11. Veranos que no vuelven #2
El sol pegaba ya en el agua y la partía en mil pedazos de luz, de esos que en una foto salen quemados y que ningún fotógrafo decente intenta capturar porque no se puede, porque hay cosas que solo existen si estás ahí, sudando, con los ojos entrecerrados, oliendo el gasoil.
Miré atrás una vez. Solo una. La villa se hacía pequeña, la guirnalda ya no se veía, el zapato de charol tampoco, y por encima de todo el cielo empezaba a azulear de esa manera cruel que anuncia que el mediodía va a ser una tortura.
No volví a mirar. Aceleré. La lengua de arena quedó a mi izquierda, firme, brillando, y por primera vez en diecinueve años la crucé a la hora exacta en que se puede cruzar, ni tarde ni pronto, cuando el camino se ve.
El muelle del pueblo era otro mundo. Después de seis días de isla, el pueblo me pareció ruidoso y sucio y vivo de una manera casi insoportable: motos, una radio, el olor a fritanga de un chiringuito, críos con flotadores de unicornio, una mujer regañando a alguien en un balcón,
el asfalto derritiéndose y devolviendo el calor hacia arriba en olas que hacían temblar el aire sobre los coches aparcados.
Mi coche estaba donde lo había dejado, cubierto de una capa de polvo y salitre y de cagadas de gaviota, con una multa amarilla bajo el limpiaparabrisas que me pareció, después de todo lo demás, el problema más bonito y más limpio del mundo.
Amarré la barca en el norray de siempre. Descargué la bolsa. Y cuando me enderezaba, sudada, con el pelo pegado a la nuca, lo vi venir por el muelle.
El sargento Roig no tenía prisa. Roig nunca tenía prisa; esa era su arma.
Venía de paisano, con una camisa de manga corta y unas gafas de sol de las baratas, y de no ser porque llevaba seis días viéndolo con el tricornio metafórico puesto, interrogándonos uno a uno en el comedor de la villa con esa calma de médico rural, no lo habría reconocido.
Traía algo en las manos. Un objeto envuelto en una bolsa de plástico con precinto y una etiqueta.
Mi cámara.
—Señora Prats —dijo. Nunca me llamó Nora. A todos nos llamaba por el apellido, como el maestro de un pueblo antiguo—. La estaba esperando. Sabía que sería la última en salir.
—¿Cómo lo sabía?
—Porque lleva seis días diciéndome que no le importa esta isla, y la gente a la que no le importa una isla se va la primera.
—Me tendió la bolsa—. Su cámara. Ya la hemos revelado, fotografiado y catalogado nosotros.
Es prueba, así que técnicamente sigue siendo del juzgado hasta que acabe todo, pero el juez ha autorizado devolvérsela. Firma aquí y aquí.
Firmé sobre la carpeta que me apoyó en el capó ardiendo de un coche.
La cámara pesaba en mi mano lo que pesan las cámaras buenas, lo que pesa una herramienta que ha visto cosas.
Era la misma con la que había hecho las fotos de 2005.
La misma que alguien había usado aquella noche para hacer la foto que no hice yo, la de mi propia espalda alejándome del agua.
Diecinueve años sospechando de un objeto.
Y el objeto, ahí, tibio por el sol, sin culpa ninguna, esperando a que yo decidiera qué hacer con él.
—Gracias —dije.
Roig se quitó las gafas. Tenía los ojos claros y cansados de un hombre que ha visto demasiados agostos.
—Le voy a decir una cosa, señora Prats, y luego la dejo marchar, que tendrá ganas de una ducha y de no verme más.
—Se guardó las gafas en el bolsillo de la camisa—.
Llevo veintitantos años en la comandancia de costa.
Y cada verano, cada agosto, me toca uno de estos.
Uno. Como un reloj. En julio la gente se pelea, se emborracha, se pega, se roba las sombrillas; cosas de verano, ruido.
Pero en agosto se mueren. Y no se mueren de cualquier manera: se mueren entre amigos, entre familia, en una casa bonita, en una barbacoa, en una boda, con toda la gente que los quiere alrededor jurando que fue un accidente.
—¿Y por qué en agosto?
—Porque hace calor. —Lo dijo como si fuera obvio, y en su boca lo era—.
La gente miente peor con el sol encima. En invierno uno controla.
Va abrigado, va tenso, va con la guardia alta.
Pero le pones a alguien tres días de calor de este, de treinta y ocho grados a la sombra, sin dormir, con vino tibio y con un secreto viejo dentro, y el secreto empieza a hervir.
El calor no crea nada, señora Prats. Solo saca a flote lo que ya estaba.
Como la marea con esa lengua de arena suya: no la construye, solo aparta el agua para que se vea lo que siempre estuvo debajo.
Me quedé callada. En seis días de interrogatorios no le había oído decir tantas palabras seguidas.
—Su amiga la novia irá a la cárcel —siguió—. El caso está cerrado, y bien cerrado, sin cabos sueltos, que es lo que más me gusta y lo que menos me toca. Y lo del hermano pequeño, lo del chaval de 2005, eso ya no lo puedo tocar yo. Lo puede tocar usted. Ustedes. Con eso ya no me meto.
—Se llamaba Rubén —dije.
Roig me miró un segundo largo. Asintió una vez, despacio, como quien archiva un dato en su sitio.
—Rubén —repitió—. Bien.
Se puso las gafas otra vez. Miró el mar, hacia la isla, que desde el muelle era solo una mancha verde y gris temblando en el calor, ya sin nada de particular, una roca más de la costa.
—El año que viene será en otra playa —dijo, y no me lo dijo a mí, se lo dijo al mar, o se lo dijo a sí mismo—.
Siempre es en otra playa. Otro grupo, otra casa bonita, otro agosto.