La última entrevista de Emily Watson 8
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Enciendo la grabadora y la cámara de vídeo a la que le he cambiado la tarjeta de memoria por si acaso.

Ante mí tengo a una mujer elegante —a pesar de llevar una camiseta que tiene casi treinta años—, altiva, que inspira confianza y credibilidad.

Un nuevo registro de Mrs.Watson. Preveo que todas y cada una de las palabras que va a escupir van a ser ciertas.

Mi entusiasmo está por las nubes y siento que tan solo tengo que darle un leve empujón para que todo comience a rodar.

—SeñoraWatson, hasta ahora me ha contado una vida maravillosa.

Los años con su marido en Mayfield… Es una vida…

Podríamos decir feliz; cierto es que también me ha relatado pasajes crueles y tristes.

¿En qué momento se tuerce todo? Porque me da a mí que se avecinan curvas, que se acerca la tormenta.

¿Hay algo más de esos felices años antes de que todo esto se venga abajo, antes de que me aclare qué significa eso de que formaron parte del cambio del rumbo de la historia y eso de la primera bomba?

Estas dos afirmaciones, he de reconocer, me desconciertan un poco.

—No, creo que no. No necesita saber nada más.

Podemos adentrarnos en la tormenta, como bien dices.

Como te comenté con anterioridad, trabajaba en el supermercado, cuando de pronto, un día, el señor Patel que por aquel entonces era mi jefe; el mismo que me había ascendido a encargada de departamento, me dice que me despide.

Me echa, así sin más. Le exigí explicaciones claro está, a lo que él me argumentó que, en el género a granel no le salían las cuentas.

O faltaba género o faltaba dinero; lo que significaba que, o todos los empleados se estaban llevando género a casa o robaban dinero y, concluyó que yo, como jefa de departamento era la responsable.

Así que me despide de manera nada convincente.

—¿No interpuso ninguna demanda, no le puso una denuncia?

—No.Eso solo pasa en las películas. No sé en su país, pero aquí la justicia no es igual para todos.

Costearse un abogado es sumamente caro y yo, o nosotros, mejor dicho, no teníamos dinero; por lo menos no el suficiente como para pagar un abogado.

Además, el caso no estaba resuelto a mi favor de ninguna de las maneras.

¿Cómo demostrar que él mentía? Era su palabra contra la mía y Patel llevaba más de veinte años en la empresa y en esos casos, si pierdes el juicio, el batacazo es doble.

—Entiendo.

—Tampoco era la primera vez que perdía un trabajo —añade orgullosa—.

Borrón y cuenta nueva. Desde el primer día que me echaron, empecé a buscar algo nuevo.

Pero no hubo suerte. No había empleo para mí por ningún lado; en las tiendas donde se necesitaba personal, por unas razones o por otras, yo no encajaba.

A los días empecé a entender el porqué: habían empezado a correr falsos rumores sobre mí.

Decían que había robado en el supermercado.

Roger se enfrentó con más de uno al oír cómo la gente nos descalificaba.

Otro día, Peter Johnson me paró por la calle.

—Sé que andas buscando trabajo. Ven cuando quieras a mi establecimiento, allí tendrás curro —me dijo—. Estás buena. Atraerás clientes.

—No, gracias. No estoy tan necesitada —contesté sin dudar.

Peter Johnson era el dueño del Hard Cock Cafe, un club de carretera. No estaba dispuesta a trabajar en ese antro ni loca. Cuando se lo comenté a Roger, se enfadó. No por mi negativa, sino por la ofensiva oferta de trabajo. Roger insistía en que con su sueldo podríamos aguantar.

Tres meses después, la mayor empresa de fabricación de maquinaria agrícola del país, con su sede central en Moline, Illinois, muy cerca de Mayfield, le compra el taller al tío de Roger.

Seguro que sabes cuál es, esa que todos sus tractores son amarillos y tienen un búfalo como logotipo.

Solo dieron una explicación: querían montar el concesionario más grande de todo Kentucky.

La cantidad de dinero que desembolsaron por el taller fue tan desorbitada, que el tío Frank aceptó sin pensarlo.

No se había visto en una así en toda su vida, y de la noche a la mañana, cerró el taller.

¿Qué te parece? De pronto los dos sin trabajo.

Dicen que el tío Frank, el mismo día que vendió el taller, se marchó con su mujer para nunca volver.

Unos dicen que se fue a Hawái, otros que a Miami.

Nunca se supo con exactitud. Al pobre Roger, a escondidas, le dejó un sobre con dos mil dólares y una carta diciéndole que lo sentía, que sabía que pronto encontraría trabajo, que era un buen mecánico. ¡Dos mil dólares!

Imagina cómo se sintió Roger cuando se supo que el tío Frank pudo recibir más de medio millón de dólares por el taller.

—Por lo tanto, se quedan ustedes sin ningún tipo de ingreso. Usted tenía veintidós años, ¿y Roger?

—Cuatro más, veintiséis.

—Entiendo que su marido intentó trabajar para la empresa de maquinaria agrícola…

—Sí, si la hubieran montado. Nunca se llevó a cabo el proyecto. La marca del búfalo nunca se instaló en Mayfield.

—No lo entiendo.

—Nosotros tampoco lo entendimos en su día. Pensábamos que esas empresas tan grandes hacían y deshacían a su antojo y de la noche a la mañana decidieron que el proyecto de montar el concesionario en Mayfield ya no era viable.

—¿Qué sucede entonces? ¿Cómo afrontan la nueva situación?

—Sucede que los dos salimos a buscar trabajo.

Roger cree tener una buena cartera de clientes y se plantea montar su propio taller; sin embargo, y para asombro de los dos, ningún banco le financia.

¿Te lo puedes creer? No prestar dinero en los Estados Unidos…

Y como si fuésemos unos apestados, como si tuviésemos la lepra o la peste, todo el mundo nos dio la espalda.

Los dos mil dólares y los pocos ahorros que teníamos no sirvieron de mucho.

El dinero vuela cuando careces de ingresos.

Para colmo en casa empezamos a discutir por estupideces, cosas insignificantes a las que nosotros, por las circunstancias, les dábamos un valor desproporcionado.

—¿Cuánto tiempo estuvieron así?

—Cerca de seis meses. Aquel año, 1996, fue año electoral.

Yo perdí el trabajo dos meses antes de que comenzase la carrera por la presidencia, más luego los cuatro primeros meses de campaña.

El partido republicano no paraba de bombardearos con propaganda, en el buzón, en la radio y en la tele.

Nosotros ya éramos simpatizantes del lado republicano, nos daba un poco igual lo que pasase fuera de nuestras fronteras mientras en casa nos fuera bien, pero a pesar de ello, la fuerza e insistencia con la que nos llegaban noticias contra las políticas más progresistas eran brutales.

Parecía un lavado de cerebro; llegamos a pensar que nuestra mala racha era culpa del presidente y su política exterior.

Tanto centrarse en acuerdos con otros países en vez de centrarse en los norteamericanos.

Tanto vamos a llevarnos bien con los de fuera: ¿Y nosotros qué?

Se habían olvidado del pueblo, de la gente de aquí.

Incluso llegamos a ver noticias en las que creíamos que estaban hablando de nosotros cuando describían los apuros de familias sin trabajo, sin poder de recuperación…

Puede que fuese lo único en lo que Roger y yo coincidíamos.

Bueno, en eso y en que quizás tendría que aceptar cierto trabajo.

—¿Fue a ver al señor Johnson?

—Así es. No nos quedó otra. ¿Y sabe qué fue lo peor de todo?

No fue lo mal pagado que estaba, ni las noches sin dormir; tampoco el aguantar a babosos y borrachos; lo peor de todo era cuando a Roger o a mí alguien desde un coche o al otro lado de la acera nos gritaban: ¡Eh, Emily!

¿Por cuánto la chupas? O: ¡Eh, Roger, esta noche voy al Hard Cock , ya sabes, dicen que hay una chica nueva que hace cosas increíbles!

—¿Llegó a prostituirse?

—No.

—No… —Una respuesta más detallada, por favor.

—No.¿Qué más necesitas? ¿No me crees?

No me contesta. Tengo que tirarle de la lengua.

—¿Qué tenía que hacer?

—Era camarera. Nada más. Servir copas, limpiar baños, sacar la basura. Eso incluía a algún que otro cliente.

—¿Tenía contrato?

—No me hagas reír.

—Comprendo. Trabajo ilegal.

—Allí vi cosas que prefiero no recordar.

Hice cosas que no me correspondía hacer: como sacar a borrachos inconscientes de los baños o ayudar a mis compañeras cuando aquellos hijos de puta se sobrepasaban con ellas.

Ese antro debería estar cerrado hace décadas y su dueño entre rejas.

No quiero hablar de ello. No aporta nada a la historia.

—De acuerdo. Retomo lo de los insultos. ¿Era gente conocida?

—No, no, solo faltaba eso. Mayfield tiene unos diez mil habitantes, no nos conocíamos todos.

Roger no lo llevaba bien. En una ocasión le lanzó una piedra a un coche y le rompió la luna trasera.

El muy cobarde salió a toda velocidad y nunca supimos de él.

El caso es que pagar los recibos era cada vez más difícil; aumentaba la presión en los bancos y en casa.

Cada día era más agobiante que el anterior.

—¿Me está llevando al punto en el que todo va a estallar?