5
—¿Cómo dice?
—Ahí fue cuando nos dimos cuenta de que habíamos cometido una estupidez.
Hubiésemos preferido morir hundidos en un pozo de alquitrán y que nos hubiesen prendido fuego mientras nos ahogábamos.
Pero aquí estoy, disfrutando del lujo, derrochando ostentación y nadando en la abundancia. Por cierto, ¿le apetece darse un baño?
Se pone de pie, coge la botella de vino y me invita a beber un poco más.
Niego con la cabeza, así que se la lleva a la boca y bebe.
Luego la deja con tal virulencia, que cubitera y botella caen sobre las losas de mármol, desparramando por el suelo agua, vino y hielo.
Me muevo, rápido y por instinto. Alcanzo la cubitera y la botella y las vuelvo a poner en posición vertical.
—¿Se ha traído ropa de baño?
—He venido a trabajar.
Me desconcierta una vez más. Retiro lo de la marihuana; creo que el efecto está siendo otro.
—Vamos, mujer, estás en Malibú. Seguro que has pensado en hacer algo de turismo y darte un baño en las playas de California.
Es cierto, he traído un par de bikinis, pero los he dejado en el hotel.
—SeñoraWatson, perdóneme, pero no entiendo nada. —Su comportamiento roza lo infantil. Parece una adolescente.
—Te puedo dejar alguno de los míos. Tengo decenas que están sin estrenar. Creo que serán de tu talla. O, si lo prefieres, puedes quedarte en ropa interior. O desnuda, qué demonios. Aquí nadie te va a ver —está desatada.
—SeñoraWatson, preferiría que no. Gracias de veras —respondo confusa. Y, durante un segundo, mi mente indaga bajo mi blusa y mi pantalón pensando si la ropa interior que llevo es la adecuada para la ocasión.
—Pues a mí me apetece. —Se ríe, parece ser que lo encuentra divertido—. Nunca lo he hecho.
Se ayuda del pie derecho para deshacerse del zapato izquierdo; el derecho se lo quita con la mano izquierda, elevando la pierna hacia atrás.
El pantalón de lino cae con elegancia al quedar por debajo de las caderas.
Se desliza y se posa en el suelo con una delicadeza que me hace pensar que ese lino no es como el que yo compro.
Se quita la camiseta y se queda en ropa interior.
Me mira e insiste en que me una. No sé qué pensar. Empiezo a asimilar que esta entrevista va a ser un carrusel hasta el final. Niego con la mano.
A pesar de sus cincuenta años, posee un cuerpo bonito.
Es delgada, quizá en exceso, pero mantiene una figura natural y equilibrada.
Apenas tiene culo; una leve barriguita sobresale en su abdomen, se le marcan algunas costillas y los pechos disimulan su flacidez bajo el sujetador.
Su piel es tersa y morena. Se gira hacia la piscina, pero antes me invita una vez más a darme un baño.
—¡Vamos, no sea tímida, tenemos todo el tiempo del mundo!
Niego por tercera o cuarta vez ya. La escena es a la vez entretenida y desconcertante. Se lanza de cabeza y se sumerge un par de segundos, para, más tarde, emerger y nadar hasta el borde.
—¡Está buenísima! —grita a lo lejos.
Me levanto y me acerco al borde de la piscina. A mi izquierda se abre la cristalera. Entra la mujer del servicio, lleva un par de toallas y un albornoz. Nadie la ha llamado, nadie le ha dado la orden, pero allí está. Anticipándose al futuro.
—Emily, tenemos trabajo —le digo sonriendo—. Sigamos con la entrevista, por favor.
No me hace caso. Sin duda sigue bajo los efectos de la marihuana.
Nada de espaldas, moviendo solo los pies; luego hace el muerto.
Ingrávida siente que no pertenece a este mundo y, piensa, que debería bañarse más a menudo.
Sin embargo, no lo hace. Le cuesta. Como cuando hacía el amor con Roger y ambos se decían: «Deberíamos hacerlo más a menudo».
Pero luego no sucedía. Da pereza. Como cuando le dio por pintar, porque hubo una época en la que le dio por pintar y pasaba horas imaginando, llevando al lienzo lo que le venía en ese preciso instante a la mente y terminaba con la hormona de la felicidad por las nubes.
Miraba el cuadro y se sentía orgullosa. «Tengo que pintar más».
Pero luego no lo hacía, le daba pereza. Levántate del sofá, baja al estudio, prepara los materiales, que además luego tendrás que limpiar…
¡Uf, qué desgana! …y es que esta vida de lujo, abundancia, culpa y muerte pesa mucho.
—Emily —le digo con tono maternal. Como la madre que le recuerda a su hijo que tiene que ponerse a hacer los deberes—, creo que vienen curvas, ¿podemos seguir?
Se pone de pie, me da la espalda y vuelve a perderse en el infinito.
—Lo hago por ti, mi querido esposo. Por ti y por mí —susurra—. Tienes razón —grita con fuerza—. Volvamos al trabajo. Pero antes me gustaría hacerte una pregunta.
Hace un último largo y sale de la piscina. La asistenta le pone el albornoz y le tiende las toallas: primero una pequeña para el pelo, luego la grande para el cuerpo.
—¿Seguimos hablando aquí? —pregunta mientras se enciende un cigarrillo.
—Si me promete que no va a fumar, preferiría volver a la biblioteca. Si no, nos quedamos. Lo confieso: no soporto ni el humo ni el olor del tabaco.
—Pues, chica… ve tomando asiento —responde, algo grosera.
—Perfecto, no hay problema. ¿Qué quería preguntarme?
—¿Os lo tuvisteis que pensar mucho para venir a entrevistarme?