La última entrevista de Emily Watson 2
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La frase me impacta, por supuesto. No puede pasar inadvertida.

Me la ha repetido dos veces en apenas unos minutos y, técnicamente podríamos decir que aún no hemos empezado.

La creo, no le tiembla la voz, ni duda al expresarse con tanta contundencia.

Sin embargo, no me dice lo que quiero oír.

Sé que tras esas cuatro palabras se oculta una verdad mayor.

Una historia repleta de sentimientos apabullantes, de emociones demoledoras; de esas que pueden hundirte, anularte como ser humano y destrozarte la vida por completo.

Estoy segura de que voy a escuchar un relato de decisiones y actos determinantes.

¿Qué puede llevarte a querer volarte los sesos?

¿Qué ocurrió tiempo atrás, señora Watson?

No he recorrido nueve mil kilómetros solo para escuchar su sentencia de muerte. Vamos, Emily, soy toda oídos.

—¿De verdad lo haría? —pregunto intrigada.

—Ya sabe que comprar armas en este país es más sencillo que comprar alcohol o sacarse la licencia de conducir —concluye.

No está respondiendo a lo que le pregunto. O está jugando conmigo o tiene excesivas ganas de hablar. Le sigo la corriente.

—Por lo que me ha contado hasta ahora, señora Watson… Tengo mis dudas de que pueda adquirir una pistola.

—Podemos intentarlo. Si quiere, cuando acabemos la entrevista hacemos la prueba.

—Si me promete que no va a volarse la tapa de los sesos… le acompaño.

Sonríe. Eleva la comisura de los labios de manera casi inapreciable; al mismo tiempo, los párpados caen con la misma sutileza que su estado de ánimo. Mira el paquete de tabaco, para mi fortuna, se decanta por otro sorbo de vino.

—¿Sabe una cosa? —Resopla como si llevase un rascacielos sobre los hombros—.

Por alguna razón que no acabo de comprender, nunca he tenido pensamientos suicidas.

He reflexionado mucho sobre ello, se lo aseguro.

He deseado querer quitarme la vida, sin embargo, por lo que sea, nunca he podido.

No puedo explicarlo. He buscado tener esa sensación, pero nunca la he encontrado.

Me he visto con un cuchillo enorme en las manos, con cajas de ansiolíticos en la mesilla de noche, preguntándome: ¿Por qué yo no? … No sé.

La corto de inmediato, no quiero ir por ahí.

—Quizá tenga más ganas de vivir de las que piensa.

—El tiempo lo dirá.

—Ahora hablaremos de sus orígenes, pero, vaya adelantándome una cosa ¿Es usted la máxima expresión del sueño americano?

—Qué interesante formular esta pregunta dentro de este contexto.

Nunca me lo habría planteado. Si lo pregunta porque antes, mi vida laboral era la de una cajera de supermercado que hacía horas extras los fines de semana en clubs de carretera aguantando a babosos y borrachos para poder llegar a fin de mes y, ahora me ve aquí, rodeada de lujo y comodidades, pues quizás debería decirle que sí.

La cuestión es si todo vale para conseguir ese sueño.

¿Merece la pena arrasar la tierra para ser el rey del mundo?

¿Aplastar a tu vecino, humillar a la competencia para alcanzar tus metas?

Decía James Truslow Adams que la vida debería ser mejor para todos, que todos deberíamos tener una oportunidad, sin importar nuestros conocimientos o clase social, siempre, por supuesto, bajo los ideales de la democracia, los derechos civiles y la libertad…

—Suena a chiste, ¿no? O al menos bastante utópico —refuerzo su argumento.

—Eso es. Da risa, o pena, según se mire. ¿Sabe que más decía ese buen hombre?

—Ilústreme.

—Que el sueño americano no era más que eso: un sueño.

Un puto sueño que tan solo unos pocos pueden cumplir —se enfada.

Por primera vez suelta un taco, lleva toneladas de rabia contenida en su interior—.

Si calculamos el porcentaje de gente que surgió desde las cloacas para acabar siendo ricos, le aseguro que no superará el 0,05 % de la población.

El sueño americano es la trituradora que usan algunos para decirte que no te esfuerzas lo suficiente, que eres un vago y un inútil, y que la culpa es simplemente tuya.

¿Conoce la expresión Dog eat dog ? ¿Quién cumplió el sueño americano, Elvis o su manager Tom Parker, que alimentó a «El Rey» hasta hacerlo explotar?

El sueño americano no existe. Es una falacia más dentro de este inmenso teatro llamado Estados Unidos de América.

—Muchos la envidiarían si supiesen dónde vive. Darían lo que fuese por estar en su lugar.

—Probablemente todos. Porque desconocen mi historia, claro.

Quizás, también aquellos que viven en el inframundo: gente sin recursos a los que les han robado sus derechos; los inútiles, vagos o malos trabajadores que, como le decía, llenaron sus vidas de malas decisiones; o quizás gente sin escrúpulos, egoístas.

Quizás ellos sí querrían vivir aquí. ¿Quién sabe?

De todo tiene que haber en este mundo. Si no, la vida sería muy aburrida.

—¿Fue usted en algún momento alguien sin escrúpulos o egoísta?

No lo duda ni un instante.

—Fui… o, mejor dicho, fuimos unos ignorantes.

La incultura es el arma del poderoso; la ignorancia, la llama que hay que mantener viva en las clases bajas para no tener que partir la tarta en demasiadas porciones.

Este pensamiento no es nuevo, ¿verdad? Démosle al pueblo algo con lo que entretenerse: NFL, béisbol, mujeres enseñando los pechos o armas.

Cualquier cosa para mantener el cerebro distraído; no vaya a ser que les dé por discurrir por qué sus vidas son tan miserables.

—¿Ama usted a su país?

—¿Amaría usted a un padre maltratador? ¿A alguien que le ha manipulado y utilizado?

—Entiendo.

—No sabría qué decirle. La respuesta es un no sé.

—Veo que su discurso se aleja bastante del norteamericano medio.

—Dicen que el que nace paleto muere paleto, aunque te hayas licenciado en Yale.

Probablemente, pensarás que América es lo único que existe, que todo lo que hacen nuestras tropas es correcto y no necesita justificación; que nuestra libertad es real, la más grande, única y verdadera y que nuestra justicia es ejemplar.

Y yo quiero desprenderme de ese cliché cuanto antes.

De hecho, creo que ya lo hice. Ya se lo dije: los Estados Unidos son un fake , una farsa, un teatro a gran escala.

Somos tan falsos, que fabricamos nuestros productos en China.

¿Se lo puede creer? Los creadores del capitalismo fabricando sus productos en el mayor país comunista ¡Es de risa!

Toda nuestra industria por los suelos. Somos un país de paletos.

—Hablemos de sus orígenes. Cuénteme si no le importa, dónde nació, cómo se crio y creció.

—Nací en Murray, condado de Calloway, Kentucky.

Exactamente el 3 de abril del 74. El mismo día en que perdí a mi padre.

Aquel día, en Mayfield, a unas veinte millas más al norte, un tornado de categoría cinco se llevó por delante la vida de treinta y una personas, entre ellos la de mi padre, que andaba trabajando por allí.

De él tan solo conservo su apellido en mi corazón, nada más —comenta afligida—.

El tornado dejó más de doscientos setenta heridos y centenares de casas destruidas.

Mayfield me viene acompañando desde entonces y así lo seguirá siendo durante el resto de mi vida.

Allí conocí a Roger, mi marido. El único hombre que pasó por mi vida.

¡Qué tontas podemos llegar a ser las mujeres a veces!

—Suspira. Desprende nostalgia. Yo asiento.

Sé lo que siente, lo he oído en otras ocasiones en mujeres de su edad—.

En fin, lo importante es que mi vida se ve condicionada desde el momento en el que mi padre fallece.

De la noche a la mañana, mi madre se encontró con una bendición en forma de bebé, pero al mismo tiempo, con un problema enorme de solvencia.

Casi sin recursos, tuvo que doblar turnos en el trabajo, pedir ayuda a mis tías y su entrega hacia mí no sería la ideal.

—¿Qué estudios tiene?

—No llegué a la universidad, si es lo que quiere saber. Terminé el instituto y tuve que ponerme a trabajar. De todos modos, como le dije antes, ser universitario no te libra de ser un completo inepto.

—No pretendía…

—No se preocupe, sé lo que quiere decir. Venga, le enseñaré algo.