La última entrevista de Emily Watson 15
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—SeñoraWatson: La creo. Así que vayamos al plato fuerte. ¿Por dónde quiere empezar? Veamos quién se lleva el Oscar a la mejor interpretación. Usted misma.

—… —Otro silencio largo. Este no es incómodo. Sospecho que su cerebro está ordenando ideas para que todo resulte claro, conciso y por supuesto creíble. Que nada se quede en el tintero. Que no se pierda ni una pieza del rompecabezas.

—Teníamos una palabra clave. Mejor dicho, una frase clave. La señal para comenzar el show.

—¿Qué era…? —pregunto con verdadera curiosidad.

—Marte. En realidad, fue una frase. Turner solía improvisar mucho en los discursos y eso podría ser un problema muy gordo.

El secreto era la coordinación. Debíamos ser, como suele decirse, precisos como un reloj suizo.

Así que la frase era: «Nosotros nos ocuparemos de cuidar América…

mientras, los otros, que sigan con la tontería de querer pisar Marte».

Y entonces: TAC, TAC, TAC. Tres disparos.

—¿Los demócratas estaban obsesionados con llegar a Marte?

—No más que otras veces. Ya se había llegado al planeta rojo en los sesenta.

En los noventa se empezaba a hablar de poner un pie en él, pero no de manera especial.

Son esos mensajes que se le lanzan a la población para hacerles creer que eres primera potencia mundial.

Imagino que como cuando se inició la carrera espacial a la luna.

—Aun así, me parece un tanto arriesgado, lo de la frase quiero decir. Todos tienen que estar muy atentos durante mucho tiempo. La concentración debe ser máxima.

—Bueno, hubo señales previas. La primera: una niña que sube al escenario a darle un beso a Turner. La segunda y definitiva, cuando alguien se acerca al atril, le cambia la botella de agua y le dice algo al oído al presidente.

—¿Se sabe qué le dijo?

—«Preparados. Todos en posición».

—Evidente, muy evidente.

—Imagino que querrás buscar los vídeos del atentado.

Fíjate por favor, que, en el momento en el que le comunican que está todo listo, él ni se inmuta, no hace ningún signo de estar nervioso.

Nada que le delate, ni que diga que está a punto de enfrentarse a uno de los instantes más importantes de su vida.

Son gente fría, sin escrúpulos, capaces de afrontarlo todo.

Si hubiese salido mal, hubiera sido el final de su carrera. Se lo jugó todo a una única carta.

—Llevo un rato pensando precisamente en esto que me acaba de comentar. Toda una carrera política se podría haber ido al traste en un solo instante. Me fijaré bien en los detalles cuando vea los vídeos. Y entonces llegan los disparos, ¿no es así?

—Tres disparos. En el momento en que dice Marte. Ryan no tiene que dispararle. Tan solo debe apuntar por encima de él, muy por encima. Sus balas, que son reales, se perderán en el bosque que hay detrás del escenario.

—¿Eran balas de verdad? Eso implica mucho riesgo…

—Era un fusil de asalto M16A2 de finales de los ochenta; un arma que podía disparar ráfagas de tres en tres. Así que Ryan tan solo tuvo que apuntar al cielo y disparar una sola vez. Las balas caerían al suelo a un kilómetro de distancia.

—¿Entiende de armas?

—No.Solo lo que Ryan me contó de esta. Porque le cogió gustillo a disparar y no paraba de hablar de ello: seiscientos metros de efectividad, mil doscientos de alcance máximo, novecientos kilómetros por hora…

—Sigamos. —Me da igual lo que ese fusil sea capaz de hacer—. Las balas vuelan y…

—Todo sucede en un segundo. Turner se lleva las manos a la cara y, a la vez que se agacha, un pequeño explosivo que lleva bajo la camisa detona.

Le dolerá bastante y le producirá una herida en el pecho.

Todo sea por la nación, y por su propio interés, por supuesto.

Turner cae al suelo. Sus guardaespaldas se tiran sobre él.

Uno de ellos lleva en su mano un recambio de cuchilla de afeitar.

Le corta la mejilla y la oreja. La sangre proporciona mucha veracidad a la escena y votos, muchos votos.

Los veinte céntimos de dólar más rentables de la historia. La sangre vende. La sangre manda.

Ante el desconcierto y la atónita mirada de los allí presentes, el presidente, en un falso acto de gallardía, se levanta.

¡Parece un milagro! Levanta el puño y grita: ¡Luchad, luchad!

A continuación, se desmaya. Bueno, finge que se desmaya.

Lo hace muy bien. Justo detrás del escenario tenemos una ambulancia preparada que, como no puede ser de otra manera, es nuestra.

Se llevan al presidente y ya no sabremos nada más de él hasta pasadas unas horas cuando se den noticias sobre su estado de salud desde el hospital.

—Emily, ¡es un segundo! —Sin querer uso su nombre de pila—. Un simple segundo, la probabilidad de error era enorme…

—Por eso se estuvo ensayando durante dos meses. ¿Alguna vez has ido a ver un ballet o a una orquesta sinfónica? ¿Cómo puede ser que cien músicos suenen como si fuesen uno? Solo existe una respuesta: ensayando.

—Es de locos —añado.

—Sí. Te entiendo. Y la obra de teatro no ha terminado.

Tenemos otro milagro: la prensa dirá que la bala le golpea a la altura del esternón, justo donde él lleva una medalla de oro con un Cristo.

Esa medalla le salva la vida y le proporciona más votos.

Los de los creyentes. A las cuarenta y ocho horas pedirá el alta médica, que le es denegada.

A las setenta y dos, Turner se coge el alta voluntaria y abandona el hospital.

Toda una representación de superación personal que decantará cientos de miles de votos de su lado.

Quirófano, UCI y personal del hospital serán todos nuestros, nadie se colará en la escena.

Nadie. Las fotos en el hospital, las de la herida, la medalla doblada… Todo.

—Pero Emily —he decidido tutearla, me olvido del apellido—, ¿cómo es posible que nada se escape, que todos estén involucrados?

—Fanáticos. Todos eran fanáticos. —Con el cigarrillo ya casi consumido comienza a andar sin rumbo fijo.

Unos pocos pasos a la derecha, otros a la izquierda.

Se para, me mira, vuelve a andar. Está nerviosa, pero tiene muy claro lo que quiere decir—.

Patriotas capaces de darlo todo por su país.

Gente a las que se les había lavado el cerebro, por supuesto que sí.

No es tan difícil de entender. Estados Unidos tiene más de trescientos millones de habitantes.

¿Tan complicado resultaría encontrar a doscientas cincuenta o trescientas personas capaces de darlo todo por su presidente?

—Pero vosotros no erais fanáticos…

—Nuestro caso es distinto, viene provocado por otro tema que si no te importa trataremos más tarde —concluye.

Lo tiene clarísimo. Quiere ir paso a paso. Tiene miedo de dejarse algo, si ahora me habla de ellos, quizá se le olvide algo de lo que estamos tratando ahora. Y eso no le puede pasar.

—… —Pienso la siguiente pregunta—. Está bien. Dos balas. ¿Qué pasa con la tercera? ¿Se pierde en el infinito? Según me has dicho es una ráfaga.

—Y el Oscar es para… —hace sonido de redoble de tambores— ¡Jonathan Brown!

—¿Quién es Jonathan Brown?

—Cuando rebusques en las hemerotecas lo recordarás todo. ¿De qué año eres, cuándo naciste?

—En el noventa y seis.

—Vaya, si es que tú ni habrías nacido. Entonces no te queda otra que aprender historia.

Pero eso sí, recuerda que casi todo lo que vas a encontrar es falso.

Jonathan Brown era un exmarine de los Estados Unidos.

«El patriota». El más fanático de todos.

Un chalado con el umbral del dolor por las nubes, al que unas horas antes del mitin, con un poquito de anestesia, eso sí, le destrozan el hombro con un bisturí y unas tenazas.

—Mi cara es de perplejidad total—. Le introducen una bala que horas antes había sido disparada en un matadero contra el cuerpo de una vaca a doscientos metros de distancia.

Lo taparán todo con un apósito de reabsorción rápida para taponar la herida y le maquillarán el desaguisado como en el cine para que no se note nada.

En el momento del disparo, él se tira al suelo, se introduce la mano por la camisa y se arranca lo poco que queda del apósito, abriendo la herida de nuevo.

La sangre brotará y será atendido por médicos, esta vez sí, médicos de verdad.

Será nuestra principal arma de distracción.

Le extraerán el proyectil que más tarde se comprobará que casan con los casquillos que Ryan dejará en el tejado.

—No te creo —respondo con total estupefacción.

—Créeme. Cuando revises los vídeos, obsérvalo. Fíjate cómo antes del tiroteo no para de tocarse el hombro. Debía dolerle muchísimo.

—¿Y qué fue de él? —pregunto.

Cojo mi teléfono y, mientras escucho, busco información sobre Jonathan Brown.

—Pues imagínate. Un héroe americano. Jonathan no tuvo que esconderse como nosotros.

Salió del hospital a los pocos días, acompañado por el mismísimo Turner, quien, de manera muy audaz y como no podía ser de otra manera, delante de la prensa, le regaló la medalla de Cristo que le salvó la vida.

Puro marketing. Para estudiarlo en las más prestigiosas universidades.

A la semana de abandonar el hospital, se puso a dar pequeños discursos políticos en poblaciones donde el presidente no podía llegar.

Un héroe, como te digo. No como nosotros.

A nosotros nos tocó el lado oscuro de la película.

No sé qué habrá sido de él. Ni idea. Lo imagino en alguna otra mansión como esta, pero sin tener que esconderse.

—Emily…

—Dime.

—Jonathan Brown está muerto.

—¿Cómo dices? —Se pierde. No esperaba esta información.

—Mira —le tiendo mi teléfono, sin darme cuenta de que nada o poco entenderá. He hecho la búsqueda en español—. Se suicidó en el 2014.

—¿Qué? —pregunta desconcertada.

—Emily, creo que no fuisteis los únicos en sufrir todo esto. Creo que él tampoco pudo soportarlo.

—¿Qué? —Levanta la cabeza, la ladea ligeramente sin ser consciente de ello y me mira con tanto poder que mis ojos quedan clavados en los suyos. Siento que su mirada me atraviesa, que se interna a través de mis pupilas hasta lo más hondo de mi cerebro, intentando comprender lo que acaba de escuchar.

Y agacha el rostro, aprieta los dientes; se sujeta a los apoyabrazos de la silla con tanta fuerza que puedo ver sus músculos tensarse, las venas se le hinchan y de pronto…

Jamás había oído gritar a alguien así. Me sobresalto, mi espalda retrocede hasta donde el respaldo de la silla me lo permite. Ella se tambalea hacia atrás.

—Emily —la llamo, pero no me escucha, en este preciso instante no está aquí.

Sigue gritando, se lleva las manos a la cara, se encoge, se estira, balbucea cosas ininteligibles, sus gritos ahora son guturales, parece poseída.

Pierde el equilibrio. Por un momento pienso que va a caer; sin embargo, se gira y sale corriendo.

Recorre el pasillo de cristal y la pierdo de vista.

No tengo muy claro qué debo hacer. Nunca me he enfrentado a algo así.

Miro a mi alrededor, analizo la escena y pienso en lo sucedido.

Decido ir tras ella. Cojo la grabadora (y me siento despreciable: muy bien, Carmen, lo primero es lo primero, la grabadora que no falte por si hay algo de carnaza que inmortalizar).

Me acerco a la puerta, cuando la mujer del servicio me corta el paso.