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Mi nombre es Carmen Capdevila, tengo veintiocho años y trabajo en El Corresponsal , uno de los periódicos más importantes de España.
Si lo que esta mujer me está contando es cierto, tengo entre manos un trampolín, un espaldarazo para mi carrera como periodista.
No puedo echarlo todo a perder. Me sudan las manos, mi respiración se acelera por momentos y un espasmo me sube desde el estómago hasta el cerebro, poniéndome en alerta.
Es la ansiedad que quiere desbordarse. Dudo.
No soy capaz de pensar con claridad. A pesar de que hace no mucho ha expresado su satisfacción al hacer la entrevista conmigo, dudo.
Espero y deseo que Emily no piense que no soy la periodista apropiada.
Pienso en los pocos años que llevo en esta profesión y temo que esta entrevista me quede grande.
Soy incapaz de calcular las repercusiones que tendrá la noticia cuando salga a la luz.
Me encomiendo al universo, a todos los santos que conozco y a la Virgen de la Oliva, patrona del pueblo de mi madre. ¡Por favor que todo salga bien!
Esto debe continuar.
—SeñoraWatson, comprenderá que va a tener que aportarme muchas pruebas si quiere darle veracidad a lo que acaba de contarme, lo entiende, ¿verdad?
—Lo entiendo. Pruebas físicas, pocas podré aportar. Lo asumo y espero que comprendas el porqué. Sigamos, y al final, entre las dos decidiremos si ha merecido la pena.
—¿Va a merecer la pena?
—Rotundamente, sí.
—Está bien. Si todo esto es cierto, creo que queda un largo camino por recorrer antes de llegar al… ¿Día D, podríamos llamarle así?
—Dieciséis de enero —responde con una contundencia abrumadora. Como si llevara esa fecha grabada a fuego en algún rincón de su cuerpo.
—Usted y su marido, llegan a un acuerdo. ¿Con quién? ¿Quiénes eran aquellas personas que estaban con ustedes en aquel tráiler? ¿Firmaron algún documento?
—No.No firmamos nada, tan solo un apretón de manos. Nos dijeron que al día siguiente cerraríamos el asunto.
—…
No digo nada, espero que descifre mi gesto.
—Lo sé, lo sé… Pero ¿qué querías que hiciésemos? ¿Exigir que nos redactasen allí mismo un documento detallado? Era aceptar o decir que no y volver a nuestras miserables vidas.
—No hubiese estado mal tener algo firmado —replico con contundencia. Tengo que tensar un poco la cuerda.
Ella coge aire. Lo suelta con desesperación y paciencia a partes iguales.
—Hazme esta misma pregunta cuando acabemos la entrevista si lo crees necesario —responde con los ojos cerrados.
—De acuerdo. Ya son dos las preguntas que se quedan en el tintero. Sigamos. Llegan a un acuerdo y entonces ¿qué sucede?
—Lo primero que pasa es que Roger…
—¿Prefiere llamarle Ryan? Por mí no hay problema —la interrumpo.
—… —Se lo piensa—. Lo primero que hace Ryan es preguntar cómo se va a solucionar el asunto del bar donde se originó la pelea. A fin de cuentas, Gary, el camarero, no formaba parte de la ecuación.
—¿Qué hicieron? ¿Cómo lo solucionaron?
—Fácil. A los treinta segundos de que los policías se llevasen a Ryan, uno de ellos volvió al bar, se acercó al supuesto muerto y le tomó el pulso: Tiene pulso.
Grita. Y le da un par de bofetadas para espabilarlo.
Este hace como que va recuperando el sentido.
El poli se va y dice que va a llamar a los servicios de urgencia.
Mientras, «el muerto» va recuperando la salud, que nunca perdió.
Y en cuanto se reincorpora, le dejan al camarero una sustanciosa propina.
Creo que le dieron trescientos dólares. Le pidieron, por favor, que no contase nada.
Que uno de los cuatro tenía antecedentes penales y no querían líos con la justicia. Asunto resuelto. Migajas.
—Ya veo. Una pequeña obra de teatro.
—¡Exacto! Eso es. Una función donde el público, en este caso el camarero, también forma parte del espectáculo.
Después regresamos a casa. Eso sí, el trabajo comenzaba al día siguiente.
A las seis y media de la mañana deberíamos estar en la Baldwin Coal Company, una empresa minera en el condado de Ohio, a una hora y media de Mayfield.
Así que marchamos para casa… ¡Felices! De pronto, en cuestión de horas, nuestras angustiosas vidas habían dado un giro de ciento ochenta grados.
Nos prometieron un millón de dólares y una vida de lujo.
Era eso o la desesperación de no encontrar trabajo y no saber cómo pagar el próximo recibo.
—Espere un momento.
Se me ocurre que… ¿Y si su marido no hubiese ido al bar esa noche?
—Pues los actores se habrían ido a casa y al día siguiente habrían seguido los pasos de Ryan para montarle la escena en otro sitio. Le aseguro que tenían un plan B.
—Entiendo. ¿Cómo pasaron esa noche? ¿Consiguieron dormir?
—No, apenas dormimos aquella noche. Brindamos con una botella de champán que ellos nos regalaron para celebrarlo.
Hicimos el amor como hacía tiempo… y lloramos.
También lloramos; soltamos la rabia y la desesperación de los meses pasados.
No nos contaron la letra pequeña y eso nos permitió ser muy felices durante algún tiempo.