La última entrevista de Emily Watson 9
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—Una tarde noche, serían las ocho más o menos, Roger y yo discutimos.

Me dijo que se iba al bar a tomar unas cervezas.

Me gritó, para qué mentir. Le dije que no estábamos en condiciones de gastarnos el dinero en caprichos.

A él le faltó un segundo para replicarme y contestarme de muy malas maneras: que no me preocupara, que no íbamos a morir de hambre por eso.

Dio un portazo y se marchó. Unas horas después, yo estaba cerrando la puerta de casa para ir al Hard Cock cuando, tras de mí, una voz grave y rotunda pronunció mi apellido.

Bueno, no he comentado que, cuando Roger y yo nos casamos, en honor a mi padre, decidí conservar su apellido.

—Es un bonito detalle.

—Era lo mínimo que podía hacer. Me giré en dirección a la voz: Tiene que acompañarnos, me dijo un hombre con traje oscuro y corbata, al tiempo que me mostraba su placa.

Su marido se ha metido en un buen lío. Pregunté preocupada si se encontraba bien.

Su respuesta fue tan esclarecedora como escueta: Estaba bien.

Subí al coche, no tuve elección. Durante el trayecto, no paré de preguntarme en qué problemas se habría metido Roger.

Siempre fue un hombre tranquilo, como ya te dije antes.

Para mi sorpresa pasamos de largo la comisaría y seguimos unos cuantos kilómetros dirección Murray.

De pronto, el coche giró por un camino de tierra hasta detenerse junto a un granero.

Se abrieron las puertas y el coche de policía entró en el interior.

Estaba desierto, excepto por un tráiler enorme.

Me hicieron bajar del coche y subir al camión por unas escaleras que tenía desplegadas en la parte trasera.

El lado izquierdo del tráiler era un angosto pasillo con dos puertas en el lado derecho.

Uno de los policías, con buena educación, todo sea dicho, me pidió que pasase a la primera habitación. Alarmada, pregunté dónde estábamos, pero no encontré respuesta.

Entré sola. Al fondo de aquel minúsculo cubículo se encontraba Roger sentado en una silla.

La estancia tan solo disponía de una mesa y cuatro sillas y, en una de las paredes, un cristal tintado de esos que sabes que al otro lado hay gente observando.

Roger, al verme, se levantó y corrió a abrazarme.

—¿Se encontraba bien? ¿Tenía buen aspecto? —trato de mostrar un interés especial. Está hablando de su esposo, si muestro empatía y comprensión, estoy segura de que se expresará con más soltura.

—Sí. Me aseguró que se encontraba bien. Le puse las manos sobre los hombros. Lo escaneé de arriba a abajo. Le sujeté la mandíbula y le giré la cara buscando alguna herida. Estaba perfectamente.

Me responde como si lo estuviese viviendo en esos precisos instantes. Revive el alivio que sintió hace más de dos décadas como si hubiera pasado ayer.

—¿Qué ha pasado? —le pregunté al tiempo que nos sentábamos.

Me dijo que nada. Estaba confuso, añadió que todo había sucedido muy rápido.

Que había ido al bar a tomarse unas cervezas.

Aseguró que solo se bebió dos; que no habló con nadie, que estaba triste por haber discutido conmigo, que no tenía ganas ni de verse a sí mismo; que quiso tomar una tercera, pero que ya no le llegaba el dinero.

Así que le pidió a Gary, el camarero, que le pusiera otra, que ya se la pagaría, pero el muy estúpido se negó.

Le dijo que no podía fiarle, que sabía que no se la podría pagar.

Roger se enfadó mucho. Le recriminó que no fuese capaz de fiarle una mísera cerveza después de tantos años como cliente.

Pero Gary no cedió. Así que Roger se levantó y le gritó: «No creo que una cerveza te impida ser rico, pero, en fin, toma».

Y cogió una moneda de cincuenta centavos que llevaba en el bolsillo y se la lanzó al pecho.

«La propina». Le dijo. Se dio la vuelta para irse a casa, y de pronto cuatro tipos que estaban sentados alrededor de una mesa empezaron a pelearse: empujones, puñetazos, con una violencia que no te puedes imaginar.

Y, sin darse cuenta, en un segundo Roger los tenía encima.

Le empujan y le meten en la pelea, le tiran al suelo y recibe algún que otro golpe.

Intentó zafarse, evitar la pelea. Se puso en pie y empujó a uno de ellos.

Me contó que ese individuo se trastabilló y entonces Roger me dejó de hablar.

Noté cómo se le cortaba la respiración. No pudo decir nada más.

—Creo que empiezo a entender. —Acompaño la exposición de Emily.

—¿Y? —le pregunté preocupada—. No tenía pulso, estaba muerto.

Me contestó como pudo. ¿Cómo que estaba muerto?

—le interrogué desconcertada. Para mi alivio, Roger continuó su relato, comentó que aquel hombre se debió golpear con algo y se quedó inconsciente en el suelo.

Yo no acababa de entenderlo. Uno de ellos se acercó al herido y le tomó el pulso: «Está muerto».

Gritó. Y alguien le dijo a Roger que saliese corriendo de allí.

Que huyera. Y eso fue lo que hizo. Salió corriendo y, al traspasar la puerta, se chocó con dos policías que estaban a punto de entrar en el bar.

Recuerdo a la perfección cómo exclamó: ¡Joder, fue como si estuviesen esperando a que saliera!

—¿Puedo decirle una cosa, señora Watson? Y por favor, no se me enfade… Esto lo he visto en alguna película.

«¡Joder, es que es de película!»

—Lo sé. Traté de calmarlo diciéndole que todo se arreglaría.

Estaba inquieto y asustado, como imaginarás.

Me repitió hasta la saciedad que él no había matado a nadie, que solo quería volver a casa.

De pronto, se abrió la puerta. Dos hombres entraron en la sala y se sentaron frente a nosotros.

Trataron de intimidarnos, nos dijeron que estábamos en serios problemas.

Roger enseguida preguntó si aquel hombre al que había empujado estaba muerto.

—No es relevante —se apresuraron a decirnos.

—¿Cómo que no era relevante? Era lo más relevante.

¡Estábamos hablando de si Roger había matado a un hombre o no!

Él insistía en no haber hecho nada. Repetía una y otra vez que fueron ellos quienes empezaron a pelearse y le metieron por medio.

Pero aquellos dos policías no paraban de meternos presión y empezaron a acusar a Roger de agredir al camarero lanzándole una moneda y de discutir con él, e insinuaron que iba borracho.

Enseguida salí en su defensa aclarando que Roger jamás se había metido en problemas y ellos replicaron una vez más mencionando el incidente en el que Roger lanzó la piedra contra la luna trasera del coche.

Roger intentó contestar, pero yo me adelanté: ¿Qué haría usted si a su mujer le insultasen por la calle, si le insinuaran que es una ladrona o una puta?

—les dije realmente enfadada. Me puse en pie.

No iba a consentir que nos tratasen de esa manera.

Levanta un dedo amenazando al infinito. Una vez más, lo vive como si estuviera sucediendo aquí y ahora.

—Finalmente, Roger, con la voz quebrada, reconoció estar atravesando una mala racha, comentó que las cosas no nos iban bien.

Y de pronto todo cambió. Aquellos dos tipos aseguraron estar al tanto de nuestra situación y, en un giro total de guion, se ofrecieron a ayudarnos, sacarnos del pozo en el que estábamos a cambio de una colaboración.

Sin entender muy bien a qué se referían, les pedí que fuesen más claros en su propuesta.

Ahora se relaja. La historia va a dar un giro brusco. Lo sé. Aun así, no me resisto a hacerle la siguiente pregunta.

—¿Cómo sabían todo eso? Quiero decir… Entiendo que tengan una ficha policial de cada uno de nosotros, que supiesen que le lanzó la moneda al camarero, pero lo del incidente de la piedra o lo de vuestra situación económica.

—Mira, en aquel preciso instante. En esos momentos de tanta tensión no te haces esas preguntas. Luego con el tiempo comprendimos ciertas cosas. No adelantemos acontecimientos. Déjame contarte y seguro que tú sola, más adelante, sacarás las conclusiones correctas.

—Ok. Dejémoslo correr entonces. Pero me lo guardo. Le aseguro que no me olvido. Siga por favor.

—Sabían que éramos republicanos, así que nos propusieron colaborar para el partido.

Les respondimos que ya lo hacíamos, incluso que en alguna ocasión habíamos hecho alguna pequeña aportación, cosa que nos agradecieron; sin embargo, nos sugirieron formar parte al cien por cien de la campaña.

A cambio, ellos nos proporcionarían un profundo y radical cambio en nuestras vidas.

—¿A qué se referían?

—Bueno, uno de ellos abrió una carpeta y nos enseñó una foto: ¿Les gustaría vivir aquí?

—nos preguntó. Roger y yo nos quedamos con la boca abierta, no dábamos crédito.

Era la casa más grande que jamás habíamos visto.

Roger no lo dudó ni un segundo: Contestó que sí.

Pero lo mejor de todo es que la cosa no acabó ahí.

Aquel hombre nos preguntó que qué más nos gustaría tener, cualquier cosa que se nos pudiese ocurrir.

Nosotros no acabábamos de comprender. Tan solo por colaborar, ¿íbamos a vivir como reyes?

Hay cosas que no tienen precio, nos dijeron.

No se corten, pidan por lo alto, no duden…

Sean ambiciosos. Entonces Roger se vino arriba y pidió un millón de dólares.

—SeñoraWatson, ¿ha dicho un millón de dólares?

—Eso es. Un millón de dólares —me responde—.

Eso es lo que Roger pidió. Lo mejor de todo es que ellos aplaudieron su audacia y nos dijeron que no solo nos proporcionarían esa cantidad, sino que además nos asegurarían que la cuenta del banco jamás bajaría ese montante, es decir, que siempre tendríamos en el banco un millón.

—Asombroso, ya veo que no se andaban con chiquitas —añado siguiendo el relato de Emily.

—Eso no es todo, aquel hombre, una vez más y derrochando seguridad, siguió insistiendo en que pidiéramos más. Y entonces, no sé por qué lo hice, pero lo solté de golpe. Si el millón de Roger te ha sorprendido, lo que yo pedí fue aún más bestial.

—Sorpréndame, por favor —apremio a decir.

—Un hijo.

—¿Cómo dice? ¿Ha dicho un hijo? —Mi cara de estupor es total.

—Me has hecho la misma pregunta que hicieron ellos. La seguridad que aquel agente había mostrado hacía unos segundos se resquebrajó por completo. El silencio fue tal que me vi en la obligación de continuar.

—Un hijo —les repetí—, Roger y yo hacía tiempo que intentábamos tener un bebé y no podíamos. Les dije que no sabía quiénes eran, pero que les veía capaces de todo, pensé que también podrían ayudarnos en eso. Miré a Roger pidiéndole perdón. No sabía si había actuado correctamente.

—¿Le dijo algo Roger? ¿Cómo reaccionó?

—Nada. Roger era muy bueno. Me miró con cariño.

Sonrió levemente y bajó la vista. Quizá un tanto avergonzado.

No sabría decir. Les pilló por sorpresa.

A él y a ellos. Lo reconocieron, eso no se lo esperaban.

Sin embargo, a los pocos segundos, una voz en off atravesó las paredes respondiendo lo que yo quería oír.

Nos dijeron que podrían ayudarnos. Que haríamos todas las pruebas médicas que fuesen necesarias y encontraríamos una solución a nuestro problema, si ese era nuestro deseo.

—Era gente muy poderosa por lo que veo.

—Así es. Les pregunté que qué tendríamos que hacer a cambio, cuando de pronto Roger me interrumpió.

Estaba muy confuso, todo aquello era muy bonito y pintaba muy bien.

Demasiado bien para ser sinceros. Pero él acababa de dejar a un hombre tendido en el suelo de un bar, fuera de combate.

O le decían algo al respecto o era incapaz de continuar con aquella surrealista situación.

Y aquellos dos agentes que parecían tener recursos y respuestas para todo, cedieron a la preocupación de Roger y nos invitaron a que mirásemos hacia el cristal tintado.

Ambos levantamos la vista y miramos en dirección a la ventana que segundo a segundo fue perdiendo la opacidad hasta que quedó transparente por completo.

Yo no entendí muy bien la jugada, pero la cara de desconcierto de Roger fue tal que supe que algo no cuadraba.

Me dijo que eran ellos. Los del bar, los policías y los de la pelea.

Incluso señaló con el dedo al supuesto muerto.

Aquel hombre, ahora con cara sonriente, le dijo a Roger que lo sentía, que lamentaba mucho haberle asustado, pero que ese era su trabajo, hasta bromeó diciéndole a Roger que si quería le podía tomar el pulso.

Yo me enfadé muchísimo. ¿Qué tipo de trabajo era ese?

Era una broma de mal gusto. ¡Todo estaba preparado de antemano!

—¿Todo fue un teatro?

—Una escena. Una de muchas. Los dos agentes no permitieron que mi enfado fuera a más. El cristal se volvió a tintar y seguimos con la charla. Solo quedaba por averiguar qué era lo que tendríamos que hacer.