21
Balcón de la biblioteca. Todo listo. Grabadora, cámara, tabaco y de beber… por el momento, agua.
—SeñoraWatson, ayer dejamos la conversación hablando del Oscar al mejor actor —comienzo con una pincelada de humor—. Tenemos entre los nominados al candidato Turner y también al señor Brown.
—Bueno, creo que Mr.Brown optaría a mejor actor secundario —me sigue la broma. Eso es bueno—. Ahora nos faltaría hablar de Ryan, que sí que opta al mejor actor, y de mí, que por educación —que no por importancia—, dejaré para el final como mejor actriz secundaria.
—Cuénteme entonces. El papel de Ryan es vital para el éxito de la operación.
—El papel de Ryan es el peor. Más allá de su interpretación, Ryan va a ser el cabeza de turco.
Sobre él recaerán todos los odios y reproches.
Si se hubiese descubierto que estaba vivo, sin duda lo habrían matado.
Habrían ido en su busca y lo habrían linchado.
Y me fastidia decir esto y sé que nos acabamos de sentar; pero…
¿te importaría acompañarme? Me gustaría enseñarte algo.
—Claro, por supuesto.
—Coge la cámara de vídeo, por favor.
Salimos de la biblioteca, atravesamos el pasillo, bajamos al recibidor y enfilamos hacia la cocina (qué bien huele).
La pasamos de largo, llegamos a una puerta metálica que Emily abre con cierto esfuerzo.
Me invita a pasar. Enciende las luces. La luz blanca y fría de media docena de fluorescentes ilumina la sala.
Estamos en el garaje. Y mis ojos no dan crédito a lo que ven.
—¿Sabes lo que es?
—No lo tengo muy claro… ¿Un coche destrozado? —respondo con incredulidad.
—Vamos, ata cabos. Eres muy espabilada. Demuéstramelo.
—¡Uuuuhhhmmm! —me llevo las manos a la boca impidiendo soltar un grito de pena—. ¿Es el coche de Ryan? El… Chevy (creo que dijo Chevy, tampoco entiendo de coches).
—Eso es. Es el Chevy Bel Air del 57 que con tanto mimo restauró Ryan. Te contaré por qué está aquí y por qué está en tan deplorable estado.
—Madre mía. Si no queda nada, es una… —Me callo. Iba a decir que era una chatarra. Mejor callarme.
—Eso es, es una chatarra. Puedes decirlo.
Ryan no lo incluyó en el contrato, ¿recuerdas?
Tan solo dijo un «millón de dólares»; sin embargo, y como ya te he contado, podíamos pedir cosas y se nos concedían.
Pequeños detalles que para ellos no suponían ningún esfuerzo.
Al día siguiente del incidente, Ryan y yo vimos las noticias en la tele.
Uno de los reporteros hablaba desde nuestra casa.
Los alrededores estaban abarrotados de gente enfadada, gritando y haciendo comentarios horribles hacia nosotros.
En una de las imágenes, el cámara se movió y Ryan vio un trocito de su Chevy…
Y se echó a llorar. Le animé a que pidiera que se lo rescatasen, le dije que seguro que se lo traían.
Y así lo hizo. A los pocos días de llegar a Miami, el coche llegó envuelto en una lona dentro de un camión.
Cuando lo descargaron y le quitamos la lona, la ilusión se transformó en derrota.
El coche estaba tal y como lo ves tú ahora.
Los muy bárbaros hasta le prendieron fuego.
Todavía olía a quemado. Le tuvieron que poner ruedas nuevas porque era imposible moverlo…
—¿No os dijeron lo que había sucedido con el coche?
—Sí. Pero Ryan no quiso creerlo. Nunca imaginó que estuviese en tan mal estado.
Es como cuando te dicen que te quedan dos años de vida y tú, no quieres creer ni una palabra de lo que te dice el médico.
Como cuando te dicen que a tu casa se la ha llevado un tornado y que no ha quedado ni el perro.
No quieres creer, tienes que verlo con tus propios ojos.
—Y usted decidió traerlo hasta aquí.
—Ryan decidió llevarlo de casa en casa. Mira que intentaron convencerlo de que se hiciese con algún superdeportivo o el coche que más ilusión le hiciese, incluso podrían traerle coches en mal estado para restaurarlos, pero nada. Él quiso quedarse con el suyo.
—Sin duda, para él era más que un simple coche. Tenía otro significado.
—Por supuesto. Era mucho más que un coche, el amor que sentía por este amasijo de hierros también era una forma de autorreconocimiento: un homenaje a su esfuerzo y trabajo; pero pasados los años, aquel coche se convirtió en su primera espina.
El primer recordatorio que, casi a diario, nos decía que nos habíamos equivocado.
Y creo que quiso mantenerlo para nunca olvidar.
Y cuando me trasladé de Montana hasta aquí, en su honor y recuerdo, decidí traérmelo conmigo.
Así que tengo el libro, las cenizas y esta tonelada de metal.
—Lo siento mucho por Ryan, es una historia triste.
—Sí. Si por lo menos Ryan hubiese tenido su coche…
Habría sido más feliz, o no tan desdichado.
Seguro que me hubiese llevado a dar paseos con él allá donde quisiera que estuviéramos.
Yo me habría dejado llevar. Tan solo nos necesitábamos el uno al otro —concluye—.
Ahora tengo tres coches, este y esos dos eléctricos que ves ahí.
Me dijeron que no necesito conducir. Que te llevan sin conductor donde quieras. No los he usado nunca.
Emily me emociona. Se me hace un nudo en la garganta.
Cuanta tristeza entre estas cuatro paredes.
Si el corazón de Emily de repente se rindiese y dejase de latir, en cierto modo, lo entendería.
Me veo incapaz de formular la siguiente pregunta; sin embargo, ella no se viene abajo.
Ayer, casi con total seguridad habría tenido una salida de tono, un cambio de comportamiento, se habría encendido un cigarro o se habría tomado algún relajante.
Para mi fortuna nada de eso sucede —de hecho, no ha fumado todavía— y creo que la entrevista va a ir de corrido hasta el final. Volvemos a la biblioteca.