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Los segundos en la grabadora digital corren sin descanso. La luz verde fija en la parte trasera de la cámara de vídeo me dice que todo está en orden, que puedo seguir centrada en Emily y la historia de película que acababa de comenzar a relatar.
—Señora Watson, resulta difícil de creer; no se lo tome a mal —le suelto sin miramientos.
—Para nada. Te entiendo por completo. Si Roger y yo nos quedamos sin palabras viviéndolo en primera persona; entiendo que a ti pueda parecerte inverosímil, y que creas que soy una loca caprichosa que no tiene nada mejor que hacer que inventarse una película de suspense.
—Si cojo toda la historia desde el principio —le replico—, todo tiene sentido y todo sigue un cauce normal.
Su vida —no me malinterprete—, ha sido, al menos hasta ahora una vida normal y corriente, con sus penas y glorias, con sus desgracias y sus alegrías, pero, esto que me acaba de contar…
es como un giro de guion de película o de novela negra.
Es como si de pronto dejásemos atrás el mundo real para adentrarnos en un relato de ficción.
Se ríe.
—Dame un poco más de tiempo. Acabamos de encender la mecha, los fuegos artificiales están a punto de arder. Luego, más adelante, decide si quieres creerme o no. Por ahora, asegúrate de que la grabadora no se quede sin batería. Esto no es nada más que la punta del iceberg.
—De acuerdo. Prosigamos. Creo que la siguiente pregunta es obvia: ¿qué se supone que tendrían que hacer ustedes a cambio?
—Participar en la mayor representación teatral en la historia de los Estados Unidos de América. Formar parte de la obra de teatro más descomunal jamás vista. Así fue como nos lo dijeron. Y sinceramente, creo que así fue.
—¿Puede explicarse un poco mejor?
—¿Recuerdas cómo empezamos esta entrevista? ¿Recuerdas la primera pregunta que me hiciste?
—Sí, claro. Le pregunté cómo se llamaba. —No sé a dónde quiere ir a parar.
—Eso es. ¿Y recuerdas cuál fue la segunda? —continúa con seguridad, lo tiene muy claro, está jugando un poquito y quiere tener el control.
—Sí —respondo una vez más—. Le pregunté si ese era su verdadero nombre, y usted me respondió que no —no estoy dispuesta a que me pregunte si recuerdo la respuesta. Yo tengo el control.
—Correcto. Ahora piensa que esta historia la estoy contando yo, pero en la ecuación éramos dos: mi marido y yo. Por lo tanto… deberías hacerme una nueva pregunta, muy similar a la primera; pero no sobre mí.
—¿Quiere decirme que el nombre de su marido no es Roger?
—Chica lista.
—¿Quiere decir que me ha estado ocultando el verdadero nombre de su marido durante toda la entrevista? Podría habérmelo dicho cuando me dijo que su verdadero nombre era Emily.
—He querido mantener el secreto. Darle un poco de tensión al relato. —Definitivamente, está jugando conmigo.
—Claro que sí, ha estado jugando conmigo todo este tiempo —le digo sin poder evitar cierta sorpresa. ¿Cómo se me ha podido pasar?
—No exactamente. Acordamos ir poco a poco, ¿recuerdas? Y ese no era el momento de desvelar su nombre.
—Está bien, de acuerdo. Me obliga a preguntarle por él. Vamos allá: ¿podría decirme el verdadero nombre de su marido?
—¿Le dice algo el nombre de Ryan Ford?
—… —Pienso. Mi cerebro quema neuronas a una velocidad de vértigo; no quiero contestar con un «no». Pero me es imposible. Me está hablando del año 96. Yo nací en el 96. El apellido Ford, en los Estados Unidos, debe ser tan común como García en España. No me da tiempo a responder. Ella se anticipa.
—1996… Año electoral… Presidente Turner —dice como si estuviese jugando a las adivinanzas.
—… —pienso un poco más, intento unir cabos—… ¡No, no puede ser! No me lo creo. Es demasiado…
—Bueno, no sé en qué estás pensando —me corta—, pero si estamos hablando de lo mismo, te juro por mi padre, al que nunca llegué a conocer, que sí, es cierto.
—¿Me está usted diciendo que ustedes fueron los que atentaron contra el presidente Turner? ¿Qué les ofrecieron ese millón, esa casa, a cambio de matar al presidente?
Durante unos segundos todo queda en silencio. Ella me observa sonriente, se siente bien. Feliz. No dice nada, tan solo espera a que yo misma dé con la clave, algo se me está escapando. De pronto, como si de una revelación se tratase, la verdad se presenta ante mí.
—Reformularé mis palabras —le digo—. El intento de asesinato del presidente Turner… ¿fue un fake , una farsa?
—Una gran obra de teatro, la mayor en la historia de este país, ya lo dije antes —responde orgullosa. Sabe que me ha sorprendido.
—¡Turner ganó las elecciones gracias a aquel atentado!
Fue lo que cambió las encuestas a su favor y lo que le hizo llegar a ser presidente.
No puede ser. Perdona, Emily —la trato con confianza, no puedo seguir llamándola señoraWatson—, pero no puedo creerte.
¡Delante de miles de personas, delante de centenares de periodistas, del mismísimo ejército y las fuerzas de seguridad del Estado!
Se encoge de hombros, eleva las manos con suavidad y me mira como diciendo: Esto es lo que hay.
Sabe que me ha tocado.
—No has venido hasta aquí para escuchar el titular. Continuemos, y te contaré toda la verdad.
Tiene el control, está más tranquila que nunca. Se enciende un cigarrillo, pero no se lo fuma con ansiedad; este lo disfruta, lo consume poco a poco.
Todo sucede muy rápido. Este es el preciso instante en el que mi cerebro se acelera, el momento en el que comprendo que tengo algo de gran envergadura y que no puedo desatenderlo.
Estoy considerando llamar a Ricardo e informarle.
Reflexiono sobre la próxima pregunta, pienso si estaré preparada, si podré aprovechar al máximo a la mujer que tengo delante.
Me pregunto si no será una broma pesada.
Necesitaré pruebas para confirmar la autenticidad del relato.
Pienso en apagar la cámara de vídeo y detener la grabación (por suerte, no lo hago).
Necesito templar mis nervios. Si algo deseo en estos momentos es que Emily no se dé cuenta de que mi cuerpo, por dentro, es una fiesta química donde todo se ha disparado y descontrolado.
Creo que no lo consigo. Mi mano —como si tuviese voluntad propia— alcanza la botella de vino, lleno mi copa y me la bebo en dos tragos enormes.
Pido perdón a Emily y le ofrezco llenar su copa.
Acepta, pero cuando apenas le he echado un par de dedos, me detiene.
—Es suficiente, gracias.
Tiene el control. Y yo tengo unos pocos segundos para recuperar el mío.