La última entrevista de Emily Watson 19
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A las ocho de la mañana suena el despertador.

No quiero que me despierten. No me parece correcto esperar a que lo hagan.

¡Madre mía, qué bien he descansado! Todo aquí es maravilloso.

El colchón… ¿Me lo puedo llevar a casa, por favor?

Y las sábanas, el olor, la suavidad al tacto son…

excepcionales. Cada vez que me movía, tenía la impresión de estar siendo acariciada por las manos más amables y delicadas del mundo.

Y el baño… El baño ha sido lo mejor. Cremas y lociones en el estante junto al espejo, geles de baño, sales y champús de todo tipo y una montaña de toallas con una esponjosidad que jamás había disfrutado antes.

Aun con todo, el trabajo me llama, así que ducha rápida y listo.

Meto en la mochila la grabadora, la cámara con el trípode y el portátil, creo que lo voy a necesitar. Bajo al recibidor y, como de la nada, aparece Valentina. Tengo la sensación de estar siendo espiada.

—Buenos días, señorita. ¿Ha descansado bien?

—Muy bien, Valentina, gracias.

—¿Desea desayunar?

—Por supuesto, tengo mucha hambre. No me importaría desayunar en la cocina; ayer olía estupendo y así de paso, podría hacerles un par de preguntas si no les importa.

—Me temo que no va a ser posible. Lo siento, si la señora se enterase…

—Por cierto, ¿está despierta? ¿Se encuentra bien?

—Todavía no, pero seguro lo hará en breve. Mientras tanto, usted desayune.

—Me gustaría esperarla si no le importa. Se está portando muy bien conmigo y no querría hacerle un feo.

—Aún tardará un poco, señorita. Desayune, haga sus cosas. Hágame caso.

Con un gesto con el brazo me invita a pasar a la piscina. Veo que va a ser imposible discutir con ella. Me rindo.

Salgo al jardín y en la misma carpa donde ayer sucedió todo —tanto lo bueno como lo malo—.

Me espera María. Me espera María y un bufé enorme, solo para mí.

Voy comprendiendo cómo se vive por aquí y de lo miserables que somos la clase media…

baja, los de la calle. Me ofrece asiento, café, zumo, y me recita del tirón las más de una docena de platos que me puede cocinar en una pequeña plancha que humea y desprende un olor que desencadena en mi estómago todo un alboroto.

Le digo que no necesito que me cocine nada, que con lo que hay en las bandejas tengo de sobra.

Veo que discutir con María es incluso peor que con Valentina, así que me doy por vencida una vez más y me decanto por unas tortitas.

A continuación, le pido, casi le ruego, que se retire.

—Seguro que tienes más cosas que hacer y yo no quiero ser una carga. Puedo servirme yo misma, gracias —me hace caso.

Mientras desayuno, enciendo el portátil y continúo revisando noticias, vídeos y fotos del día del atentado.

—Buenos días, Carmen. Espero que hayas descansado bien —me dice una cálida voz.

Levanto la vista de la pantalla. Emily camina hacia mí desbordando elegancia.

La encuentro radiante, parece una persona nueva de los pies a la cabeza.

Tiene el gesto relajado; viste un precioso vestido blanco con flores y colibríes multicolores bordados.

Su estilo al andar corto y estilizado provoca un alegre movimiento en los dibujos: dan la sensación de estar vivos.

El largo del vestido, a la altura del tobillo, me permite ver con detalle unas sandalias blancas de cáñamo con plataforma.

El escote, sin hombros, despliega un anchísimo volante a la altura del pecho, dejando al descubierto, hombros, clavículas y cuello.

Un finísimo collar dorado resalta el tono tostado de su piel, combinando con el vestido de forma extraordinaria.

Lleva el pelo recogido con una espectacular trenza que casi le alcanza la cintura.

Sin duda, Valentina y María tienen algo que ver en esta deslumbrante combinación.

Esta es una nueva Emily, otra cara, otro personaje a descubrir.

Parece haber dejado atrás la pesadumbre, el abatimiento y la indiferencia que transmitía al comenzar la entrevista.

Ha apartado la rabia, la rebeldía de aquella atrevida camiseta y aquellos vaqueros rotos.

Esta parece ser una Emily dispuesta a todo. Ojalá no sea solo apariencia.

—Buenos días, Emily. Madre mía, estás radiante.

—Gracias, eres muy amable. Ya ves —dice al tiempo que se gira y señala a María—, me cuidan muy bien. ¿Es todo de tu agrado? ¿Necesitas algo más?

—No, gracias, Emily. A mí también me están cuidando, casi diría que en exceso. Tengo de todo. He descansado de maravilla.

—Te agradezco que te hayas quedado; después de lo que pasó ayer… No sé qué imagen tendrás de mí.

—La mejor. Te lo aseguro. No tienes que disculparte por nada. Por favor, acompáñame y come algo. Está todo buenísimo.

—Sigue, por favor, te lo ruego —añade con franqueza.

—¿Esto siempre es así? —continúo señalando el bufé.

—No.De hecho, este despliegue no lo había vuelto a ver desde los primeros días que Valentina y María llegaron aquí. Al tercer día tuve que decirles que parasen. Era un derroche. ¿No ves lo contentas que están? Están encantadas de atenderte.

Se sienta y María —a quien yo hacía ya por otras dependencias— aparece como por arte de magia, para servir a Emily.

—¿Lo de siempre, señora?

—Por favor.

Lo de siempre significa un café y un poco de queso untado en un panecillo de brioche.

—… Y una tortita, tomaré una tortita también. Ni sé la de hace tiempo que no me como una. Bueno, ¿cómo te ha ido? ¿Qué has hecho en mi ausencia? Tengo curiosidad.

—Fui al hotel a por mis cosas… —me corta.

—¿Saliste de aquí?

—Sí, solo fueron unas horas. ¿Por? —me justifico. ¿Me debo sentir controlada?

—¿Cómo fuiste?

—Pedimos un taxi.

—¿No te llevaron María o Valentina?

—No, no quise molestar.

Tú acababas de… ya me entiendes. Prefería que ellas estuviesen pendientes de ti.

—Muy amable. Te lo agradezco. ¿Tardó mucho en llegar el taxi?

—No.Un par de minutos.

—Ah, vale, ¿no te resultó extraño que estuviese aquí en tan poco tiempo? ¿Te fijaste en algo raro? ¿Algo te llamó la atención?

—No… ¿Por? Bueno, hablaba español. Me dijo que por mi aspecto y mi acento, sabía que era española; pero no le di importancia. Pensé que sería conocido de María y Valentina y que ellas le llamaron por confianza.

—¿Quién te trajo de vuelta?

—Emily, me estás asustando.

—Fue el mismo, ¿verdad? —pregunta con preocupación—. Tendrías que haberme avisado de que ibas a salir.

—Bueno, me dio su tarjeta y me dijo que cualquier cosa que necesitase le llamase. No vi mayor problema.

—Carmen, ya saben dónde te alojas. ¿Lo has cogido todo? Puede que vuelvas y todo esté patas arriba.

—¡Venga ya!

Me mira fijamente. Por un momento me contagia su preocupación. Segundos más tarde comienza a reír. Suelta una carcajada que, más allá de enfadarme, me hace sentir que se ha recuperado de la crisis de ayer y que, por lo tanto, la entrevista volverá a su cauce.

«Qué cabrona, tiene sentido del humor».

—Perdona, perdona. Ha sido una broma. Félix es mexicano como María y Valentina y siempre que necesitan un taxi lo llaman a él. Espero no haberte asustado. No creo que fuesen a por ti.

—Ya, ya, vale, vale. Me has hecho pasar un mal rato que lo sepas…

Emily, he estado revisando nuestras conversaciones, he indagado, investigado sobre todo lo que me has contado y…

¡todo es verdad! He analizado vídeos, fotos y ¡todo sucede tal y como me lo has relatado!

—me responde con la mirada: No tengo ningún motivo para mentirte —.

Ni sé la de veces que he visto el vídeo del momento de los disparos.

Es increíble la coordinación… El presidente se encoge, se lleva la mano a la cara, luego cae, y Jonathan…

No para de tocarse el hombro, se nota que lo está pasando mal.

—Ahora está mejor. Él tuvo el valor…

—Emily, no vayas por ahí. No.Para, por favor. Tu vida es tu vida, y la suya, la suya. Ni siquiera sabemos por qué se quitó la vida. Todo lo que he leído sobre la noticia habla de su tortuoso paso por el ejército, nada hace referencia a esto otro.

—No podría ser de otra manera. Nadie sabe lo que pasó y si dejó alguna nota o lo intentó contar, te aseguro que ya se encargaron de que eso no sucediera.

—Lo que quiero decirte, Emily, es que te quites esa idea de la cabeza. El suicidio no es la solución.

—No sabría qué decirte…

No puede ser, la Emily de la primera parte de la entrevista reaparece. Tengo que cortarlo de cuajo. Además, siento que no tiene razón.

—Emily, hace no más de un año y medio, hice un reportaje sobre gente que había intentado suicidarse y no lo habían conseguido.

Todos, Emily, absolutamente todos, encontraban ahora una segunda oportunidad para vivir.

Gente que veía en una simple mariposa o en un amanecer algo extraordinario.

Personas que volvían a sentirse imprescindibles en los empujones del metro o en un concierto.

Hombres y mujeres que daban gracias al volver a emocionarse al ver una película, leer un libro o escuchar una canción.

Tienes mucho camino por delante. Tú misma me lo dijiste al principio.

Ya has estado en el extranjero, pues vuelve a viajar.

Empieza a hacer las cosas que a ti y a Ryan os gustaba hacer.

No dejes pasar la vida. Además… —me cuesta decir esto, puede sonar desagradable, pero quiero animarla—, tú nunca te quitarás la vida, Valentina me lo ha dicho.

—Ya, el jaguar me protege. A mí también me lo ha contado.

Son encantadoras. Cuando me dan las crisis, no sé qué me hacen: queman hierbas en la habitación, recitan versos que no entiendo y me hacen beber unos brebajes que, si soy sincera, prefiero no saber qué llevan.

Sudo como una cerda, vomito si se da el caso, sueño, duermo y al día siguiente me siento mucho mejor.

—Pues empieza por ahí. Habla con ellos, con los que te cambian de casa. Diles que quieres seguir con ellas, que, si te cambian de ubicación otra vez, ellas se vayan contigo. Empieza a reconstruir tu vida. Vamos —le replico con firmeza.

—¿Sabes qué es lo que más me apetecería hacer en estos momentos? —pregunta recobrando el ánimo.

—No me digas que ir a la armería a ver si te venden un arma…

—No.No es eso —responde, algo incómoda—.

Lo que más me apetece en estos momentos es contártelo todo.

Terminar con esto y dejarlo en tus manos.

Creo que harás un buen trabajo con todo lo que te estoy contando.

Llévate mi pesadilla a España y haz con ella lo que quieras.

Quiero dejar atrás todo esto de una vez por todas, y que lo que pase después me dé igual.

—Me parece genial, Emily. Tienes tanto que contarme. Me vas a dar tanto material, que ya estoy pensando en dejarte vivir tu nueva vida y ponerme a trabajar en ello. Sé que me estás haciendo un regalo con todo esto. ¡Oye, igual Ryan tenía razón y tu vida quizá acabe siendo un libro!

—Pues entonces, Carmen, cuando acabes de desayunar, comenzamos.

Vuelve a llamarme Carmen. Es la segunda vez. Significa: confianza, cercanía y quizá, ¿por qué no?, un pelín de amistad.

—Ya he terminado. Pongámonos manos a la obra.

—Sabiendo que te gustó tanto la biblioteca, he pensado que podemos ir allí. Y no te preocupes por el tabaco. Podemos hablar en el balcón; no es muy amplio, pero estaremos cómodas. Yo me pondré con el viento en contra para que el humo no te vaya a ti —termina con un tono de voz amabilísimo.

—Me parece una idea fantástica.