzgar a nadie, ¿no crees? —me interrumpe.
—Gracias. —Tengo la sensación de ser yo ahora quien está en modo confesional.
Por un momento se invierten nuestros papeles.
Yo hablo, ella escucha—. No me quedó otra que contarlo en casa.
Fue entonces cuando mi padre tomó las riendas de todo y no me dio opción a nada.
Se volvió loco. No tuvo en cuenta mi opinión ni la de mi madre.
No quiso escuchar. Había que abortar sí o sí.
No tuvo ni una pizca de sensibilidad. Trató el asunto como si llevase un cuerpo extraño dentro y hubiera que sacarlo a toda costa.
Dijo una y mil veces aquello de que si tenía al bebé iba a arruinar mi futuro y mi carrera profesional, pero creo que lo peor de todo este asunto fue cuando decía eso de: ¡que nadie se entere, qué vergüenza!
¿Qué iban a pensar de nosotros? ¿De nosotros?
Perdona, será de mí, ¿o qué? Yo soy la embarazada.
Yo soy la que va a abortar. Y el chico ese, ¿quién es?
Si ni siquiera es el novio formal. En fin… fueron unas semanas horribles.
—¿Lo habrías tenido?
—Pues no lo sé, Emily, no lo sé. Ese es el asunto.
Que no tuve tiempo ni de pensarlo. Seguramente también habría abortado.
Pero habría sido mi decisión, no la de mi padre.
Lo habría pensado y vuelto a pensar. Habría puesto en la balanza los pros y los contras cien veces.
No es algo fácil, estamos hablando de cortar una vida.
—Son decisiones muy importantes. Momentos clave en nuestra vida, que pueden dejarnos marca. Lo sé. Y te entiendo perfectamente…
—¿De dónde te crees que vienen mis inseguridades?
—La corto—. Quizá no te hayas dado cuenta, pero soy un cúmulo de miedos e inseguridades.
Cada vez que te hago una pregunta, pienso si será la correcta, si lo estaré haciendo bien.
Soy un quebradero de cabeza constante… y a veces se vuelve insoportable.
—Carmen, quédate tranquila. No he notado nada de lo que me dices. Si es así, lo disimulas muy bien. Yo bastante tengo con lo mío. Mis espectáculos sí se dejan ver.
—Bueno. Están más que justificados. —Las dos nos echamos a reír.
—Todos tenemos demonios en nuestro interior —añade Emily—, vienen a por nosotros desde lo más profundo con el único objetivo de hacernos daño. Es muy difícil tenerlos bajo control. Este es el tuyo. Me sorprende que digas que nunca lo habías hablado con nadie.
—Nunca. Tabú. Ni siquiera en casa entre nosotros. Ni con mi hermana. Mi padre nos repitió tanto que no lo contásemos, nos metió tanto miedo en el cuerpo, que no. Nunca lo hablé. ¡Joder y aun encima, te crea un sentimiento de culpa!…
—¿Tienes una hermana y no se lo contaste?
—Sí, contárselo se lo conté. De hecho, fue la primera a quién se lo dije. Pero ya nunca más hablamos de ello.
—Vaya. Las dos tenemos nuestro conflicto personal interno. Creo que nos parecemos más de lo que creemos. Espero que te haya ayudado el contármelo. Quizá puedas hablarlo con tu hermana cuando regreses. Soltarlo todo, ayuda. Te lo digo por experiencia. —Respira hondo.
Paseamos en silencio unos minutos.
Cada una envuelta en sus pensamientos. Me siento bien.
He resumido al máximo este capítulo oscuro de mi vida.
Permanecía escondido dentro de mí. Lo he soltado.
Nunca antes había sentido la necesidad de expresarlo.
Dormía y, sin saber muy bien por qué, hoy ha despertado y lo he compartido con Emily.
Ha sido un primer paso. Tiene razón, nos parecemos un poco.
Las dos tenemos nuestros conflictos internos.
El suyo infinitamente más complejo y duro que el mío, por supuesto.
Pero siento que una vez más esto nos acerca un poco.
—Emily.
—Dime.
—Gracias por escucharme, por tu sinceridad y, volviendo al trabajo, por contestarlo todo sin ponerme objeción alguna. No quiero estropear este paseo.
—Tranquila, Carmen. Has venido a preguntar y yo estoy aquí para responderte; y si de paso te puedo ayudar en algo, aquí estoy.
Finalizamos el paseo regresando al emblemático Pier Santa Mónica, el muelle de Santa Mónica, donde Félix nos dejó.
—Mira —me dice—. Aquí termina la ruta 66. Ya no se puede seguir más. A no ser que cojas un bote —sonríe.
Como no podía ser de otra manera, el muelle está repleto de comercios.
Pasamos por el acuario y el Pacific Park.
Emily me comenta algo sobre una máquina famosísima que concede deseos y que aparecía en una película de Tom Hanks allá por los años ochenta.
No tengo ni idea de lo que me está hablando.
No he visto Big , así se llama el film, ni sé quién es Zoltar, el genio que concedía los deseos.
Me riñe con ternura. Me dice que mi juventud no es excusa para no haberla visto.
Le prometo que la veré. Atravesamos los últimos cien metros de la pasarela de madera hasta llegar al final del muelle, allí donde las puestas de sol deben ser espectaculares.
En María Sol, pedimos unos tacos y un par de cervezas para llevar y nos sentamos en las escaleras laterales que bordean el restaurante.
Enseguida, un guardia de seguridad nos hace un gesto para que nos levantemos.
Ahí no nos podemos sentar. La suerte está de nuestro lado y un banco queda libre.
Emily echa a correr y se adueña de él. El sitio es perfecto.
Por delante tan solo el horizonte; por detrás… un montón de turistas.
—Carmen, ¿has traído tus cosas?
—Sí, claro.
—¿Te parecería interesante continuar aquí la entrevista?
—¿Aquí?
—Sí. Lo que ahora viene se puede contar aquí —comenta con cierta alegría, sabiendo qué recuerdos amenos van a poblar su mente.
—¿Quieres decir que nos vamos en busca del buen tiempo?
—Todavía no, pero casi. ¿Te apetece?
—Vamos allá, claro. Nos terminamos los tacos y nos ponemos a ello.
Coloco la grabadora entre las dos. A la cámara le acoplo un mini trípode octopus que enrosco en la barandilla. Me aseguro de que, si falla, la cámara no caiga al mar; debajo de nosotros queda otra pasarela para visitantes. Como mucho puede que alguien se lleve un buen golpe en la cabeza.
Enfoco la cámara hacia Emily y ambas nos colocamos unos pequeños micros inalámbricos de pinza.
Ella en el vestido, yo en mi camisa. La brisa es generosa, compensa el calor del sol, pero no quiero que el sonido del viento arruine la grabación.
Por si acaso, antes, hago una prueba de sonido. Todo está preparado.
—Recuerda, Emily, que volveré a tratarte de usted. Tú no tienes por qué hacerlo.