16
—No vaya. Déjela —me dice en un perfecto castellano con acento latino.
—¿Cómo dice?
—Déjela. Deje que se desahogue.
—No puedo…
—Hágame caso, estará bien. Debe soltar el mal que lleva dentro. Como cuando come algo que está en mal estado y debe vomitarse.
—Pero…
—Le pasa con frecuencia. Tranquila. Lo hemos visto otras veces. Se recuperará. Tiene el corazón fuerte. El alma atormentada, pero tiene corazón de jaguar. Se pondrá bien. Señorita, vuelva a la mesa, yo le acompaño. Coma algo si quiere, le podemos traer lo que desee.
Como hipnotizada, me dejo llevar de vuelta a la mesa.
—Está bien —respondo—, le dejaré media hora, luego iré en su busca.
—Así debe ser. Cada uno necesita su tiempo y su espacio. Ella debe encontrar sus respuestas, pero antes, debe buscar las preguntas —finaliza con una serenidad estremecedora.
—¿Le pasa a menudo?
—No sabría decirle ¿dos veces por semana es a menudo? A veces pueden pasar diez o quince días sin que nada suceda y otras semanas lo pasa peor.
—¿Es entonces cuando se va a gritar al estudio?
—La mayoría de las veces así sucede. En ocasiones regresa por su propio pie, en ocasiones le ayudamos. «La Llorona la posee, el Nagual la defiende». ¿Había visto alguna vez a alguien moverse de esa manera? ¿No le ha recordado a algún animal salvaje?
—No creo entender lo que me intenta explicar, lo siento. No he podido fijarme con detalle. Nunca me he enfrentado a algo así y me he asustado…
—Para vengarse de su amado, La Llorona ahogó a sus dos hijos, arrepentida y devorada por la culpa, se quitó la vida.
La Llorona está en su interior, pero ella nunca se quitará la vida.
El dios Nagual se transforma en jaguar y él lo impide.
La señora es muy afortunada. La vida le reclama una misión que debe ser concluida y, por tanto, por el momento no morirá.
—No sé qué decirle.
—No tiene nada que decirme. Sus certezas serán solo suyas y no influirán en el destino de la señora.
—¿Alguna vez hablaron con Mrs.Watson de esto?
—No con detalle, solo de manera superficial.
Lo tenemos prohibido. Nuestras directrices son claras.
Nuestro trabajo es muy limitado. Tanto que es muy sencillo.
Debemos centrarnos en tener la casa limpia, cocinar, hacer la compra, ya me entiende.
Las labores del servicio. Nuestras conversaciones con la señora se deben limitar a asuntos referidos a nuestras labores.
—Pero ¿y si ella les pregunta por algo?… No sé, por ejemplo, ¿de dónde son ustedes, si tienen familia? ¿Ustedes no le responden?
—Ella no pregunta. Ya lo sabe, lo tiene asumido.
—Aquí sí que me pierdo. Las únicas personas con las que puede hablar en la casa y ella no lo hace. ¿Con quién habla entonces? No me extraña que se vuelva loca. ¿Sale de casa, tiene amigas, recibe visitas? —pregunto con indignación.
—Salir de casa puede. Al menos nosotras no tenemos orden alguna de impedírselo. Pero en los tres meses que llevamos aquí, no la hemos visto salir.
—Tres meses… Pero ella lleva aquí mucho más de tres meses.
—Nuestro trabajo en esta casa será de seis meses.
Pasado ese tiempo nos cambian de lugar. A otra casa tan preciosa como esta o más.
—Esto ya lo he oído antes—. Trabajaremos en otro lugar otros seis meses y luego nos dan dos meses de descanso.
¡Dos meses de vacaciones son una maravilla!
Nuestro trabajo es sencillo y complicado a partes iguales.
La soledad en exceso es mala compañera. Por otro lado, nos pagan el doble de lo que deberíamos cobrar y…
Tenemos dos meses de vacaciones. Si le digo la verdad, pensando en mis primeros días aquí en los Estados Unidos, le aseguro que las dos nos sentimos muy afortunadas.
—¿Las dos? ¿Siempre van juntas?
—Sí —se inclina hacia mí—, somos pareja.
Es la única condición que pusimos cuando aceptamos el trabajo.
Este oficio es duro, no tenemos casa fija, nos reubican cada medio año, perdemos el contacto con la familia casi por completo, la relación con el exterior se reduce a lo necesario para mantener la casa y a los que en ella habitan.
Así que, a cambio de tanto sacrificio, nos sentaron en una mesa y nos preguntaron qué queríamos como recompensa —esto también lo he oído antes, no fastidies.
—¿No serán ustedes…? —Me mira con cierto interés. «¿Actores?» pienso—. Nada, déjelo. Si no le importa, voy a ver cómo está. Estoy preocupada.
—Como quiera.