La última entrevista de Emily Watson 22
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—SeñoraWatson, ¿le importaría, por favor, continuar con el relato? —Asiente y ahora sí, tira de tabaco.

—Ryan pasa cerca de ocho horas oculto bajo esa lona.

Tiene unos botellines de agua, barritas energéticas, un recipiente para orinar y un radiotransmisor con auriculares que, funciona como radio.

Es decir, que puede usarla para matar el tiempo durante las primeras horas escuchando música o lo que desee.

La radio deja de funcionar como tal para pasar a ser transmisor en el momento en el que empieza el evento. De la misma manera que se le avisa al presidente, a Ryan también se le va poniendo al día para asegurarse de que está preparado. Y entonces… Marte.

—Ryan dispara al aire —continuo.

—Eso es, la actuación consiste en hacerle creer a todo el mundo que Ryan, sorprendido por todo el revuelo que se monta, en vez de quedarse quieto debajo de la lona y dejar que todo pase, se asusta, se levanta e intenta huir.

Por supuesto, un francotirador «de los nuestros», no lo olvides, lo ve y lo abate.

Al igual que al presidente, a Ryan le explota un pequeño artefacto, en este caso doble, por la espalda y por el pecho, como si la bala lo hubiese atravesado y hubiese destrozado su cazadora y su camiseta.

El explosivo extenderá su propia sangre, porque antes le habrán extraído sangre y la habrán introducido en cápsulas de gelatina que se disolverán por toda su ropa al contacto con el calor producido por la explosión.

Se bebe un botellín de agua que lleva un medicamento que le baja las pulsaciones entre dieciocho y veinte por minuto, así, si por casualidad algún médico que no es de nuestro equipo o algún despistado pasa por ahí le da por tomarle el pulso, pues seguro que no se lo encuentran.

¿Te imaginas veinte pulsaciones por minuto?

¡Es una cada 3,4 segundos! La sensación es terrorífica.

La idea de que el próximo latido nunca llegará se instaura en tu cabeza y sientes que vas a morir.

—¿Tú también bebiste aquel medicamento? —Emily asiente afirmativamente.

—Luego sabrás cuándo y cómo. Ahora centrémonos en Ryan.

Él era fuerte y decidido. Hablaba poco, pero con sus actos demostraba ser una persona valiente.

Al beber el líquido, uno pierde la consciencia y el riesgo de muerte, como te digo, está ahí.

Por fortuna, siempre teníamos asistencia médica instantánea.

Era cuestión de minutos. El botellín es especial: el tapón y la etiqueta son amarillos fosforitos.

—¿Para qué?

—Para no confundirlos con otros. Si se bebe el que no es, en el momento equivocado, puedes buscarte un problema.

Estoy perpleja. No sé qué decir. Lo mejor es dejarle seguir. Emily está siendo detallista al extremo y eso es lo que necesito para que el relato sea veraz.

—¿Cuánto tiempo puede estar una persona con las pulsaciones tan bajas?

—Poco. No sabría decirte. Tampoco me preguntes por lo que aquel líquido misterioso contenía, porque no sabría decirte…

, algo sobre los bloqueadores de los canales de calcio, les oí decir una vez.

No puedo decirte más. No soy doctora. El asunto es que, al minuto de ser abatido, nuestros agentes suben al tejado junto con médicos y enfermeros de una ambulancia que por casualidad rondaba por allí.

Imagino que ya me entiendes. Entre los cuatro lo bajan del edificio.

Lo meten en un saco, pero eso sí, antes de todo, un par de periodistas que por casualidad unos instantes antes habían abandonado el mitin para ir a comprar algo de comer a la tienda, le tiran unas cuantas fotos y le graban en vídeo para certificar que está bien muerto.

Más tarde, esas imágenes servirán para que la audiencia pueda identificarlo.

Una vez dentro de la ambulancia, los médicos le ponen el corazón en su sitio.

—Creo que la realidad supera a la ficción.

—Siempre —responde tajante—. En esta historia siempre.

—Se me agolpan las preguntas sobre Ryan, señora Watson.

Me parece un relato, una vez más… un tanto inverosímil.

Pero vayamos ahora con su historia, luego retomaremos la de Ryan.

Por favor, hábleme de su papel en todo este gran teatro.

Porque usted… no sé si debería decirlo yo, quizá deba dejar que lo haga usted…

He indagado en la historia y, aunque no se habla mucho de Emily Watson, sí que pude averiguar que usted…

—Me suicido. ¿Eso es lo que quiere decir? —concluye la frase por mí.

—Exacto. Usted, en esta ficción, se suicida. ¿Será esta su forma de desaparecer de la faz de la tierra?

—Eso es. Mi papel en todo esto es secundario, poco o nada aporta a la totalidad de la historia, pero aquí estoy o, mejor dicho, allí estaba y necesitaba desaparecer para irme con mi marido a vivir una nueva vida.

—¿Cómo lo hace?

—Mediante la ingesta de pastillas. Es el método más habitual entre las mujeres a la hora de quitarse la vida.

La secuencia era la siguiente: Ryan es abatido e identificado, lo que significa que, de inmediato, nuestros agentes, en busca de pruebas, se plantan en mi casa.

Ya sabe que en estos casos siempre pasa lo mismo: se encuentran en la casa y en el coche del asesino decenas de armas, correos contra no sé quién, etcétera.

Noticias. Echan la puerta abajo y me encuentran en el suelo, inconsciente, con dos tarros de pastillas vacíos y una nota de Ryan en la que me pide perdón y me dice que todo lo hace por mí, por darme un futuro mejor.

Yo no me tomo las pastillas, tan solo hago lo mismo que Ryan: me bebo la botellita amarillo fosforito para bajar las pulsaciones.

Pierdo la consciencia. Llega la ambulancia.

Los rumores dirán que se me han llevado con vida, pero que muero por el camino, no llego al hospital. Así es como muere Emily Watson.

—No deja de sorprenderme, señoraWatson. Ambos mueren; sin embargo, los dos salen de esta. Y no lo veo tan fácil. Sigo sin comprender ciertas cosas. Debería haber una identificación de cadáveres, unos cambios de identidad, una falsificación de pruebas… ¡Un entierro! ¿Cómo se hace todo eso?

—Carmen —me llama por mi nombre. Se avecina reprimenda—, o no me escuchas o no me crees —zanja.

—Le creo —respondo.

—Entonces va a ser que no me escuchas. Ya lo has oído antes.

A nosotros nos engañaron; abusaron de nuestra ignorancia y se aprovecharon de nuestra situación económica.

Que todo sea dicho, me juego el millón de dólares, a que nuestra ruina la provocaron ellos.

Nunca nos lo dijeron. Nunca lo sabremos.

Éramos una pieza clave en el rompecabezas, por lo tanto, nuestra actuación requería de acciones extremas.

Pero en esta pirámide en la que la punta es Turner y, en la base están los votantes, en el medio, quedan: médicos, jueces, policías, bomberos, enfermeros, agentes del FBI y un sinfín de, como ya te dije antes, fanáticos.

Carmen, fanáticos capaces de entregar su vida por la causa.

Soldados que no disparan, pero que sienten que dan la vida por su nación.

Así de sencillo. La red está repleta de patriotas. Dispuestos a hacer lo que sea.

—Comprendo.

—¿Crees que existe gente capaz de robar en su puesto de trabajo?

¿Gente capaz de fingir una enfermedad o un accidente para cobrar un seguro?

¿Crees que alguien podría falsificar unas notas, dar un aprobado al sobrino al sacarse el permiso de conducir, aunque el alumno haya cometido alguna infracción?

¿Piensas que un policía puede hacer la vista gorda ante un compañero de trabajo que ha dado positivo al volante o que se ha metido en una pelea yendo borracho? ¿Lo crees?

—Sí. Lo vemos a diario —contesto. Su argumento es irrebatible.

—Entonces, ¿por qué no dejas que tu mente sea libre y cada vez que se te pase algo por la cabeza para tirar por tierra mi testimonio, piensas que la red está llena de amigos por la causa?

—Vale, lo entiendo. Pero debes comprender que necesito pruebas.

—Ya te dije antes que te podré aportar muy pocas, pero venga, vayamos una vez más a rebasar la ficción.

Se levanta y se acerca a la mesa de despacho. Cinco segundos más tarde está de vuelta. Lleva unos papeles en la mano. Me muestra una imagen.

—¿Quién es este? —pregunta con rotundidad, como si me quisiera mostrar la verdad absoluta.

Observo la foto.

—¿Es Ryan?

—Es Ryan el día D. Con sus greñas sucias, su barba de dos meses, su gorra y chaqueta de cazador. ¿Quién es este? —Me enseña otra foto. Igual.

—¿Ryan…?

—No.No es Ryan. Es Niel Fiztpatrick. ¿Te suena?

Seguro que no. Ni a ti ni a nadie. Porque nadie sabía de su existencia.

Ni siquiera sus camellos. Fiztpatrick era un desecho de la sociedad, un despojo, un muerto viviente.

Basura. Literalmente vivía debajo de un puente, o dentro de un coche abandonado, o donde cayese medio muerto después de un chute.

Era drogadicto, se arrastraba por el mundo como un gusano y nadie preguntó por él en vida, y mucho menos en la muerte.

—¡Son iguales!

—Nuestro sistema de cotejo y reconocimiento facial encontró un parecido de más del setenta por ciento entre Ryan y Niel. Así que solo faltaba encontrarlo.

—Pero los sistemas de reconocimiento facial son de ahora…

—De eso nada, la tecnología viene de los años sesenta y en los noventa, el despegue fue exponencial. Otra cosa es que la gente normal no haya oído hablar de ello hasta hace poco… —pausa el relato—. ¿Estás preparada?

—… Sí. No me queda otra. ¿Tengo que agarrarme a la silla? —contesto, sin saber con qué me va a sorprender ahora.