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—¿Así que fue así? Te están dando tu primera gran oportunidad… —Aplaude un par de veces con sutileza—. Enhorabuena. Espero que saques petróleo de todo esto. La historia la tienes. Mejor dicho, la tendrás en breve. Vamos paso a paso, por el momento lo estás haciendo bien.
—Gracias, se lo agradezco. Espero estar a la altura.
—Puedes estar tranquila. El peso de los acontecimientos es tan descomunal que muy mal lo tendrías que hacer para que no te crean o lo eches todo a perder.
Además, yo me voy a encargar de no dejarme nada.
Te lo aseguro. —Termina expulsando con seguridad el humo de una última calada—.
Demostraste mucho valor al tenderle un folio en blanco al jefe.
Ahí te ganaste su confianza. Creo que serías una gran jugadora de póker.
—Bueno, ya me la había ganado antes estando de prácticas. Tuve un golpe de suerte y no lo desaproveché.
—Ya —no dice nada más.
Me mira y espera. Al ver que no digo nada pregunta:
—¿Y…?
—Ah, perdón. ¿Quiere que se lo cuente? No creí que le pudiera interesar, si le soy sincera.
—Me ha descolocado un poco. Siente curiosidad por mi vida.
A mí no me apetece mucho hablar del tema, pero tampoco puedo negarme.
Si genero desconfianza, podría cerrarse en banda y la entrevista se iría al garete.
—Claro, mujer. Necesito saber si eres la persona adecuada —añade con falsa seriedad.
Esto último me descoloca un poco más. Encaro las cejas. ¿Me está poniendo a prueba?
—Tranquila. Es broma. Si tu jefe te ha mandado hasta aquí, es porque eres la persona adecuada. Tan solo pretendo saber cómo has llegado hasta aquí profesionalmente. Nada más.
—Está bien. Nos enviaron a cubrir una noticia sobre un caso de corrupción.
De eso en España tenemos mucho. Teníamos que hacer guardia frente a una casa dentro de una urbanización residencial de lujo, esperando a que el acusado saliera para intentar sonsacarle alguna declaración.
Mi misión era, como imaginarás, la de callar y observar…
Bueno e ir a por los cafés y los bocadillos.
Mi compañero me mandó a por provisiones.
Cogí el coche y, a no más de doscientos metros de donde estábamos, por la parte trasera de la casa, se abrió una puerta de garaje y una furgoneta apareció del interior.
El conductor, cegado por el repentino cambio de luz, frenó lo suficiente para que yo pudiera identificarlo.
Era él. Resultó que los cuartos de mantenimiento de la urbanización: alcantarillado, luces, depuradoras de piscinas, eran comunes cada seis casas y tenían acceso individual a los chalets.
El acusado usó estos accesos para salir sin ser visto.
Debió sobornar al empleado de mantenimiento para que le dejase la furgoneta del trabajo e intentó salir a escondidas.
Pero yo lo vi. Le seguí y le abordé de frente.
Él me debió ver tan joven que no pensó que fuese periodista —en verdad que no lo era, estaba en prácticas—.
Solo logré hacerle dos preguntas. A la primera me contestó con un seco «No» y, a la segunda, respondió: Todo lo hice por ellos. Refiriéndose a sus hijos.
—¿Así de sencillo? ¿Qué le preguntaste?
—Le pregunté qué, si la justicia demostraba que había robado todos esos cientos de miles de euros, sus hijos aceptarían ese dinero manchado por la corrupción.
No fue una pregunta muy profesional, lo sé.
Estaba en prácticas y todo fue muy precipitado.
Sin embargo, se alinearon los planetas, le di donde más duele.
El caso es que soltó esa frase: «Todo lo hice por ellos».
Fue como una pequeña confesión que luego, por supuesto, negó y dijo que se malinterpretaban sus palabras; pero que a mí me sirvió para que mi nombre llegase a oídos del director.
—Bien hecho. ¿Cómo le sentó a tu compañero?
—Digamos que no es con el que mejor me llevo del periódico.
Me aseguro de que la grabadora cumple con su trabajo y pido que traigan la cámara de vídeo antes de continuar.
Emily está preparada. Pauso un segundo la grabación.
La charla que acabamos de tener nos ha acercado un poco.
Ella ya conoce un poco más de mí y creo que le he caído en gracia.
A la vez, yo me voy haciendo una idea de cómo es ella, con sus idas y venidas, sus subidas y bajadas y creo que, a partir de aquí, todo puede fluir de una forma más íntima y sincera.
Por eso, creo que puedo y debo hacerle una advertencia.
—Emily, si no me equivoco, creo que nos vamos acercando al plato fuerte. Estamos en la piscina y tú estás vestida con una toalla enrollada en la cabeza y un albornoz. Estoy pensando… Puede que las imágenes le resten veracidad a la entrevista.
—Esto es lo que somos y así es la vida. No pienso guardar las apariencias, no me importa el qué dirán. Ya pasé por eso hace mucho y, entonces, sí que me hizo daño. Mi profesionalidad y mi reputación se pusieron en entredicho.
Siento un deseo enorme de encender la grabadora, cada vez que le hago un comentario, responde con algo digno de ser inmortalizado.
—Como quieras, pero si vas a contarme algo significativo o vital y esto acaba siendo un documental, y la gente te ve en albornoz…
puede que piensen que eres una frívola egoísta que lo único que quiere es protagonismo.
—La trato con total franqueza. ¿Quiero ayudarla o me estoy ayudando a mí misma?
No tengo claro si es buena idea; tampoco sé por qué lo hago.
¿Qué más me da lo que la gente piense de esta mujer?
Es más, si al final hay documental y ella me relata el fin del mundo en albornoz, podría ser el punto álgido de la entrevista.
Por otro lado, este rompecabezas mal resuelto que es Emily me provoca cierta lástima.
Intuyo que su historia será devastadora.
No sé si estoy haciendo lo correcto. Apostemos por un poco de empatía.
—Puede que en el fondo eso sea lo que soy —responde con rotundidad—, una egoísta que solo quiere protagonismo.
—No lo creo. Pero, como quieras. Tú mandas. Yo personalmente me cambiaría de ropa. Esperamos de todas formas a que nos traigan la cámara y empezamos —respondo reforzando mi aviso.
—Perfecto. Voy al baño un segundo. Si me disculpas. —Se levanta sin mirarme.
Su gesto es confuso. Quizá está molesta por mi comentario, quizá su orgullo no le deja reconocer en mi advertencia algo que sin duda le puede ayudar.
La cámara llega enseguida; ella diez minutos más tarde.
Por lo que veo, se lo ha pensado mejor. Ha cambiado de idea.
Viste zapatillas de deporte, vaqueros azul oscuro desgastados —con un leve corte en ambas rodillas— y una camiseta blanca.
No puede ser: ICÓNICA. La reconozco al instante.
En ella se ve el rostro de Jesucristo: amarillo fosforito, con la corona de espinas, perdiendo la mirada hacia el cielo y debajo el texto: « Kill your idols » («Mata a tus ídolos»).
Madre mía. ¿Esto qué es? ¿Una declaración de intenciones?
¿Una rabieta? Quizá hubiese sido mejor que se quedara en albornoz.
Se da cuenta de la cara de estupor que pongo.
—La encontré aquí cuando llegamos a esta casa, y me gustó —dice.
No hace referencia alguna al hecho de haber cambiado de idea y haberse cambiado. La estira, para que se vea bien. Está vieja, como si tuviese veinte años, y entonces aprecio en la parte de abajo unos garabatos, como una firma. No puede ser.
—¿Dónde dices que la encontraste?
—En unos cajones del vestidor, mejor dicho, detrás de los cajones del vestidor. Estaba llena de polvo. Imagino que la echaron al cajón y luego se fue deslizando hasta saltar a la parte trasera del armario. Un día, al ver que el cajón no cerraba del todo bien, lo saqué y apareció.
—Emily —la corto en seco—. Espera. —Cojo el teléfono y busco una imagen en Internet.
Se la muestro—. Quizá te dé igual, pero creo que llevas puesta una de las camisetas que Axl Rose, cantante de Guns and Roses, llevaba en sus conciertos y que muy probablemente firmó y dedicó a quien fuera que viviera aquí.
Madre mía, podría valer una fortuna. Mira la firma: aquí no se entiende del todo, pero AXL se entiende a la perfección y mira esto.
Esta W al principio es clave, en realidad él se llama William.
—Vaya, veo que eres muy fan —añade divertida.
—Emily, es una de las camisetas más icónicas de la historia del rock y sobre todo, de los 90. Y sí, soy fan de los Guns.
—Uf, yo en los 90 estaba a otras cosas. ¿Empezamos?
—Empezamos.