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Madrid, un mes antes.
—Carmen, buenos días. ¿Estás en la redacción o estás fuera?
—Estoy aquí. Dígame, señor Roy, ¿pasa algo? —Que el director del periódico te llame a tu móvil personal, siempre impone.
—Tranquila, no pasa nada. ¿Puedes subir a mi despacho, por favor? Solo serán unos minutos.
—Voy de inmediato. —Cuelgo la llamada. Cojo un boli, mi libreta y salgo para dirección tan rápido como mis piernas y mis nervios me lo permiten.
Un par de minutos más tarde me encuentro frente a la puerta del despacho de Ricardo Roy. Director de El Corresponsal, el periódico con más tirada de España. Llamo a la puerta, la abro ligeramente, asomo la cabeza y pido permiso para entrar.
—Pasa, Carmen. Pasa y siéntate, por favor.
Obedezco.
—Échale un vistazo a esto —dice mientras arrastra sobre la mesa un folio que hace llegar hasta mí.
Es un correo electrónico. Me pongo en guardia.
Intento recordar todos los correos que he recibido últimamente, por si alguno relevante se me ha pasado; también pienso en los que he enviado.
Enseguida veo que ni el destinatario ni el remitente soy yo.
Lo envía una tal [email protected] . Lo leo un par de veces, no con el detenimiento que me gustaría: a Ricardo no se le puede hacer esperar.
—Tómate tu tiempo. —Señal inequívoca de que el tiempo se acaba—. ¿Qué te sugiere? ¿Crees que puede ser algo interesante?
«Vamos, Carmen, suelta algo con fuerza, te está poniendo a prueba».
—¿Comprobó la dirección que nos envía? —pregunto.
—Claro. Mira —teclea en su ordenador y me gira la pantalla.
Ha entrado en Google Maps . La imagen me muestra a vista de pájaro una enorme mansión a no más de cien metros de la playa, en lo alto de una pequeña elevación de terreno.
El acceso, salvo por la entrada principal, parece enmarañado.
No se observan otras casas y el camino para llegar al mar se ve complicado.
Un seto rodea toda la propiedad, excepto por la zona de la piscina que permite vistas al horizonte.
Jardines, palmeras y una pista de tenis en la parte trasera.
Mis ojos se van a la casilla donde se escribe la dirección: 25142 Pacific Coast Hwy , Malibú.
También veo la casilla superior, la de «Elija un punto de origen».
Leo una ubicación en Madrid con el nombre de una famosísima tienda de muebles de esos que los tiene que montar uno mismo con sus propias manos.
«¿Qué andas buscando, Ricardo? ¿Cómo va el divorcio? Eres la comidilla de la redacción».
Vuelvo a revisar el correo electrónico. Está firmado: Cindy Collins.
—¿Ha buscado su nombre? —Me mira un tanto perplejo. Como si no debiera haber formulado esa pregunta.
—No.Eso te corresponde a ti. Por eso estás aquí. Pero vamos, dime algo más…
«Vamos, Carmen, estruja el cerebro a fondo».
—Vamos a ver. ¿Por qué alguien que vive en una mansión en Malibú, es decir, se supone, alguien con un alto poder adquisitivo, contacta con nosotros, envuelto en un halo de misterio para decir que posee una información de gran importancia que, de salir a la luz, podría ser un notición?
¿Por qué a nosotros y no a la prensa local?
¿Tiene algo que ver España en todo esto?
No sé si desconfiar. Quizá sea una rica aburrida con ganas de protagonismo…
—O quizá no —me interrumpe Ricardo—. ¿Investigas un poco y me cuentas en unos días? A ver si puedes desentrañar algo. Si consigues algo atractivo, te vas para allá.
—¿En serio? —respondo con una sonrisa de lado a lado.
—En serio, ¿cuánto tiempo llevas con nosotros?
—Dos años y medio.
—Pues adelante. Viviste una temporada en Estados Unidos, conoces su cultura, y tu inglés es perfecto. Así que… dame algo interesante y es todo tuyo.
—Me pongo a ello ya mismo. ¿Le mando un correo cuando sepa algo?
—Puedes mandarme un wasap, concretamos una reunión y me cuentas en persona.
Salgo del despacho, cierro la puerta, aprieto los puños y ahogo un rotundo «SÍ». Puede ser mi primera gran oportunidad.
Me doy una semana de margen; más días irían en mi contra. Si Ricardo me llama antes de que yo lo haga, será punto negativo para mí. A las setenta y dos horas le escribo: Señor Roy. Tengo la información sobre CindyCollins.
Concretamos una reunión para el día siguiente. Como la vez anterior, golpeo la puerta y pido permiso para entrar. Me invita a tomar asiento.
—A ver, Carmen, ¿qué tienes?
Lo que ocurre a continuación, no lo olvidaré jamás.
Hago algo de lo que me sentiré orgullosa toda mi vida.
Pongo sobre la mesa un cartapacio marrón.
En la portada he escrito: Entrevista Cindy Collins.
Él lo abre. Dentro dos folios. El primero es el correo que él me había dado tres días antes.
El segundo, una hoja en blanco. Su cara de estupefacción lo dice todo.
—¿Qué es esto? —pregunta—. Creo que se te ha perdido la documentación por el camino.
—No —respondo con firmeza. Las piernas me tiemblan, la respiración se acelera, pero consigo mantener la calma—. No he perdido nada, señor Roy. Ese folio en blanco es todo lo que he podido averiguar sobre Cindy Collins.
—¿Entonces es una broma?
—No necesariamente.
—Explícate. Vamos, que no tenga que tirarte de la lengua.
—No existe ninguna Cindy Collins de Malibú.
Cierto es que puede haberse trasladado hace poco a esa casa.
Buscar entre todas las Cindy Collins de los Estados Unidos no tendría mucho sentido.
He contactado con amigos y compañeros de allí y no han encontrado nada: ni teléfono, ni cuentas bancarias a nombre de Collins, nada.
También he investigado la casa. Se embargó hace ocho años y ahora pertenece a una empresa de gestión de fondos de inversión.
¿Quién es Cindy Collins? Un misterio. ¿Qué quiere contarnos?
También. Es como un fantasma de carne y hueso que vive en una mansión.
—¿Has rastreado su correo y sus redes sociales?
—Por supuesto. Nada de nada.
—Déjame pensar… ¿Piensas que puede ser peligroso?
—¿Peligroso? No veo por qué. Si nos busca para que la entrevistemos, no tiene sentido que sea un engaño. Quiero decir, que no somos un particular, somos el periódico más importante de España.
—¿Y si no es quien dice ser?
—Eso es… Puede ser alguien que bajo el seudónimo de Cindy Collins está intentando llegar hasta nosotros porque de otro modo no podría. Creo que tiene algo que contar.
—Tú quieres ir, ¿verdad?
—Sí. Además, en el correo dice que correría con todos los gastos.
—Eso no es problema.
—Se me ocurre que puedo viajar unos días antes sin que ella lo sepa e intentar averiguar algo.
—Suena bien. ¿Te pones en contacto con ella para ver qué responde?
—Ya me tomé esa libertad —contesto con la boca pequeña—. No sé si debería haberlo hecho.
—Está bien. Sí, has hecho bien. Me gusta tu iniciativa, por eso confío en ti. De acuerdo, Carmen. Pon tu pasaporte en regla y habla con viajes y administración para que te vayan buscando vuelos y alojamiento. ¿Qué tal volar en unas dos semanas? ¿Tienes algo pendiente ahora?
—Nada que no pueda terminar en dos o tres días.
—La entrevista es tuya. No me falles. Tráeme algo grande.
—Ojalá. En cuanto reciba respuesta de Collins, le informo.
Y, si al final, no hay nada que merezca la pena, me comprometo a traerle un reportaje.
No sé… sobre las mansiones de Malibú o sobre cómo viven los ricos allí, o sobre las mejores hamburguesas a pie de playa…
Yo qué sé. Ya se me ocurrirá algo. El caso es no venir de vacío.
—Tú misma.
Antes de abandonar el despacho, Ricardo me frena en seco.
—Carmen, ¿sabes una cosa? —No me deja responder—. Me recuerdas a mí. Mi instinto de periodista me dice que hay algo importante, y tu mirada me dice que tú también lo crees. Te deseo suerte.