La última entrevista de Emily Watson 14
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—Se me agolpan las preguntas, señora Watson, tengo que reconocerlo.

Intentaré seguir un orden temporal, pero déjeme que le formule la siguiente cuestión: ¿Cambió su perspectiva, su punto de vista sobre Turner?

Me acaba de comentar que le impactó, que imponía.

¿Sigue teniendo esa sensación con el paso de los años?

—En absoluto. Turner es un psicópata. Esa es la imagen que tengo de él en estos precisos instantes.

—Entonces, quizá debería hacerse una camiseta como la que lleva puesta, pero en vez de Jesucristo, con la cara del expresidente.

—No.Nunca me pondría una camiseta con la cara de Turner, ni siquiera para mostrar mi odio hacia él. Prefiero a Jesucristo. Él se sacrificó por todos nosotros. Turner, en cambio, consiguió que todos nos sacrificásemos por él.

—¿Cree usted en Dios?

—Si tengo que creer en Dios, también tengo que creer en Satanás.

No puede ser que exista un Dios y que nos levantemos todos los días desayunando dolor, sufrimiento y atrocidades.

Es más, si ambos coexisten, el diablo va ganando por goleada.

Y si solo existe Dios, es un completo capullo, un mal trabajador, y deberían despedirlo… No, no creo en Dios.

—Volvamos a la pregunta anterior. ¿Turner es un psicópata?

—Lo tengo muy claro. El mundo está dirigido por miles de sociópatas, egocéntricos, incapaces de distinguir el bien del mal, que se creen por encima de la ley, que no ven riesgo en sus acciones y que piensan que todo lo que hacen es correcto y está justificado.

Enfermos mentales con abuso de poder. Lo vemos cada día en las noticias: gente que termina en prisión por corrupción o cualquier otro delito, que han sido declarados culpables y, sin embargo, siguen pensando que son inocentes.

—En España también tenemos muchos casos de esos.

—Seguro. Debe ser una cualidad del ser humano.

A los políticos deberían hacerles un test psicológico antes de poder presentarse a candidatos.

¿No te hacen uno al ir a comprar determinadas armas o para determinados empleos?

Pues creo que, si vas a gobernar mi nación, primero, deberías demostrar que no estás como una puta regadera.

—Antes ha dicho psicópata, no sociópata…

—En el momento en que te crees con derecho a poder decidir sobre la muerte de alguien, pasas de un salto de sociópata a psicópata. ¿De verdad uno se puede llegar a creer que tiene la potestad para decidir quién vive y quién muere? El diablo anda suelto.

Emily está exultante, sin ataduras. Se muestra sincera, la cabeza le va a mil por hora y quiere contarlo todo. Absolutamente todo. Y yo, tan solo tengo que tirarle del hilo.

—Retomo la historia. Turner se marcha, ¿y entonces…?

—En ese preciso instante es cuando nos explican y argumentan, no solo nuestro papel, sino el resto de la operación.

Los puntos clave para que nada salga mal.

Nos harán partícipes de todo, aunque en realidad nuestra opinión nunca contará.

Aunque es verdad que teníamos la sensación de ser útiles, en realidad, siempre fuimos simples peones.

—A pesar de saber que tenéis que atentar con el futuro presidente, ¿seguís aceptando? ¿No os planteáis dejarlo?

—Sí, a pesar de todo, seguimos aceptando. Enseguida nos hacen saber que Ryan no tendrá que dispararle. Tendrá que disparar, sí, pero no apuntando a Turner. Y no nos dieron opción, ni tiempo para plantearnos una retirada.

—¿Qué habría sucedido si en ese preciso momento decís que os echáis atrás?

—Prefiero no saberlo. Sabíamos demasiado. No nos habrían dejado marchar sin más. Solo puedo decir que esta gente es capaz de todo.

—¿Os habrían eliminado?

—¿Por qué no? No iban a dejar que les chafásemos el espectáculo. Tampoco quiero pensar en eso. Pero imagina que lo contamos todo a los cuatro vientos…

—Pero ¿qué habrían hecho? —insisto. Necesito un ejemplo.

—No sé… ¿Qué tal un accidente de tráfico de camino a la mina?

Pero, como te digo, no quiero darle muchas vueltas.

Aceptamos y listo. Ryan desde ese mismo día empezó con las prácticas de tiro.

—Una vez más, Emily sigue con el relato, deja atrás mis preguntas para centrarse en la historia.

Que nada se le olvide. Apenas me deja intervenir—.

La única vez que Ryan había disparado una escopeta fue de niño, y era de perdigones y ahora, sin tiempo para pensarlo, se tenía que enfrentar a un rifle de asalto.

Además, debía dejarse ver por los clubs y campos de tiro.

En Mayfield no existía la posibilidad de practicar tiro, pero sí cerca de las minas.

Por Louisville y alrededores había varios clubs.

Pasó por todos para darse a conocer. También le enseñaron a relajarse…

—¿A relajarse?

Otra vez, en cuestión de milésimas, cambia de tema.

Pasa de hablar de disparar a relajarse. Está vomitando todo lo que lleva dentro.

Tal y como le van llegando los pensamientos, los va escupiendo.

Salta de un sitio a otro como si nada tuviese sentido y, sin embargo, al final todo es coherencia. No se deja nada por el camino.

—Sí.

Ryan pasaría muchas horas bajo una vieja lona gris con olor a alcohol fermentado antes de disparar, y eso también era motivo de ensayo.

—Explíqueme esto con más detalle, por favor.

—Ryan debería estar oculto en su posición de tiro.

Unas ocho horas antes del atentado. A unos doscientos cincuenta metros del escenario se encontraba un pequeño edificio con dos locales.

Uno de ellos era una tienda donde se vendían cosas relacionadas con el béisbol: souvenirs para los visitantes que se acercaban a ver las ligas menores; además de tentempiés para los partidos, ya sabes, patatas fritas, refrescos…

Bueno, creo que no te lo he dicho, el mitin sería en el campo de béisbol de Mayfield: un campo con unas gradas portátiles laterales, para albergar a unas mil personas.

Suficiente para eventos deportivos en una ciudad como Mayfield.

El otro local daba a la parte trasera. Estaba vacío.

De hecho, el dueño de la tienda, en ocasiones lo usaba de almacén.

Nuestra gente usó este local para subir al tejado y colocar en él unas cajas de cervezas vacías cubiertas por una lona gris viejísima.

Tenía que parecer que llevaba allí mucho tiempo.

Unos días antes del mitin, nuestro helicóptero de seguridad y reconocimiento haría reporte de dicha lona y nuestros agentes invitarían a los agentes locales —a los de verdad— a comprobar qué había en aquel tejado.

Nada, simples cajas de cerveza. Hecha la comprobación, la noche siguiente las cajas desaparecerían y aquella lona gris se convertiría en un minúsculo vivac donde Ryan se ocultaría con su botella para orinar y sus barritas energéticas.

—Me asombra tanto detalle, señoraWatson. Aun con todo, preparar todo esto, un evento de semejantes dimensiones… No acabo de verlo.

—¡Exacto, esa es la clave! —Emily salta de la silla como impulsada por un resorte invisible.

He debido dar en el clavo—. La mentira es tan grande, que es más fácil hacerle creer a todo un país que el atentado ha sido real.

No sé si me explico con claridad. Si uno quisiera pensar que el atentado había sido una farsa y se parase a pensar sobre cómo organizarlo todo…

¡Es tan de locos!, que uno debería decir: ¡Es imposible!

—Se explica a la perfección. Resulta más sencillo pensar que un tarado ha intentado matar al presidente, que asumir que ha sido el propio Turner quien ha atentado contra sí mismo.

—Como te dije, teníamos un hangar enorme donde se recreó el lugar del atentado, como en un decorado de Hollywood: el escenario, el atril, las gradas, el edificio desde el que Ryan dispararía ¡Todo!

Reconozco estar un tanto sobrepasada. El relato de Emily es tan singular como el correo que nos mandó a la redacción del periódico, sin embargo, la creo.

Creo todas y cada una de las palabras que esta mujer me está regalando y estoy empezando a pensar que esta entrevista puede ser el trampolín que ando buscando en mi carrera profesional.

¡Sigamos!