22 #2
—Coge a Fiztpatrick un par de meses antes —a la par que a nosotros—, dile que le vas a pagar una gran cantidad de dinero por formar parte de un experimento.
Vigílalo, por supuesto. Era tan desastre como imprevisible.
No sé si me entiendes: vamos que había que mantenerlo con vida.
Que hoy está vivo, pero quizá mañana no.
Eso no podía suceder, nos habría destrozado el plan.
Dile que le vas a seguir suministrando drogas, que se deje crecer el pelo y la barba y que no se duche los diez días antes del dieciséis de enero, cosa que para él era fácil de conseguir.
Por los servicios prestados y como compensación, la mañana del mitin, dale una dosis letal.
Vístelo como Ryan y unas horas antes de que Turner diga Marte, y una vez muerto por la sobredosis, cuélgalo de una pared y pégale un tiro con la misma munición que usan los francotiradores.
Un tiro que le entre por la espalda y le salga por el pecho.
Para terminar, mételo en la misma ambulancia en la que van a esconder a Ryan y da el cambiazo.
No puedo hablar.
—¿Me vas a preguntar ahora cómo cambian documentación, huellas dactilares, historial médico y demás, o ya has entendido que los nuestros, dentro del FBI, sustituyen los papeles de Fiztpatrick por los de Ryan?
—SeñoraWatson, me está diciendo que se asesinó a una persona. Por mucho que me lo maquille como un despojo humano o por muy drogadicto que fuera, era un ser humano. Se asesinó a un hombre y ustedes dos fueron conscientes de ello. ¿Cómo se digiere eso?
—No lo digieres. No lo digieres porque no lo sabes.
En ningún momento se nos dice que van a matar a Fiztpatrick.
Lo único que se nos comunicó fue que en la ambulancia reanimarían a Ryan.
Que no nos preocupáramos por lo demás. Nuestra historia era solo nuestra, y la de Neil era la suya.
Nada se debía cruzar o entrelazar entre nosotros para que la misión tuviera éxito.
—Pero, usted ahora mismo me lo está contando. ¿Cómo o cuándo se enteran?
—Todo a su debido tiempo, no te he ocultado nada hasta ahora y no pienso hacerlo, pero todo a su debido tiempo. Solo añadiré que, de haberlo sabido, nos habríamos negado.
No puedo decir nada. El silencio se adueña de todo, en parte por mi incapacidad de hablar, en parte porque Emily quiere. Silencios incómodos en los que, esta vez, la incómoda soy yo. Me cuesta reaccionar.
—¿Puedo quedarme las fotos? —acierto a preguntar.
—Puedes. Y por si se te pasa por la cabeza preguntarme…
el reconocimiento del cadáver puede hacerlo un amigo, pues fue un «amigo» del trabajo en la mina quien nos reconoció a los dos.
¿Y las autopsias? Médicos forenses que les costó un minuto decir: Causa de la muerte: impacto de bala e ingesta masiva de somníferos.
—¿Y los entierros? —pregunto con la boca pequeña.
—Mira, con nosotros se alinearon los planetas.
El sistema de búsqueda para la misión encontró catorce parejas en los EE.
UU. que cumplían con los requisitos. Una vez conocidos los veintiocho sujetos, se estudia su día a día: trabajos, vida social, amigos y familiares, situación económica y, se elige a la pareja a la que más sencillo sea manipular.
Que somos de Mayfield, pues se organiza el evento en Mayfield o alrededores, que los elegidos son de Charlotte, pues todos para allá.
Y en esta ocasión, los elegidos fuimos nosotros.
Uno de nuestros fuertes, era una familia escasa.
Sin hijos, Ryan sin padres, tan solo sus tíos, que para colmo allanaron el camino al volar al paraíso tras la venta del taller.
Yo tan solo tenía a mi madre y a mi tía que vivían en Murray.
Ahora créate una imagen mental de Mayfield: ciudad de diez mil habitantes donde, aunque no nos conocemos todos, si te dicen: Ryan, el que trabajaba en el taller del tío Frank. O Emily que estuvo una temporada en el Hard Cock, seguro que saben quién eres.
—Seguro que a usted la recordarían por algo más que trabajar en el club de carretera, no se infravalore.
—¿Por robar en el supermercado?
—No estoy de acuerdo —intento animarla.
—Seguro que algo bueno hice en aquellos tiempos.
Permíteme que continúe. Ryan y yo pasamos a ser la vergüenza de la ciudad, los que manchan su nombre; por eso nos queman el coche y nos destrozan la casa…
y si hubiesen podido, nos habrían linchado.
Así que: ¿Quién iba a ir a nuestro entierro?
¿Tú irías sabiendo que el resto de la ciudad te miraría con ojos de serpiente?
El desprecio y el vacío hacia ti se harían más que evidentes.
Tu vida no volvería a ser la misma. Mi madre y mi tía sí que asistieron.
Se les recomendó que yo fuese incinerada.
Si nos hubiesen enterrado, nuestras lápidas no habrían durado ni veinticuatro horas en pie.
No me atrevo a preguntarle si su madre vio el cuerpo —su cuerpo— dentro del ataúd. No puedo.
—Señora Watson, el relato que me está contando, entero, de principio a fin, tiene unas dimensiones colosales.
Es impredecible e inimaginable. El mejor guion de una película de terror, me atrevería a decir: una novela.
¡Este es el relato perfecto para una novela!
Sin embargo, lo que me acaba de contar sobre su madre y su entierro…
debió ser muy duro para usted. ¿Qué se le pasa a una por la cabeza, cuando se da cuenta de que a su madre le van a comunicar que su hija se ha suicidado, cuando no es cierto?
—Es muy duro. Este es otro de mis pecados.
Otra de las losas que tiran de mí hacia los infiernos.
Lo que me hace quedarme en la cama por las mañanas, más tiempo del necesario, porque no tengo ganas de levantarme.
Le di a mi madre el mayor de los disgustos, la peor de las noticias y, además, siendo la mujer de un asesino.
No puedes imaginar el dolor que llevo dentro, como la culpa y el arrepentimiento me consumen día a día.
—¿No conocíais estos detalles, no hablasteis de todo esto al principio?
—No… Esta fue otra de las cláusulas de la letra pequeña.
La de los intereses abusivos. La de la suscripción de por vida.
La del seguro que tú creías que cubría no sé qué y luego no era así, pero multiplicada por infinito.
Una letra pequeña que destroza vidas. Esta es mi espina, mi calvario personal.
Defraudar a tu madre, darle la falsa noticia de que has fallecido.
Intentamos por todos los medios evitarlo, convencerlos de que existían alternativas, pero de ninguna de las maneras quisieron arriesgarse a que algo fallase.
—¿Su madre vive?
—Sí. Vive. Y por lo poco que sé, a día de hoy es feliz.
Se portaron bien con ella, todo sea dicho.
A los pocos meses le proporcionaron un trabajo mejor, más estable y mejor remunerado.
Trabajo, en el que estuvo hasta que se jubiló y un día tuvo la fortuna de cara: le tocó un boleto millonario.
Me entiendes, ¿verdad? Vamos, que le vendieron un rasca en un puesto ambulante y le tocó el premio grande.
Cerca de cien mil dólares. Fuimos nosotros, les hice saber a todos que queríamos compensarla por lo que le hice.
Quería darle parte del millón de dólares y ellos, se inventaron el teatrillo del boleto premiado.
Pensó que le había tocado el sorteo. Eso fue todo lo que pude hacer por ella.
Una compensación económica. El dinero lo arregla todo.
De vez en cuando me hacen llegar noticias sobre ella, para que me sienta bien y, en cierto modo, me reconforta, pero fue algo imperdonable.
—¿Le gustaría ir a verla? Han pasado cerca de treinta años.
—No, para nada ¡Le destrozaría la vida! ¿Qué iba a decirle? Mira, mamá, tuve que hacer esto, no lo pude evitar, todo fue una gran mentira… Seguro que me rechazaría. Además, creo que ellos no me lo permitirían.
Creo que este capítulo llega a su fin. Emily se ha mostrado inmensa: Firme, segura, convencida de sí misma y de estar haciendo lo correcto.
Me ha puesto sobre la mesa el decálogo sobre cómo fingir el intento de asesinato de un futuro presidente.
Ha sido minuciosa con los detalles y cuidadosa en todas sus explicaciones.
Nada hay que pueda cogerse con pinzas. Hay respuesta y justificación para todo.
Salvo que quiera sorprenderme con algo más, creo que puedo empezar a ir en busca del envoltorio necesario para este regalo que me ha hecho.
Pero antes debo resolver una pequeña duda que me ronda por la cabeza.