La última entrevista de Emily Watson 1
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La última entrevista de Emily Watson

La última entrevista de Emily Watson

Por ángel Marquina Sánchez

© inepub.com

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—¿Podría decirme su nombre?

—Cindy Collins.

—¿Es ese su verdadero nombre?

—No, no lo es. Cuando nací, mis padres me llamaron Emily. Emily Watson debería ser mi verdadero nombre.

—¿Cómo prefiere que la llame?

—…

Duda. Por primera vez se remueve en su silla, alarga el brazo y se hace con la copa de vino tinto que apenas soltará a lo largo de toda la entrevista —salvo para servirse de nuevo o encenderse un cigarrillo—.

La sujeta por el cáliz, con firmeza, dejando sus huellas marcadas en el cristal.

La inclina, permitiendo que el vino se acerque al borde y, perdiendo la mirada en el rojo cereza, trata de buscar algo que ambas sabemos: no está en la bebida, sino en su interior. En lo más profundo de su mente.

—Emily, llámeme Emily. Puede tutearme si lo desea.

—Entiendo que sabe que esta conversación está siendo grabada y que, por lo tanto, nos autoriza y cede los derechos para poder publicarla. ¿Es así?

Asiente con un leve gesto de cabeza.

—Por favor, ¿podría verbalizarlo?

—Sí, tienen mi consentimiento.

—Perfecto. Continuemos entonces. ¿Por qué nosotros? ¿Por qué un periódico español para hacer esta entrevista?

—La prensa norteamericana está muy politizada, es manipuladora, mentirosa y nada fiable. Nada en este país lo es —sentencia.

—Pero podría haber buscado algún periódico estadounidense más acorde con…

—Créame —me interrumpe—. España es un país desarrollado, del primer mundo. Pertenece a la Unión Europea y tiene una de las democracias mejor valoradas. Confío más en su imparcialidad. En los Estados Unidos todo es un completo y absurdo teatro. Sé de lo que hablo.

—¿Por qué ahora? ¿Por qué decide contarlo todo en este momento?

—Porque a veces siento que, o lo suelto, o el día menos pensado me pego un tiro —afirma sin inmutarse.

No miente.

—Veo que no bromea.

—En absoluto.

—De acuerdo, dejemos esto para más adelante.

Me parece un comentario con demasiada carga emocional. No creo oportuno iniciar la conversación con un supuesto final tan dramático. Podría desbaratarse todo a las primeras de cambio. Tanta crudeza de golpe merece ser tratada con mayor sensibilidad.

—¿Podría darme otro motivo, digamos… más racional? —no estoy segura de que «racional» sea la palabra que busco.

—Le aseguro que, si me suicido, quizá sea lo más racional que haya hecho en los últimos veinticinco años.

No, definitivamente no era el adjetivo adecuado. Su respuesta vuelve a ser cruda. Me responde desde lo más hondo de sus vísceras.

—Quería decir un motivo… —me frena.

—Tranquila, sé lo que quiere decir —responde sin vacilar—. Creo que ahora soy libre…

—¿Antes no lo era?

—No, no lo éramos, ni mi marido, ni yo. Él murió hace tres años y desde entonces he sentido más libertad de movimiento. Ya tengo cierta edad, y mis ganas de vivir merman. Parece ser que esto también influye. Ya no me ven como una posible amenaza.

—Yo la encuentro joven —aparenta unos cincuenta años.

—Estoy cansada. Y no estoy para halagos, gracias.

—¿Quién podría verla como una amenaza?

—Las entrañas del partido republicano y, siempre que ellos han gobernado, los servicios de seguridad del Estado. Pero, como digo, ahora me siento más libre. He empezado a disfrutar de pequeñas cosas que antes ni por casualidad podía hacer.

—¿Podría citarme alguna?

—Por supuesto. Hace poco me fui de viaje… ¡al extranjero!

—¿Nunca había salido de los Estados Unidos?

—Jamás. Nunca tuve pasaporte. Quise intentarlo. Solicité pasar unos días en Quebec y, en cuarenta y ocho horas, lo tenía todo: pasaporte, billetes de avión, alojamiento… Crucé a Canadá con mi pasaporte falso.

—¿Por qué a Quebec?

—¿De verdad lo quiere saber?

En realidad, no quiero, solo intento relajar la sesión.

—Sabía que no me permitirían viajar a Europa, así que descarté el viejo continente.

Tan solo quise averiguar si sería posible salir del país.

Un día, mientras comía, cogí una albóndiga con la mano y la lancé contra la pantalla del televisor.

La mancha de tomate marcó el lugar. Le di otro uso al mapa del tiempo. —Ríe.

—¡Y a las albóndigas! Curiosa forma de elegir destino. —Sin duda algo no anda bien dentro de esa cabeza. ¡Lanzar comida contra la tele!—. ¿Fue todo bien? ¿Le gustó Quebec?

—Fue todo muy bien. En ningún momento tuve la sensación de estar acompañada y le puedo asegurar que, tras tantos años, he desarrollado una capacidad extraordinaria para detectar vehículos o personas sospechosas.

Al principio decían que era por mi seguridad.

¿Seguridad para quién? ¿Para ellos o para mí?

Íbamos juntos a todas partes; luego se cansaron, tan solo nos hacían un marcaje de proximidad. Supongo que nos veían inofensivos.

Se enciende un cigarrillo que casi consume de una sola calada. Retiene el humo más tiempo del necesario y al exhalar… Su rostro se relaja. Odio el tabaco, no puedo con el humo y esta habitación no me va a ayudar en absoluto. Ella se da cuenta. No hace nada por evitarlo.

—¿Dónde estamos ahora? —pregunto—. Qué habitación tan curiosa, ¿no? Esto es un estudio de grabación.

Yo, a lo mío, intentando que la tensión, que creo, en breve hará acto de presencia, de momento, ni se plantee llamar a la puerta. Confrontación positiva lo llaman. Tal vez así deje de fumar.

—Sí, así es. El antiguo dueño debía ser músico o algo por el estilo. Esta es mi parte favorita de la casa.

(Así era, más tarde investigué y averigüé que Ricky Robin, músico y productor musical, había sido el propietario de la casa en los años 80).

—Bueno, pero que quede claro —añado—: Para los que no puedan vernos, usted me ha traído a la pecera. Es como si no quisiera que nadie nos oyera. —Toso por culpa del humo, no consigo contener los espasmos en mi garganta.

—Para nada. Al contrario. Es para que todo se escuche con la mayor claridad posible.

Aquí el silencio es el dueño del espacio, no hay interferencias y cuando uno habla, las palabras llegan con una nitidez maravillosa.

Nada contamina el ambiente. —Creo que se olvida del tabaco—.

La simple sensación de vacío que se crea al cerrar la puerta ya por sí sola es extraordinaria.

Una vez dentro, tan solo queda hablar… o gritar.

—¿Gritar?

—Sí, gritar. Vengo aquí, me encierro y chillo con todas mis fuerzas hasta que caigo rendida. Es mi forma de sosegarme.

—¡Perdone!

—Lo que oye. ¿Usted nunca ha gritado para desahogarse?

—Sí, claro. Pero, así como usted lo describe, no.

—Yo lo llamo «gritoterapia». —Sonríe.

Toma un sorbo de vino, lo saborea con cierta apatía. Vuelve a fumar, el humo lo invade todo. Me incomoda en exceso. Tengo que conseguir que apague el cigarrillo. No soporto la idea de pasar aquí dentro muchas horas, por muy interesante que sea lo que me vaya a contar.

—Tiene usted una casa preciosa, permítame decirlo. Yo elegiría otra estancia como favorita, por ejemplo, la piscina con vistas. Es impresionante. —¿Estoy intentando trasladar la entrevista al exterior? De momento, creo que me conformo con no tener que volver a aspirar más humo.

—La verdad es que sí. Son casas preciosas —dice al tiempo que se levanta y pulsa un interruptor en la pared. Como por arte de magia, el humo empieza a ascender y desaparece por una esquina.

—Gracias, se lo agradezco —digo con una sinceridad que no sé si realmente aprecia. Ella continúa extendiendo su respuesta.

—… Pero cuando has cambiado de casa en siete u ocho ocasiones, dejas de apreciarlas; además, si los cambios no los eliges tú, sino que son impuestos, aprendes a no cogerles cariño.

Hoy estás aquí, mañana ¿quién sabe? Aunque cierto es que, si me cambian de casa otra vez, echaré de menos esta habitación.

—La playa, las vistas y los atardeceres… deben ser preciosos. ¡Vive usted en Malibú!

—Sí, tiene razón. Pero no se ve de la misma forma cuando tu vecino más cercano está a más de media milla, las playas están casi desiertas, tu Internet está restringido y en tu teléfono móvil solo tienes tres contactos. Esto… —levanta los brazos, abarcándolo todo—, no se disfruta de la misma manera.

—¿Me está usted diciendo que vive en una burbuja de varios millones de dólares? ¿Qué lo que otros verían como un privilegio, para usted, es una desdicha?

—Yo no lo habría expresado mejor.

—Pero tendrá que salir, no sé, por ejemplo, saldrá de compras de vez en cuando.

—No.Me traen la comida a casa y me la preparan.

Tengo servicio: dos mujeres que son un encanto y que me limpian, me cocinan y me hacen la vida muy pero que muy aburrida.

Si tenemos tiempo, le enseñaré mi vestuario.

Verá que no tengo necesidad alguna de salir de casa.

De eso se encargan ellas, y como ya le comenté antes, también tengo vigilancia, donde la vigilada soy yo.

—¿Qué pretende conseguir hablando ahora?

—Ya se lo dije: no volarme los sesos.