La última entrevista de Emily Watson 13
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—El día que conocimos a Turner.

—¿Llegaron a conocer al presidente en persona?

—Sí. Hasta en tres ocasiones intercambiamos algunas palabras con él. Siempre, antes del atentado, por supuesto.

—¿Cómo fue la primera impresión? ¿Se mostró cercano?

—Impactante. Quiero decir que son gente que tienen algo.

Algo que resulta difícil de explicar, pero que impone.

Es cuando te das cuenta de que, aunque todos somos seres humanos y que todos deberíamos ser iguales, no es así.

La erótica del poder debe ser. Tú estás allí en el comedor, mojando un donut en el café y de pronto, se abren las puertas y aparece él como un torbellino: anda rápido, a pasos agigantados.

La americana desabrochada se le queda atrás a cada paso que da.

Termina una llamada de teléfono; sin mirar atrás, le pasa el móvil a una de las personas que le acompañan.

Viene directo hacia nosotros, por un segundo dejo de masticar.

Pienso que no puede ser, que es alguien que se le parece.

Y entonces engullo el donut y busco una servilleta que no tengo.

Es él. Me limpio los restos de azúcar en el pantalón porque si voy a tener que estrecharle la mano, voy a quedar fatal.

Es entonces cuando una siente que es una miserable, una paleta de pueblo y piensa que no es digna de estar allí.

—¿Así se sintió?

—Cuando una no ha salido de su pueblo en toda su vida, no tiene estudios y se ve frente al hombre que desea gobernar la nación, pasa lo que pasa, de repente… te haces pequeñita y no sabes ni qué hacer ni qué decir.

—¿Qué les dijo?

—Estábamos sentados en el comedor en una de esas mesas enormes con bancos plegables, donde comen cincuenta personas a la vez.

En cuanto la puerta se abrió, yo me di cuenta, pero Ryan, que estaba sentado frente a mí, no lo vio venir.

A lo que quiso girarse ya era demasiado tarde y lo tenía sentado a su lado.

Le pasó la mano por encima del hombro y lo sacudió con fuerza, como si se conociesen de toda la vida.

—Ryan y Emily… —dijo—. Muchas gracias, muchachos, muchísimas gracias.

No sabéis el favor que le estáis haciendo a la nación.

Sois gente valiente, entregada a vuestro país y eso es lo que necesitamos en este momento.

Nunca podremos estaros lo suficientemente agradecidos.

Vamos a darles una patada en el culo a todos esos demócratas que lo único que saben hacer es pasearse por el mundo haciéndose fotos, en vez de quedarse aquí con el pueblo a solucionar los problemas reales de la gente.

Hagamos de América el mejor país del mundo.

—Ryan y yo no supimos qué hacer. No sabíamos si ponernos de pie, si darle la mano…

No nos dio opción. Él siguió con su teatro particular.

Levantó la mano derecha como si hiciera una pinza y una de las personas que le acompañaban le colocó una carpeta entre los dedos. La extendió sobre la mesa y la abrió.

—¿Qué os parece? —nos preguntó—. Bonita, ¡eh!

—Tan solo era una foto. La foto de la casa más maravillosa que jamás había visto. Si me hubiesen dicho que describiese mi casa ideal, me habría quedado corta.

—Si no os gusta, podemos buscaros otra. Esta está en Miami.

—Perdone, señor Turner, pero no entendemos —acertó a decir Ryan.

—¿Cómo que no entendéis? ¡Esta va a ser vuestra nueva casa! ¿Os gusta o no?

—Es… es… Muy hermosa, me encanta —respondí.

—Me alegro. Pero como os digo: si no os gusta, si os cansáis del clima de Miami o de los latinos, me llamáis y lo solucionamos.

Más cosas. ¿Qué otros asuntos tenemos por aquí?

—Sobre la mesa extendieron otro papel. Puso los cinco dedos sobre el folio y lo giró con rapidez hacia Ryan—.

Un millón dijiste, ¿verdad, Ryan? —Una vez más no le dejó contestar.

Sacó una pluma del bolsillo interior de la chaqueta y acto seguido firmó el documento.

Nos lo enseñó durante dos segundos, no más.

Estaba escrito en un tipo de letra diminuta y lo único que se apreciaba bien grande era la cifra: un millón.

—Un momento —interrumpo a Emily—. ¿Tiene un documento firmado por el presidente Turner en el que dice que se os entregaba un millón de dólares?

—No.No lo tengo. Tal y como lo firmó, se lo devolvió a su asesor. Nos dijo que nos haría llegar una copia. Cosa que nunca ocurrió. ¿Quién quiere un documento cuando ya tiene el millón en el banco?

—¿Fue en persona a concederos todo lo prometido?

—Sí, así es. Y ahora era mi turno. Me miró con una intensidad que pocas veces he sentido, incluso vi ternura en su mirada. Tomó mis manos entre las suyas y dijo:

—Emily, nunca antes nadie nos había pedido algo tan extraordinario y natural como lo que tú nos dijiste. Emily, serás una madre estupenda, estoy seguro.

—Madre mía. Qué paternalista suena, ¿no? —Vuelvo a reforzar su relato.

—No sé si paternalista. Prepotente y seguro de sí mismo: eso te lo aseguro. Volvió a levantar la mano. Le pusieron otra carpeta entre los dedos, la depositó sobre la mesa y la giró hacia mí. Era de una clínica de fertilidad.

—Quiero que le eches un vistazo. Ellos no pueden fallar. Son los mejores, son amigos míos y conseguirán que seáis padres. Emily, vais a ser padres.

—Me lo dijo con una rotundidad tal… No dijo aquello de: Haremos todo lo que esté en nuestras manos. No.Dijo: «Vais a ser padres», al tiempo que me estrechaba las manos y me miraba fijamente a los ojos.

—Todos los gastos correrán de nuestra parte.

Vosotros sois los padres que queremos, vuestros hijos serán los hijos de América.

Hijos de gente trabajadora que luchan por su país, que no dudan en entregarse cuando se les necesita.

Y entre todos levantaremos de nuevo la nación y América volverá al lugar que se merece.

—Menuda actuación, este lo llevaba en la sangre, no le hacía falta ensayar —concluye Emily.

—Señora Watson, ¿tiene usted un hijo? —pregunto, aunque sé que dejo el relato a medias.

—No, no tengo un hijo y no me apetece hablar de ello ahora. Lo siento. —Se enciende un cigarrillo. Hemos tocado la fibra sensible, intentaré abordarla más adelante.

—Por supuesto, como quiera, creo que la he interrumpido, puede proseguir por favor. —Tercer asunto que se queda para más tarde. Tomo nota mental.

—Turner se levantó, se despidió y entonces fue cuando nos enteramos del papel que íbamos a desentrañar en la obra.

Hizo como si sujetase un rifle y, apuntando hacia Ryan, dijo: Apunta bien, hijo, no vayamos a tener un disgusto.

La cara de Ryan fue de incredulidad total.

Entonces Turner continuó con su teatrillo.

—No puede ser. ¿Es que no te lo han dicho? ¿Todavía no sabéis por qué estáis aquí? —gritó, haciéndose el sorprendido, mirando a sus asesores como si les estuviese regañando.

—Ryan… —le dijo—. Levántate, hijo. Siempre me dejan a mí los trapos sucios.

Voy a tener que empezar a cortar cabezas.

Ryan… tú y yo vamos a hacer algo grande, vamos a ser los protagonistas de uno de los capítulos más importantes de la historia de nuestro país.

Tú no saldrás en los libros, espero que lo entiendas, pero ambos estaréis siempre en nuestros corazones.

Sin vosotros esto no sería posible… ¿Lo entiendes, hijo?

¡Tu papel será el de dispararme! ¡Tú serás quien intente asesinarme!

No puedes fallar, bueno, sí, en realidad tienes que fallar.

¿No querrás verme muerto? —Y de pronto soltó una enorme carcajada—.

Y ahora, a seguir con todo esto. Todavía tenemos mucho camino que recorrer. Y se dio media vuelta y se marchó.