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—¿Sabe de qué murió mi marido? —pregunta con la mirada perdida.
Niego con la cabeza.
—De tristeza —responde. Y se calla. Y no dice nada más. Cruza las piernas, se inclina hacia delante, apoya los codos en las rodillas y vuelve a recurrir al tabaco para calmarse.
No digo nada. No es necesario. Sé que seguirá hablando, solo es cuestión de tiempo. Estas pausas son incómodas, muy incómodas, pero dan sus frutos. Solo es cuestión de aguante. Y, además, a los periodistas nos encantan. Quedan perfectas en televisión.
—Ellos lo mataron. Lo mataron poco a poco.
Nos mintieron. No nos contaron toda la verdad, y la tristeza le consumió.
La culpa… la culpa lo corroe todo, te devora por dentro, da igual lo que te digan.
La culpa entra en tu cabeza, se extiende por tu cuerpo, te oprime el pecho y te arde como si te pusieran encima una plancha de acero incandescente.
Te revuelve el estómago, te quita el apetito, las ganas de comer y de vivir.
Porque nada podrá cambiar el pasado. Porque no hay marcha atrás.
Porque no podemos viajar en el tiempo y decir NO.
Habrá quien pueda saborear la vida a pesar de haber dejado un reguero de maldad detrás, pero nosotros no.
Nosotros no éramos así. —Vuelve a callar.
No tengo muy claro ni de qué, ni de quién me está hablando, pero no me preocupa. Sé que todo será revelado más adelante, para eso he venido hasta aquí. No vamos a correr ahora.
Pasa al menos medio minuto. No digo nada.
—De un infarto —continúa—. Roger murió de un infarto mientras veía la tele.
No sabría decirle qué estaba viendo, pero intuyo que algo vio, algo que le oprimió el pecho por última vez.
¿Y sabe qué estaba haciendo yo en ese preciso instante?
No fue aquí, fue en la anterior casa, en Montana, cerca de Butte.
Una casa espectacular, tanto o más que esta.
¿Sabe qué hacía yo? —repite con asco—. Cagar.
Esto sí que no me lo esperaba; tengo que mantener el gesto.
—Estaba cagando mientras mi marido se moría. Porque, aunque vivas en una casa como esta, tu cuenta del banco nunca baje del millón de dólares y hayas cambiado el curso de la historia, una tiene que seguir cagando.
—¿Perdón, ha dicho, aunque hayas…? —No me deja acabar, no me escucha, sigue soltándolo todo. Se desahoga.
—Porque si no cagas, revientas. Y si revientas, lo pones todo perdido.
Y quizás… quizás esos no sean modales, para alguien que se mueve entre las élites.
Aunque nunca las vea: Perdona, amor —dice como si le estuviese hablando a un marido imaginario—, ahora no puedo atenderte, me estoy limpiando el culo.
En cuanto pueda bajo. Tú sigue muriéndote, que ahora voy.
—¿Se siente culpable por la muerte de su marido? ¿Se ha planteado que, aunque hubiese estado a su lado, quizá nada podría haber hecho?
—Sé que no tengo que sentirme culpable. Y no debo. Eso me dicen los psicólogos. Pero ese «quizá» que usted acaba de soltar… ¡es tan poderoso! —Aprieta tanto el puño que creo que está a punto de romperse las uñas.
—¿Sabe otra cosa? —sigue, sin darme respiro—.
Cualquier cosa que deseo, lo tengo al instante.
Puedo pedir el objeto más estúpido del mundo y, en tiempo récord, me lo consiguen.
Que quiero un masaje tailandés con piedras volcánicas, aceites y esencias de no sé qué flor del Himalaya: en diez minutos, suena el timbre y tengo al mejor masajista del mundo en casa.
Que me apetece comer rata: en un suspiro viene un chef de prestigio y me cocina un roedor.
Sin embargo, el día que murió Roger, los servicios sanitarios tardaron más de la cuenta…
—¿Está insinuando que lo mataron, o que hubo omisión de socorro?
—No lo insinúo, ya se lo he dicho antes: lo creo. Pero nada puedo hacer.
—¿Cómo que nada puede hacer? Puede salir a la calle, puede contarlo, denunciarlo…
—Creo que todavía no se hace a la idea de dónde está y a qué ha venido —me reprende.
—Espere, espere un segundo —acierto a decir mientras me llevo las manos a la cara, tapando nariz y boca. Respiro. Siento el aire caliente entrando y saliendo de mi nariz. Me sirve para focalizar—. Tengo que reconducir esto, ir por partes, necesito…
Me corta. Sigue a lo suyo, está lanzada.
—¿Quiere saber cómo fue el entierro? Fue de risa. Quizá le ayude a comprender. —No para. Tiene que soltarlo todo y tiene que ser ahora.
—No, sí… Bueno, no sé. Sí, cuénteme cómo fue el entierro. Pero tengo que volver a algo que ha dicho antes, no quiero que se me pase.
Me tiene desconcertada, en estos momentos es un tornado y da la sensación de que va a ir a más.
Miro la grabadora y me relajo. Saber que todo está quedando grabado me tranquiliza.
Por el contrario, ver la cámara de vídeo me provoca pánico.
Dudo sobre si estoy conduciendo esto bien.
No tengo muy claro qué va a salir de aquí.
Necesito ser yo quien controle y lleve el rumbo de la entrevista.
Sin embargo, la mujer que tengo delante es una bomba de relojería incontrolable, inesperada.
Se está desatando, y no sé si dejarla fluir y ver a dónde me conduce o intentar echarle las riendas y llevarla yo a mi cauce.
—¿Lo del cambio del curso de la historia? —pregunta con indiferencia—. No se preocupe. Llegaremos a eso, se lo aseguro. Por eso está usted aquí.
Coge la cajetilla de tabaco —otro cigarrillo no, por favor—. De pronto la deja. Se levanta, abre uno de los cajones de la mesa. Saca otra cajetilla, esta vez metálica. La abre y saca un porro.
—¿Eso es lo que creo que es?
—Me relaja. Los tengo por toda la casa. Y estará de acuerdo conmigo en que necesito fumarme uno. —Lo enciende—. ¿Quiere?
—No, gracias.
Le da una calada descomunal, aguanta el humo tanto que me parece una eternidad y lo suelta moviendo la cabeza en círculos, como un dragón escupiendo fuego.
—Llegaron los servicios de urgencias. Certificaron la muerte y se llevaron el cuerpo.
Me preguntaron si quería alguna ceremonia religiosa.
Los mandé a la mierda. ¿Quién íbamos a estar?
¿El cura, las asistentas y yo? Solo pedí quedarme a solas con él unos minutos.
Al día siguiente vinieron a buscarme. En el cambiador habían dejado al menos una decena de vestidos para la ocasión.
Me llevaron a un pequeño aeródromo y volamos hacia la nada.
En menos de una hora aterrizamos en una base militar.
Me acompañaron hasta una enorme sala fría y gris.
Y allí, en medio de tanta soledad, estaba él dentro del ataúd.
Guapísimo, con un traje precioso y el rostro relajado.
Fue la primera vez que pensé que, por fin, era feliz.
—¿Y dónde lo enterraron?
—¿Enterrarlo? ¿Dónde íbamos a enterrarlo? ¿En Mayfield? ¿En Montana? ¿En alguno de los otros sitios donde habíamos vivido? No.No podía ser enterrado. Lo incineraron allí mismo, en aquel extraño lugar, y de regalo, me llevé a casa la urna con sus cenizas. Trocitos de Roger.
«¿Trocitos ha dicho? Madre mía, si supiera que el ochenta por ciento de las cenizas es madera del ataúd, igual las tiraba por el retrete».
—Creo que tiene razón —dice de pronto más tranquila.
Parece haber escupido toda la rabia que necesitaba derramar—.
Hagamos un descanso. Le enseñaré la casa y pediré a cocina que nos preparen algo de comer.
¿Le parece bien? Coja la grabadora si lo cree oportuno, pero deje la cámara.
Si no, esto parecerá uno de esos reportajes donde los famosos enseñan sus casas.
Me parece bien. Aunque más calmada, sigue alterada. Quizá un paseo por la casa la relaje. Rebajemos la tensión.
Y me enseña la casa. Pasea indiferente, como quien camina por los pasillos de unos grandes almacenes, sabiendo que no va a comprar nada.
Lo primero que me muestra es la cocina —que ya la quisieran algunos para sus restaurantes—.
Solo el juego de cazos de cobre que cuelgan de la mampara central vale más que toda mi cocina.
Encarga algo de picoteo. Creo oírle decir a una de las empleadas que, cuando todo esté listo, lo lleven a la piscina.
La estancia huele a comida recién hecha, como si allí se estuviese cocinando a todas horas.
Me enseña la bodega, el salón de belleza —que más que un salón de belleza parece un laboratorio—, con su cámara hiperbárica, su cama de rayos uva (no fastidies con la piscina que tiene fuera), un cilindro que intuyo que es un tanque de aislamiento extrasensorial y un sinfín de aparatos más.
—Todo esto ya estaba aquí antes de llegar nosotros —me aclara.
Pasamos frente al gimnasio al que no le hace ni caso y se detiene como curiosidad —me argumenta— en el cuarto oscuro o cuarto del amor, la habitación BDSM.
No le falta de nada: cama redonda, potro, columpio de suspensión, látigos, esposas y elementos de sumisión; todo decorado en negro, con luces de neón azul.
Parece la habitación donde Marilyn Manson dormiría a pierna suelta.
—Excentricidades de los ricos —apunta, como si nada de lo que ha mostrado tuviera que ver con ella—. Vamos a la piscina. Allí estaremos cómodas.
Junto a la piscina, justo donde el césped se convierte en mármol Calacatta, una carpa protege del sol una maravillosa mesa de cristal con herrajes artesanales y un conjunto de sillas de madera de secuoya.
Sobre la mesa, unas bandejas de pizarra exhiben una variedad casi absurda de entrantes y canapés.
Me invita a comer. No puedo resistirme a probar un par de bocados.
Todos tienen una pinta exquisita. Ella no prueba nada.
Se limita a introducir barritas de zanahoria en un bol de humus.
—Prueba el vino, por favor —me ruega con amabilidad, casi con ternura.
«¿La marihuana está haciendo efecto?», pienso.
—No sé si debería.
—Deberías, te lo aseguro. Es un Kluge Rose —insiste.
—No entiendo de vinos —respondo, procurando no parecer una ingenua.
Emily saca la botella de la cubitera, sirve una copa y me la tiende.
—Patricia Kluge fue una de las mujeres más ricas de EE.
UU. Estuvo casada al menos tres veces, siempre con multimillonarios, por supuesto.
Invirtió millones en crear sus propios vinos y ganó una fortuna, hasta que en dos mil ocho llegó la crisis y todo se fue a la mierda.
Años después, un famoso presidente del país compró la bodega en una subasta a precio de ganga.
Esta botella es de la bodega original. Te puedo asegurar que vale una fortuna… Y está buenísimo. Tenía buen gusto.
Lo pruebo, no me dice gran cosa, no entiendo de vinos.
—No sabría decirle… cualquier vino que pueda tomar en una ocasión especial me sabría igual —y ahora, sí que temo estar quedando como una ignorante—. En España tenemos los mejores vinos del mundo. —Trato de arreglarlo.
—Estoy al tanto de ello. Me encantaría conocer España y degustar sus vinos.
—Puede pedir que se los traigan.
—No es lo mismo.
—Una vez, cubriendo un evento gastronómico, un enólogo dijo que cualquiera que pagase más de cincuenta euros por una botella de vino, estaba siendo engañado.
—Pues esta vale miles de dólares. O al menos eso era lo que la gente pagaba por ella.
—¿En qué más sitios ha estado? ¿Dónde más ha vivido? —pregunto mientras la grabadora sigue recopilando la conversación.
—Allá donde se mueve el dinero. Pero siempre lejos de cualquier signo excesivo de civilización.
Como podrá entender o se imaginará, las personas con grandes fortunas van en busca del anonimato.
Necesitan esconderse de vez en cuando. Aunque cueste creerlo, muchos de estos millonarios viven en poblaciones de menos de diez mil habitantes.
—No tenía ni idea. Nunca lo hubiese imaginado. Pero… ¿de quién son estas casas? ¿Cómo las consiguen?
—Quiero creer que son casas de gente que se arruina, y, por lo tanto, el Estado o el Partido Republicano se quedan con ellas. No las subastan. Las compran a precios irrisorios y las usan para… —ríe—, dar cobijo a fantasmas sociales como nosotros. No se me ocurre otra explicación.
—Hasta donde yo he podido investigar —añado a su comentario—, pertenecen a un conglomerado de fondos de inversión. Algo bastante opaco y confuso si le soy sincera.
—Podría ser. Y, volviendo a su pregunta, he vivido aquí… en Montana, como ya le dije antes, Florida, Albemarle, Carolina del Norte…
—Me ha quedado claro que le da un poco igual, pero ¿no guarda algún recuerdo especial? Estoy segura de que su marido y usted vivieron momentos felices.
—La primera casa. Sin duda. En Miami. Fue como nuestra luna de miel.
Cuando nos casamos, no tuvimos un viaje de novios al uso.
Hicimos una pequeña escapada de cinco días.
Una ruta circular entre Mayfield y San Luis.
Muy romántico. Pero Miami, fue un sueño.
Llevábamos una racha horrible. Nuestro porvenir pintaba negro y no éramos conscientes de dónde nos habíamos metido.
Aterrizar en Miami fue como cruzar a otra dimensión.
—Llegaremos a eso y lo hablaremos con mucha calma. Pero dígame: ¿cuándo se dieron cuenta? ¿En qué momento se arrepintieron?
—Con la primera bomba.