17
Con paso firme y ligero, me alejo de la mesa en dirección al corredor acristalado.
Atrás he dejado la grabadora y no me lo puedo creer: he cogido el tabaco.
Llego al estudio de grabación, abro la puerta de la pecera y, en una milésima de segundo ante mí, la escena me presenta tres posibles escenarios.
Primero: con la camiseta que lleva puesta y los vaqueros rotos, Emily parece una triste y acabada estrella del rock que acaba de meterse un chute y ha quedado tirada en el suelo del estudio. (Simple y llana fantasía).
Segundo: Emily es un perro maltratado. Alguien que acaba de recibir una paliza. Acobardada y temiendo recibir más palos, se arrincona en la esquina más alejada de la sala. (Cosa que no va a suceder).
Tercero: mierda, un bote de pastillas está abierto y volcado junto a ella. Espero que no sea demasiado tarde (Esta es la realidad).
Me acerco a ella lo más rápido que puedo.
—Emily, Emily —le grito.
Le cojo la barbilla y le levanto la cabeza. Abre los ojos y… me reconoce. Esboza una vaga sonrisa.
—Carmen. —Por primera vez me llama por mi nombre. No dice nada más. No puede.
—¿Cuántas pastillas te has tomado? Mierda. Dime que no es demasiado tarde. Emily, contesta, por favor, ¿cuántas te has tomado? No me asustes.
Pienso en llamar a la mujer de servicio para que avise a emergencias y para acordarme de su familia y de sus leyendas. Si no le hubiese hecho caso, esto no habría ocurrido.
Emily levanta la mano y me enseña cuatro dedos.
—¿Cuatro, te has tomado cuatro? ¿Es eso lo que me quieres decir, que te has tomado cuatro? —Aunque la cabeza se le vence, consigue asentir y susurrar un pequeño sí—. Emily, necesito que espabiles, necesito saber si cuatro son muchas o no… Vamos, Emily.
—Está bien —me sorprende una voz detrás de mí.
Es la mujer de servicio a quien miro con cierto rencor.
—Siempre toma cuatro —concluye. Se acerca, se arrodilla, coge el bote y cuenta las pastillas restantes—. Sobran seis. Se ha tomado cuatro. Los botes llevan diez. Siempre los rellenamos después de una crisis para saber cuántas ha tomado.
—Quizá sería mejor que el bote solo llevase cuatro pastillas —le increpo. Como si esa fuese la solución.
Ella no dice nada. Emily abre los ojos, la mira y le hace un gesto despectivo con la mano para que se vaya. Ella obedece y abandona la pecera.
—Cuatro, solo tomo cuatro, siempre tomo cuatro.
—Te creo. —Le cojo las manos.
—No me atrevo.
—¿Cómo dices?
—No me atrevo. No me atrevo con la quinta. Me da miedo la oscuridad, el silencio al perder la consciencia. Temo no despertar.
No tengo el valor de Jonathan.
—Vamos, Emily, no digas esas cosas. No es justo para ti.
—Hazme un favor —me susurra. No puede hablar más alto. Se duerme por momentos.
—Dime. Lo que sea.
—Quédate a dormir.
—…
—Quédate, por favor. Disfruta de la casa, sé que te ha gustado. —Apenas la entiendo. Me habla con los ojos cerrados, como si estuviese soñando—. Yo hoy de poco te voy a servir. Déjame descansar aquí. Es mi habitación favorita. ¿Recuerdas?
—No puedo dejarte aquí, Emily.
No me contesta. Juraría que ha roncado.
La tumbo con cuidado en el suelo. Salgo en busca del servicio. Con profesionalidad extrema, fuera ya me esperan las dos mujeres con una silla de ruedas.
—Nosotras nos ocupamos, no se preocupe —me dice con una tranquilidad pasmosa.
—Perdona. ¿Te llamas?
—Valentina.
—Valentina, quiero ayudaros. Llevo un susto de muerte encima.
Me coge fuerte las manos.
—Esté tranquila. Algunas de las pastillas que están en ese bote son placebos. Estará bien. Si ha conseguido hablar con ella es que está bien, se lo aseguro. Puede marcharse si lo desea. Aquí usted poco puede hacer. Este —dice con firmeza— es nuestro trabajo.
—Me ha pedido que me quede a dormir —replico.
—¿Se quedará?
—No sé.
—Vaya a la piscina y tómese su tiempo. Yo iré enseguida y me cuenta qué quiere hacer. De acuerdo.
—Está bien —no puedo añadir nada más. Ellas saben lo que se hacen. Marcho a la piscina.
Los nervios me consumen, deambulo por el césped sin rumbo alguno. Estoy asustada. ¿Y si le hubiese pasado algo? ¿Y si se hubiese muerto? Nunca me habría perdonado el no haberla ayudado desde el primer momento. Por otro lado, Valentina parecía tan segura de sí misma.
Vuelvo a la mesa en busca de un trago de vino. Las copas están vacías. Cojo la botella: bien, todavía queda un trago en su interior. Tres segundos más tarde está en mi estómago.
Decido escribirle un mensaje a Ricardo. Escribo, borro, escribo, borro. No le envío nada. Solo conseguiría asustarlo. Y entonces veo con claridad qué es lo que tengo que hacer.