La última entrevista de Emily Watson 3
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Nos levantamos. Cojo la grabadora que no para de registrar la conversación y abandonamos el estudio.

Atravesamos un largo pasillo que desemboca en una enorme cristalera desde la que puedo ver una infinity pool .

El agua, transparente y en calma total, se funde con el horizonte: un cielo azul despejado y espectacular.

—Vivir aquí debe ser maravilloso. —Espero no sonar reiterativa.

—Bueno, como ya le dije, depende de las circunstancias.

Dejamos atrás el pasillo para adentrarnos en otro decorado con cuadros minimalistas.

El suelo de madera cruje con suavidad bajo nuestros pies; el sonido es casi relajante.

Tengo la impresión de que cada cosa que suceda en esta casa me va a parecer extraordinario.

Subimos unas escaleras y Emily abre la primera puerta de la izquierda, estira el brazo para encender una luz y me cede el paso.

—¡Vaya, qué preciosidad! —Es lo único que alcanzo a decir.

Me encuentro en medio de una enorme biblioteca, ambos lados están repletos de estanterías con miles de libros.

No hay ni un solo centímetro para cuadros, ventanas, plantas o adornos.

La iluminación es formidable, aunque no veo lámparas ni apliques.

La luz brota desde las propias estanterías y no genera ningún tipo de sombra o brillo molesto.

Al fondo, una mesa de despacho, una silla y un par de sofás que me apresuro a juzgar comodísimos; tras la mesa, una puerta acristalada da acceso a un balcón.

—Estoy impresionada. Tengo que admitirlo.

—¿Seguro?

—Se lo aseguro.

—Observa —me dice pulsando un interruptor.

De pronto, el techo, como si estuviéramos dentro de uno de esos modernos estadios, se repliega y la luz natural invade el espacio. Una enorme cúpula de cristal nos cobija. No puedo evitarlo, entorno mis ojos debido al exceso de luz.

—¿Demasiada luz? —me pregunta. Lo hace a propósito; sin duda quiere impactarme un poco más. No se preocupe, gira el interruptor y el cristal se va tintando con elegante sutileza—. ¿Mejor ahora?

—No sé qué decirle… Pasaría horas aquí leyendo sin parar —y por un segundo me teletransporto a mi casa en Malasaña y pienso en las horas que paso leyendo en el cuarto de baño, iluminado apenas por un frío fluorescente y la mísera luz que entra por la minúscula ventana del patio interior—.

Esto es… no tengo palabras. Imagino, pasar aquí una tarde de otoño, leyendo, mientras llueve, sintiendo las gotas golpear el cristal; con una fina manta y una infusión…

¡sería lo máximo! No sé si aquí hará mucho frío.

—¿Diez grados de mínima en invierno sería frío para usted?

—Bueno, pues sin la manta, pero, llover si llueve, ¿no?

—Sí, llueve, no mucho, pero llueve. —Sonríe. Está relajada, y a mí me tiene por completo despistada.

¿En qué momento hemos dejado la entrevista a un lado?

—¿Quieres que continuemos aquí? Puedo pedir que nos traigan la cámara de vídeo.

—Por favor. —Objetivo cumplido. Si vuelve a fumar, aquí, podré con ello.

A los dos minutos, la cámara está instalada a mi lado. Las dos mujeres que trabajan para Emily en la casa no se han olvidado ni del vino ni del tabaco. Copas nuevas, distinto vino, misma cajetilla de tabaco.

—Esta es mi escuela. Los libros son mi mejor compañía. Puede sonar a tópico, pero así es.

—¿Qué trabajos tuvo? ¿A qué se dedicó? —pregunto retomando la entrevista.

—Imagínese. ¿Quiere más tópicos? Pues todos los trabajos a los que una joven de dieciséis años sin estudios puede acceder: camarera, dependienta, ese tipo de empleos. Poco hay que añadir.

—¿Se avergüenza?

—En absoluto, la vida no me dio opción, tampoco me mostró el lado de la creatividad, del emprendimiento.

Mi objetivo, no sé si decir mi obsesión, era tener un salario para poder salir adelante, para ayudar a mi madre.

¿Fui conformista? No lo creo. No dejé de trabajar ni un solo día en años, trabajé duro y entendí que esa era mi vida.

Más tarde conocí a Roger y ambos le dimos forma al camino…

—¿Cómo se conocieron?

—En aquella época yo era camarera en Sue’s, la cafetería junto a la gasolinera, en Murray.

Él trabajaba en el taller mecánico de su tío, decía que lo heredaría cuando este se jubilase.

Roger conducía la grúa del taller por todo el condado, iba allá donde los coches se habían quedado tirados.

Visitaba los desguaces en busca de recambios, era como un taller móvil.

Un día paró a repostar y a comer algo. Él siempre decía que se enamoró de mí en el mismo instante en que me vio.

Yo no puedo decir lo mismo. ¡Nunca dijo nada más allá de saludar y pedir algo de beber!

—Ríe—. Era muy tímido y reservado, algunos decían que era incluso retraído, poco sociable…

—¿Qué quiere decir con eso? —Quiero aclarar este punto. Retraído puede significar muchas cosas.

—Que era reservado. Se cuidaba mucho a la hora de hablar en público, rara vez solía dar su opinión y nunca se metía con nadie.

Así era. Tenía su propio punto de vista, por supuesto.

Conmigo hablaba sobre cualquier tema, incluida la política, pero fuera prefería ser discreto.

Y a mí eso me encantaba. Venía por la gasolinera bastante a menudo, pero yo no me fijé en él.

Cambié de trabajo. De la noche a la mañana me propusieron cubrir una plaza en la biblioteca pública del condado de Calloway.

No me lo pensé dos veces. Puedo asegurar que ha sido el trabajo más bonito que jamás he tenido.

La calma, el silencio, el respeto; rara vez podría pasar algo malo en una biblioteca…

Y los libros —suspira—, ahí fue donde empecé a cogerle cariño a los libros.

—¿Podría decirse que usted también era o es tímida y reservada como él?

—Podría decirse. Nunca fui mucho de fiestas ni alborotos. El caso es que de repente un día apareció en la biblioteca, lo que significaba que había investigado: al menos, averiguó quién era yo y por qué de pronto había desaparecido. Me quedé petrificada cuando lo vi entrar.

—¿Lo reconoció entonces?

—Sí, pero no fue por eso por lo que me quedé paralizada. Fue por las ropas que llevaba: el mono del taller enrollado a la cintura, una camiseta gris, vieja y sucia, llena de grasa y unas manos… que preferiría no recordar.

—Vengo a buscar libros de mecánica —me dijo—. Estoy arreglando un camión dos calles más abajo y tengo dudas sobre cómo desmontar una cosa —mintió claramente, pero fue un buen comienzo.

—Ni se te ocurra entrar así en la biblioteca —le advertí—. ¡Quieto! ¿Llevas ropa debajo del mono? —Con un gesto me respondió que sí—. Perfecto. Por favor ve al baño, te quitas el mono y te aseas bien.

Y así lo hizo. Se desprendió del mono, se lavó lo mejor que pudo y hasta se peinó.

Buscamos libros de mecánica, que como digo, no le sirvieron de nada, pero le permitieron poder sentarse en la mesa más cercana al mostrador donde yo me encontraba y lanzarme miradas de vez en cuando.

Estaba dispuesto a no perderme de vista de nuevo.

Volvió a venir varias veces más. Pero, sabiendo que la excusa del camión averiado no le serviría, él muy atrevido, optó por adentrarse en mi terreno.

Me pedía que le recomendase libros; se interesaba por las novedades ¡hasta me preguntó por el club de lectura! Nunca se apuntó.

—Con el taller no tengo tiempo —se excusó. No tenía ni tiempo, ni ganas. Seamos sinceros.

—¿Y entonces le pidió salir?

—Exacto. Una tarde, cuando ya estaba a punto de cerrar, se plantó ante mí: elegantísimo, un tanto hortera.

Se notaba que no solía tener muchas citas.

Me regaló un libro y me pidió una cita. Esa misma noche me invitó a cenar.

Fue correctísimo. Después de cenar dimos un pequeño paseo y me llevó a casa en su coche: un Chevy Bel Air del 57.

—Detiene el relato. Aprieta los párpados con fuerza, baja la cabeza y se lleva la mano a los ojos.

Tiembla. Contiene el aliento y las lágrimas.

Con los ojos aún cerrados continúa—: Para Roger aquel coche lo era todo.

Me contó mil veces cómo lo había rescatado del desguace y le había dado una segunda vida.

Se sentía muy orgulloso de su coche y de su trabajo.

Desde entonces, Roger y yo nunca nos volvimos a separar.

—Suena bonito.

—Lo fue. Mis experiencias anteriores con otros chicos no fueron más allá de besuqueos e intentos de magreo por debajo de la blusa.

Todos ellos unos mocosos. Cuando no eran unos completos inmaduros, eran unos descarados sin sensibilidad.

Con Roger, fue distinto. Siempre se mostró cariñoso y amable.

Me amó y yo le amé. ¿Me gustaba? Sí, no era George Clooney, pero me resultaba atractivo.

Tenía pelazo, era ancho y fuerte de hombros y brazos, tenía las manos grandes, aunque a menudo se avergonzaba de ellas porque, por culpa del taller, siempre las llevaba sucias.

Por encima de todo nos quisimos mucho y eso era lo importante.

A los tres años de novios me pidió que me trasladase a vivir a Mayfield.

Alegó tener un trabajo más estable que el mío, cosa que era cierta, y no me costó mucho decirle que sí.

—Veo que lo recuerda todo con mucho cariño. Hay mucho romanticismo en todo lo que me cuenta. Da gusto escuchar una historia así. Hoy en día, los jóvenes se enamoran por WhatsApp y rompen por Instagram.

Sonríe a mi comentario y, pensativa, pierde la mirada entre los miles de libros.

Se levanta y coge uno que tiene bien localizado.

Es una edición de bolsillo, tapa blanda.

Las puntas se doblan hacia fuera en cuanto los demás libros dejan de ejercer presión sobre él.

Sobrevuela la tapa con la mano, no quiere tocarla, no quiere desgastarla más; está ajada y algo roída.

Sin duda por el paso del tiempo, sin duda por la de veces que lo ha acariciado.

Por eso ahora sobrevuela la cubierta. Porque sabe que cada vez que la roce, el libro se consumirá un poco más, y sentirá que se aleja de su marido… un poco más. Y eso no debe pasar.

—Con pena —responde al fin—, lo recuerdo con pena y cariño.

Roger sufrió mucho más que yo. Se arrepintió de formar parte de esto, y en determinados momentos, la culpa lo devoró por dentro.

Nunca lo verbalizó suficiente. Intentaba no exteriorizarlo, por aquello de no preocuparme.

Pero se le notaba a la legua, así que yo intentaba calmar sus malos momentos con actividades insípidas como ir de pesca o jugar a los bolos.

Imagino que él hizo lo mismo conmigo cada vez que me veía mal.

Se acerca hasta mí y me tiende el libro. Se echa a reír, esboza una breve sonrisa, y por un instante, se ruboriza. Se lleva las manos a la boca.

—Perdona que me ría. Es que recuerdo el día en que me lo dio. Se equivocó por completo con la elección. Nunca se lo tuve en cuenta, sé cuándo apreciar un detalle. Es de las pocas cosas que nos permitieron conservar. De lo poco que pude salvar de mi anterior vida.

—Todas las cosas brillantes y hermosas. —Leo el título.

—Es un best seller de 1974, el año en que nací. Trata las anécdotas de un veterinario en el campo, es la segunda parte de una trilogía. Así que tiempo después compré la primera parte y me la leí, pero no me entusiasmó. Nunca compré la tercera.

—Quizá lo eligió por el título. Y quería decirle que usted era algo brillante y hermoso. Cerca de un 50 % de los libros, se venden por el título.

—¿Se ha dado cuenta de que en la portada salen vacas pastando? —Ríe de nuevo—. Quizás me estaba llamando vaca… —Le acompaño la broma con una sonrisa.

—Sabe que no. Que lo importante fue el detalle y no el libro. Podría haberle regalado Carrie de Stephen King, también es del setenta y cuatro, eso habría sido peor.

—No.Me encanta la novela de terror. Me habré leído Carrie al menos tres veces. ¡Ah!, por cierto. Abra el libro, puede leer la dedicatoria si quiere.

No es una sugerencia, es un deseo y por supuesto la leo.

«Espero que algún día tu vida sea tan brillante y hermosa como para escribirla en un libro. Espero que te guste».

—Es curioso que, justo ahora, le esté contando mi vida a una periodista… Puede que algún día este relato acabe entre las tapas de un libro —culmina con deseo.

—¿Cree en las coincidencias?

—Ya no sé en lo que creer, si le soy sincera.

—Bueno, hagamos un parón. Todo lo que me acaba de contar aquí en esta habitación es precioso. ¿Le parece bien que cerremos este capítulo y vayamos a por otros asuntos? —le propongo con amabilidad.

—¿No desea oír nada sobre nuestra boda? —Una vez más vuelve a sonreír.

—Adelante, por favor. Todo lo que sea relevante y sirva para dar veracidad a la historia me interesa.

—No, no aportaría mucho más, la verdad. Nada significativo, sería todo muy reiterativo.

Roger y yo estuvimos viviendo juntos durante tres años, eran los 90.

En el taller contrataron a un nuevo chico, para hacerse cargo de la grúa y Roger se quedó definitivamente como mecánico.

Yo trabajaba en un supermercado, era jefa de departamento, con posibilidades de promocionar a supervisora técnica si me formaba un poquito, así que decidimos casarnos.

Fue algo sencillo, pero muy emotivo. Tengo recuerdos que nunca olvidaré.

Fueron los mejores años de nuestra vida.

Se sienta. Busca el infinito a través del balcón, aunque a quien en realidad busca es a su marido, a quien no puede olvidar…

desde hace tres años ya. Bebe un poco de vino y enciende un cigarrillo.

Coge el libro que hacía unos instantes yo había depositado en la mesa y esta vez sí, lo acaricia como si fuera el único nexo que le quedase con Roger.

Se me está viniendo abajo, no sé si es bueno o malo, debo retomar la entrevista: volver a los años dorados. Se me adelanta.