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—La minería era la principal industria en Kentucky en los noventa.
—Emily continúa con el relato—. A hora y media desde Mayfield.
En el condado de Ohio, se ubicaba una de las principales empresas mineras.
Poseían una flota de camiones y maquinaria para la extracción del carbón, así como decenas de hangares para almacenarlo.
Nuestra primera misión sería extender por Mayfield la noticia de que ambos habíamos conseguido trabajo allí: yo como administrativa, él como mecánico.
Ya tendríamos tiempo para contar que no estábamos contentos con el trabajo, que era duro hacer todos los días tres horas de coche, que a Ryan a veces lo mandaban a extraer carbón y tenía que hacer tareas que no eran de su competencia…
Pero eso ya sería más adelante. Íbamos a ausentarnos de lunes a viernes, y la ciudad de Mayfield, poquito a poco, debería entender por qué.
—¿Qué hacían allí? ¿Cómo era aquello?
—Unos dos meses.
—¿Dos meses para preparar un evento tan importante? No sé si pensar que era poco tiempo…
—El necesario. Te aseguro que lo tenían todo planeado al milímetro.
Nosotros, por ejemplo, no nos limitamos al día 16.
Tuvimos que actuar en seis o siete ocasiones en Mayfield.
El asesino tiene que tener una motivación, uno no mata porque sí.
Nosotros ya éramos republicanos. Entonces, ¿qué sentido tiene que un republicano mate a otro?
Ninguno. Así que debíamos hacer ver que Ryan y yo estábamos muy descontentos con Turner, que las políticas que había llevado a cabo como gobernador habían sido pésimas; que el resultado de las primarias había sido un error y que el candidato Wilson era mejor opción que Turner.
¡Vamos, seguro que lo has oído antes!: No me extraña que ganen los demócratas, si el líder de la oposición es un inepto. ¿Cómo vamos a ganar con este tipejo?
—Pero ¿qué tenían que hacer? Póngame algún ejemplo.
—De acuerdo. Un día fuimos a repostar a una gasolinera antes de ir a trabajar a la mina.
—Hace el gesto de las comillas—. Desayunamos y, de repente, una pareja que casualmente van de paso y que ni son pareja ni van de paso —vuelve a abrir comillas con las manos—, comienzan una conversación.
Hacen preguntas sobre cómo ven la zona; comentarios sobre la actualidad política siempre ciñéndose al guion e interactuando con los que allí están: el camarero, los madrugadores como nosotros o quien sea.
Ryan y yo les seguimos la corriente, para minutos después abandonar la gasolinera, dejando claro que, para nosotros, Turner es un completo inútil.
—Me parece muy difícil hacerlo de manera que salga creíble, que no parezca forzado. Tiene que haber un elevado grado de improvisación…
—Por supuesto, y para eso nos preparaban todos los días.
Debíamos intuir respuestas, anticipar actitudes de los espectadores reales, involucrados en la escena sin saberlo.
Pero no todo queda ahí. Días después del intento de atentado, unos falsos periodistas pasan por esa gasolinera/cafetería y sacan el tema.
Y haciendo las preguntas oportunas, casi te diría que obligan al camarero a decir todo lo que nuestros periodistas quieren oír.
Y entonces aquel buen hombre dice algo como: Yo recuerdo que un día estuvieron aquí, y dijeron no sé qué y no sé cuántos…
¿Comprendes? Más tarde ese testimonio se emite en televisión.
—Comprendo. Y entiendo cuando me dice que lo tenían todo calculado al milímetro. ¿Podría contarme otra de esas actuaciones? Alguna que fuese especial, por la dificultad, no sé… Por ser más dramática quizá.
—Creo que una de las más importantes fue el día en que Ryan iba a recoger su fusil de asalto.
Tuvimos que simular un enfrentamiento bastante violento entre los dos.
Una semana antes, Ryan ya había solicitado la compra del arma en la armería situada en Cuba Road.
Tan solo quedaba esperar. Sabíamos que este momento llegaría, así que la ensayamos día y noche.
Veníamos de discutir con frecuencia, así que, en cierto modo, creo que nos ayudó.
—Se ríe—. Sobre todo, aparentar naturalidad, nos decían.
No tenéis que sobreactuar. Nos enseñaron a no impostar la voz, nuestras voces debían sonar reales.
Nos enseñaron a controlar el cuerpo; a no moverlo de manera irregular y confusa como si llevásemos a una persona dentro.
Sobre todo, cuando era el otro quien hablaba.
En otras palabras, debíamos quitarnos los nervios de encima y deshacernos de ese pensamiento constante de saber que estábamos actuando.
Aprendimos a escucharnos. Sí, teníamos nuestras líneas, nuestros diálogos; sin embargo, al interactuar con gente de la calle, prestarle atención a tu compañero era fundamental.
Teníamos que improvisar cada dos por tres.
Durante los ensayos nos grababan en vídeo para corregir errores.
—Sin duda un curso intensivo y acelerado de interpretación. ¿Le sirvió para algún otro momento de su vida? ¿Está usted actuando en estos momentos?
—No.Jamás he vuelto a actuar. Es más, siento cierta repulsa.
Engañábamos a las personas, las manipulábamos.
Ellas no eran conscientes, pero sin saberlo, les obligábamos a decir o a hacer lo que nosotros queríamos.
Pensándolo ahora con detenimiento… fue cruel.
Aquel día yo fui con un aspecto horrible, daba la impresión de ir vestida con lo primero que me vino a mano, como si hubiese salido de casa con prisas.
El pelo sucio y despeinado. No era necesario llorar, pero por si acaso, me echaron un espray en los ojos para enrojecerlos y dar aspecto de no haber dormido o de haber pasado la noche llorando.
No veas cómo escocía. Yo no paraba de repetirle a Ryan delante del dependiente que no necesitábamos armas, que no era necesario protegernos de nadie; pero, sobre todo, no paré de repetirle hasta la saciedad que esa no era la solución.
Grabada a fuego la frase en la mente del encargado, este debió de imaginarse cualquier cosa o quizá, acostumbrado a escuchar discusiones similares, ni me hizo caso.
Pero seguro que, después del atentado y ver por la prensa que Ryan había sido el pistolero, unió cabos y lo contó todo a los cuatro vientos.
Por supuesto, nuestra prensa se pasó por allí a hacer unas cuantas preguntas más que oportunas.
Seguro que entiendes lo que quiero decir.
Aquel tipo escupió sapos y culebras contra nosotros y todo aquel que estuviese pegado a la pantalla del televisor aquellos días… se enteró.
—Me resulta todo un tanto disparatado. Me cuesta creer que, durante dos meses, mostraseis una vida que no era real…
—Pues hazte a la idea de que no éramos los únicos.
Decenas de actores, dos o tres semanas antes del dieciséis, actuaban casi a diario para toda la población de Mayfield.
Había que ir alisando el terreno y, bueno…
Tampoco teníamos que estar actuando todo el día.
Aunque reconozco que estábamos tan metidos en nuestro papel, que a veces nos dejábamos llevar por los personajes y sin venir a cuento seguíamos soltando mentiras.
—Volvamos un poco atrás en el tiempo. Me comenta que llegan a un acuerdo; sin embargo, me ha dicho en varias ocasiones que no les leyeron la letra pequeña. Entre otras cosas, quiero entender que en ese primer instante no les dicen que Ryan va a ser quien dispare contra el futuro presidente.
—Así es.
—¿Cómo y cuándo se lo comunican?