La última entrevista de Emily Watson 23
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—Tengo una duda. No sé si importa o no, pero siento curiosidad.

—Dime.

—¿Por qué Ryan y usted? Quiero decir ¿Por qué dos personas? ¿No habría sido más fácil provocarlo todo con una sola persona? Solo Ryan. Un loco que decide matar al futuro presidente, se le mata, se da el cambiazo y listo. Al ser dos, todo se complica.

—Es muy buena pregunta. Al mismo tiempo, tiene una respuesta sencilla: Darle mayor credibilidad a la historia. Recuerdas que estuvimos hablando de que show es tan loco que es más fácil pensar que todo ha sido real en vez de ser una ficción.

—Sí. Lo recuerdo.

—Esto no hace nada más que darle mayor complejidad al espectáculo. Implicar mi persona en todo esto, es algo así como introducir en la farsa el doble tirabuzón invertido.

—Vamos que si a alguien le diese por pensar que todo ha sido una mentira enorme y se pone a intentar desentramarlo todo, su figura como mujer de Ryan lo complica y enrevesa todo de manera exponencial.

—Nada más que añadir. Veo que lo has cogido a la primera —replica con seguridad.

—¿Podemos entonces cerrar capítulo, señora Watson? ¿Cree que debería añadir algo más a lo contado hasta ahora, algo que quizá se le haya escapado u olvidado?

—Hemos hablado hasta de mi entierro, cosa que nunca habría imaginado. Eres concienzuda y detallista. No te gusta dejar cabos sueltos.

—Es la forma de hacer creíble la noticia.

—Opino lo mismo. Por mi parte podemos pasar página. ¿Qué más quieres saber o, mejor dicho, por dónde quieres continuar?

—Me gustaría proponerle una cosa. Creo que nos relajará un poco y nos permitirá organizar ideas.

Al menos a mí. No sé cuánto tiempo más nos llevará esta entrevista, pero quizá cuando terminemos, yo tenga que volver a España y…

me gustaría averiguar si de veras la observan, si vigilan sus pasos como bien me ha dicho.

—¿Quieres que vayamos a solicitar el arma? ¿Es eso lo que me estás pidiendo?

—¿Qué otra cosa podríamos hacer que implique… cómo decirlo: molestarles?

—No deseo tener un arma, la verdad. Pero, también puedo solicitarla, y si a los días me la conceden, puedo decir que no la quiero. Está bien, probemos.

Ambas buscamos una armería en nuestros móviles.

Los dos dispositivos muestran los mismos resultados.

En principio su internet no parece estar capado.

Encontramos las dos armerías más cercanas a unas veintiocho millas.

La primera en Thousand Oaks, una ciudad al norte de nuestra ubicación, y la segunda en Los Ángeles, en Beverly Hills.

—Chica —me dice con total naturalidad—. Te voy a llevar a Los Ángeles. Y luego, si te apetece, te llevo a la playa de Santa Mónica a dar un paseo para que veas a los machos ponerse musculosos.

—Tú mandas. ¿Llamamos a un taxi?

—No.Llamamos a Félix. Coge la grabadora y la cámara si quieres. Seguro que encontramos un lugar donde tomar un batido XXL, una hamburguesa y seguir hablando.

La mayor parte del trayecto conversamos en inglés, pero Félix no para de preguntar por España y de cambiar de idioma.

Le encanta hablar conmigo en castellano y a Emily no parece importarle.

Yo de vez en cuando le voy traduciendo lo que hablamos.

Ella siente curiosidad. Veinticinco minutos más tarde nos bajamos del coche.

Félix insiste con amabilidad en esperarnos para llevarnos luego a la playa.

Son nueve millas desde la armería. Las distancias aquí son enormes.

Dos cámaras de seguridad apuntan en dirección a la puerta de entrada.

Lógico. Emily tira de la manija, pero esta no se abre.

A la derecha, un cartel bien visible: Pulse el timbre .

Pulsa. La puerta se abre. Entramos. Pasamos por un arco de seguridad.

Lógico. Veo al menos cuatro cámaras más, una en cada esquina.

Lógico. Yo también las pondría si me dedicara a la venta de armas.

Lo que ya no me parece tan lógico es lo que vemos en el interior.

—Nunca me habría imaginado una armería así —le comento a Emily.

—No son establecimientos que suela frecuentar. No sabría decirte.

Tres clientes merodean por la tienda, mientras Lara Croft detrás del mostrador hace las veces de dependienta.

Es espectacular: rostro maquillado y el gesto serio.

Piel tostada, coleta trenzada de pelo oscuro hasta la cintura, camiseta negra ajustada de tirantes, que marca en exceso unos pechos, por supuesto elevados por un sujetador push-up , cinturón de combate y pantalón ajustado con bolsillos laterales.

Lista para salir de caza. Eso sí: muy chic , muy cool .

«Americanos»

Tampoco me resulta muy lógica la tienda en sí.

Me esperaba paredes repletas de armas, vitrinas y mostradores donde no cupiese ni un cartucho más y, sin embargo, en la pared apenas hay una veintena de rifles y escopetas.

Lo mismo pasa en los mostradores, entre arma y arma, una separación de unos cincuenta centímetros y todas las armas parecen…

¡son superchulas! Doradas, azules, con adornos de camuflaje, algunas llevan…

¿bisutería? Son armas de diseño. ¡Sí hasta me apetece tener una!

Estas no son como las que usa la policía. Creo. Seguro que más de uno pensará que, si matas con una de estas armas, lo estás haciendo con más clase y estilo. ¿Será por qué estamos en Beverly Hills?

«Americanos»

—Esto es muy pijo, Emily —le digo al oído.

—Me doy cuenta. Como yo —exclama y se ríe.

—Buenos días, señoras. ¿En qué puedo ayudarlas? —pregunta un hombre con voz grave a mi espalda.

Por un momento me lo imagino disfrazado de Rambo.

Pijo, pero Rambo. Estoy perpleja. Viste traje azul oscuro con solapas negras, a juego con camisa negra y corbata del mismo azul que el traje.

Listo para vender armas, listo para irse de boda.

Es atractivo. Mide cerca del uno noventa y cinco.

Debe rondar los cuarenta y cinco. Físicamente, se le ve en forma; delgado, lo que hace resaltar sus pómulos y delata en exceso una prominente nariz.

Ojos negros, al igual que el pelo que, aunque empieza a escasear, de momento, cumple con su misión.

Si fuese amigo mío, le aconsejaría que fuese pensando en tirar de maquinilla eléctrica.

Tiene perilla, imagino que, para tratar de compensar la calvicie.

No le queda mal, pero le hace sumar años.

Además, las perillas no están de moda. Quizá un bigote bien cuidado sería mejor opción.

—Buenos días —contestamos.

—Ustedes dirán. ¿Necesita algo en concreto?

—No sabría decirle —contesta Emily, mirando las pistolas del mostrador.

—¿Es usted quien viene de compras? —pregunta mirando a Emily.

—Sí, soy yo.

—¿Me permite hacerle unas cuantas preguntas?

—Adelante, por favor.

—Diría que usted nunca ha cogido un arma, que vive sola, que ha tenido un par de sustos y que necesita sentirse segura.

—Eso no son preguntas, son afirmaciones.

—Tiene usted razón. ¿Son erróneas mis afirmaciones? Esto sí es una pregunta… —Sonríe.

—Nunca he cogido un arma. Vivo sola, pero nunca he tenido un susto. No me siento insegura.

—Entonces permítame preguntarle para qué necesita un arma.

Emily duda, no sabe muy bien qué decir.

« Pues mire, señor, es que mi compañera estaba pensando en pegarse un tiro porque bla, bla, bla ». Me río para mis adentros. Espero que no se note.

Ante su silencio, el dependiente vuelve a intervenir.

—Hagamos una cosa si le parece bien. California es uno de los estados donde conseguir un arma es más complicado.

Así que vayamos rellenando unos papeles.

Seguro que sabe que debo enviar sus datos al FBI para asegurarnos de que no tiene antecedentes penales.

También tendrá que realizar un pequeño examen.

Algo sin importancia. Un pequeño test psicológico para cerciorarnos de que es usted una persona…

—¿Emocionalmente estable? —digo yo.

—¿Cuerda? —dice Emily al mismo tiempo.

—Normal, iba a añadir yo —concluye él—. Pero sí. Tenemos que asegurarnos de que está usted cuerda. Mientras esperamos respuesta, me gustaría invitarla a que se una a nuestro club de tiro y que pruebe, que averigüe si le gusta el mundo de las armas.

—Me atrevería a decir que no quiere venderme una —replica Emily.

—Le voy a decir, si me lo permite, qué es lo que yo quiero y lo que no quiero de usted.

—No le deja contestar a Emily—. No quiero que me compre un arma, la guarde en la mesilla, o en la caja fuerte, y no la use nunca.

Eso no es lo que quiero de usted. Lo que sí que quiero, es que se enamore de las armas, que vea que son seguras, que bien usadas, son divertidas, aportan confianza y seguridad en uno mismo.

Lo que quiero de usted, es que use su arma, que pruebe varios modelos hasta que dé con la que más le guste.

Lo que no quiero de usted es que un día tenga que usar su pistola y no sepa ni quitar el seguro, la use mal y provoque un accidente innecesario.

Lo que quiero de usted es que sepa empuñar un arma; colocarse en posición de disparo, que sepa evitar el retroceso para que un día no se rompa la nariz o se provoque una luxación de hombro.

Lo que quiero de usted es que me compre tantas armas como vestidos tiene, que se apunte al club de tiro y que venga un par de veces a la semana a practicar y se deje en mi negocio un dineral.

Lo que quiero y, espero no ser un grosero por decir esto, es poder invitarla a tomar algo o a cenar un día de estos.

Es usted una mujer muy bella —Emily enrojece—.

¿Le parece ahora que no quiero venderle un arma?

Emily me mira roja como un tomate.

—¿Tú qué harías?

—¿A lo de la pistola o a lo de salir por ahí? Yo diría que sí, a las dos cosas —digo en voz alta—. Además —le apunto ahora al oído—, si dices que no, nunca sabrás si te van a dar el arma.

—Me ha convencido —responde Emily—. Supongo que necesitará mi documentación. Lo de la cita… tendrá que esperar. Lo siento.