18
—¿Qué ha decidido? ¿Se va a quedar? —pregunta Valentina con recta educación.
—Sí. Voy a quedarme. Pero antes, me gustaría regresar a mi hotel, tengo allí mis cosas. Si la señora va a estar descansando hasta mañana, al menos yo, quiero tener aquí mi ordenador para poder seguir trabajando.
—Como desee. Le prepararemos uno de los cuartos de invitados. Si se va a sentir mejor, le podemos dar el que más cerca está de la señora.
—¿Me dejarías ayudarla si llegase el caso?
—No.Como comprenderá, no podría. Ese es nuestro trabajo.
—Entonces no es necesario. Cualquier habitación estará bien, gracias.
—La hospedaremos en la que mejores vistas tiene.
—Se lo agradezco.
Rechazo el ofrecimiento por parte de Valentina para acercarme al hotel —el Malibú Country Inn, a no más de un cuarto de hora de la casa de Emily—.
No quiero ser una molestia: ni esta es mi casa, ni ellas son mis criadas.
Además, quizá Emily las necesite y no me gustaría que no pudiesen atenderla como se merece.
Valentina me pide un taxi que se planta en la puerta en un par de minutos.
Paso fuera de la mansión no más de tres horas y media.
El hotel es sencillo, no tiene excesivas comodidades, tampoco las necesito; con una buena cama donde poder descansar y un baño digno, me basta.
Las dos noches que ya he pasado aquí, la estancia ha sido agradable.
He conseguido descansar; a pesar de estar muy cerca de la carretera, el paso de los coches no ha sido ninguna molestia.
Nada más entrar en la habitación, enciendo el portátil. La idea de escribir a Ricardo vuelve a rondar por mi cabeza. Compruebo mi bandeja de entrada, también los wasaps. Ninguno es de él. Me quedo más tranquila.
Pincho en redactar nuevo mensaje y me quedo sin saber siquiera cómo empezar.
Quizá sea mejor un wasap. Escribo: «Ricardo, teníamos razón…
». Borro todo lo que he escrito. Vuelvo a empezar: «Sr.Roy, todo bien por aquí.
Creo que tengo algo importante, aunque…».
Borro. Me quedo en blanco. Me doy cuenta de que sigo afectada por la crisis que ha sufrido Emily.
Cierro el portátil y el móvil. Lo dejo para más tarde, si le envío algo, que lo lea mañana.
No me gustaría que me llamara, quiero tomarme mi tiempo.
Quiero pensar que yo mando. Él me ha dado libertad de movimiento y pienso aprovecharla.
Meto el ordenador en la mochila, pero antes de marchar…
no puedo resistirme a dar un paseo por la playa, que la tengo a tan solo cinco minutos andando.
Creo que me relajará. Si consigo desconectar, cuando retomemos la entrevista estaré a pleno rendimiento.
Bikini, chanclas, pantalón vaquero corto, camisa blanca de tirantes y toalla sobre el hombro. En la recepción del hotel compro una botella de agua. Minutos más tarde, puedo decir que estoy sentada sobre la arena de la playa de Malibú.
Pensando. Ordenando las ideas. Tratando de no imaginar lo que sucederá mañana. Paso a paso. Me pongo en pie y me doy un baño. ¿Cómo no voy a darme un baño en Malibú? Estoy en mi tiempo de descanso, poco o nada puedo hacer ya por hoy. Tiempo de desconexión.
Que te lo has creído tú. No me dura ni unos minutos.
Entre ola y ola, un pensamiento impacta en mi cabeza: Me he dejado allí, la grabadora y la cámara de vídeo. El pánico se apodera de mí y me jode mi momento zen.
«¿En qué estás pensando, Carmen? ¿Dónde tienes la cabeza?».
Nada tiene por qué pasarles a mis herramientas de trabajo, pero ¿y si se pierden? ¿Y si desaparecen? Yo quedaría como una imbécil y Ricardo no me lo perdonaría. Recorro el camino andado y, con la mayor prisa que soy capaz de imprimirle a mis piernas, regreso a casa de Emily.
Me abre la puerta María, la pareja de Valentina, me comenta que mi estancia ya está lista, a lo que yo le respondo un tanto grosera:
—¿Y mi cámara? ¿Y la grabadora? ¿Siguen en la piscina?
—Sus pertenencias están en su cuarto, puede estar tranquila —responde sin inmutarse.
Me acompaña a la habitación. Ahora sí, le agradezco el gesto. Una vez dentro, cierro la puerta como si estuviese cerrando una caja fuerte y compruebo que todo está en orden. Parece ser que sí.
Respiro.
Aunque todavía no estoy tranquila del todo. Hago copias de lo grabado tanto en vídeo como en audio. También descargo los archivos en el portátil. Ahora sí.
Respiro.
Suena un teléfono. No es el mío. Es el de la habitación.
Sí, como si fuese la habitación de un hotel, esta tiene teléfono.
Es inalámbrico. Descuelgo y, al levantar la mirada, mis ojos se van directos al balcón.
Le daremos la habitación con mejores vistas —había dicho Valentina.
¡Buah! La estampa es impresionante. El sol empieza a caer, y desde aquí el atardecer se aventura precioso.
—Señorita. Son las siete. ¿A qué hora desearía cenar? —No contesto—. Señorita, ¿me escucha?
—Sí, perdón, perdón. No querría molestar.
No sé si a las nueve para ustedes será muy tarde. Si tiene que ser antes, cenaré antes. Tampoco tengo mucha hambre —miento—. Con un sándwich me será suficiente.
—No habrá problema. ¿Querrá cenar en el comedor o prefiere que le subamos la cena a la habitación?
—Pues me encantaría cenar en la habitación, las vistas desde el balcón son estupendas. ¿Cómo está la señora? —Se me hace raro llamar a Emily «La señora».
—Bien, descansa. Mañana se encontrará perfectamente. Puede estar tranquila.
Y el atardecer no me defrauda en absoluto.
Tampoco lo hace la cena que es digna de un hotel de cinco estrellas.
El carrito de servicio que la transporta incluye un surtido de sándwiches de aspecto delicioso, una ensalada, unos aperitivos y media docena de salsas en pequeños tarritos de cristal. Fruta y un montón de refrescos y agua.
Hoy me acostaré tarde. Con el estómago lleno y la mente calmada, repaso las horas que he pasado en esta casa.
«Ahora ya sé de qué vas, Emily Watson. Ya sé cuáles son tus penas y tormentos y, aunque queda mucho por destapar, creo poder entender tu frustración. Creo intuir por qué la culpa te corroe y creo saber por qué poco a poco te vas consumiendo. Mañana me lo contarás todo».
Mientras tanto, mi misión esta noche será la de investigar todo lo que pueda.
«Emily Watson, mañana me lo contarás todo».