11. Veranos que no vuelven
A la isla se llega con la marea baja. Se sale con la misma marea, solo que al revés, y nadie te avisa de que es más difícil. Cuando llegas, vas hacia algo. Cuando sales, tienes que dejarlo todo detrás y confiar en que el mar tape el camino a tu espalda antes de que te arrepientas.
Habían pasado seis días. La villa seguía allá arriba, recortada contra un cielo que a las nueve de la mañana todavía no era azul del todo, sino de ese blanco lechoso de agosto que promete castigo para el mediodía.
Bajé al embarcadero con la última bolsa.
La guirnalda de papel que alguien había colgado entre dos pinos para la boda seguía enredada en una rama, descolorida, medio deshecha por el relente, moviéndose apenas con un aire que por primera vez en dos semanas se movía.
Debajo, en la tierra pisada, había una copa de plástico volcada y un zapato de tacón de charol, uno solo, de mujer, que llevaba seis días esperando a un pie que no iba a volver a por él.
Nadie lo había recogido. Yo tampoco lo recogí.
El agua olía a lo de siempre: a sal, a gasoil del motor viejo, a esa mezcla de sardina y algas secas que llevo pegada a la memoria desde los nueve años y que no me quita ni el mejor perfume.
Cargué la bolsa en la barca. Comprobé el nudo.
Me quedé mirando la lengua de arena, que empezaba a asomar entre la roca y el continente como una espalda de animal saliendo del agua, brillando, firme, transitable durante dos horas escasas.
Cuando no se ve el camino, Nora, es que no toca ir.
Ahora se veía. Tocaba.
—Vas a ser la última en salir de la isla —dijo Diego a mi espalda.
No lo había oído bajar. Traía dos bolsas de deporte, una en cada mano, y las botas de monte que se había puesto para no resbalar en la roca húmeda, y una cara de no haber dormido que ya le conocía.
Todos teníamos esa cara. La Guardia Civil nos había tenido seis días yendo y viniendo, declarando, firmando, corrigiendo lo firmado. Habíamos aprendido a mirarnos poco.
—Alguien tiene que apagar las luces —dije.
—Ya no hay luz. La cortaron ayer.
—Es una manera de hablar, Diego.
Soltó las bolsas en el pantalán, se secó la frente con el antebrazo y miró hacia arriba, hacia la villa, con las manos en las caderas. Diego siempre miraba las cosas como si las estuviera tasando para venderlas.
—¿Sabes qué es lo peor? —dijo—. Que es bonita. Que después de todo esto la villa sigue siendo bonita, y el agua sigue estando buena, y a mí todavía me apetece bañarme. Uno pensaría que se le quita.
—No se quita.
—No se quita —repitió.
Los mellizos venían detrás con la nevera portátil entre los dos, discutiendo por quién la había dejado abierta toda la noche, que si el hielo, que si las cervezas calientes,
la clase de discusión que teníamos a los quince y que seguíamos teniendo a los treinta y cuatro porque era la única que no hacía daño.
Guille tropezó en el escalón de piedra y soltó una palabrota que espantó a una gaviota.
Nando se rio por primera vez en seis días.
Fue un ruido raro, casi obsceno en aquel silencio, y los dos se callaron enseguida, como si reírse en esa isla estuviera prohibido por decreto.
A lo mejor lo estaba.
Marta y su chico, Toni, se habían marchado dos días antes, en cuanto la Guardia Civil se lo permitió; los de fuera siempre son los primeros en irse.
Nos quedamos los cuatro en el pantalán, sin saber muy bien qué se hace en un momento así.
No hay protocolo. Nadie te enseña a despedirte de la gente con la que compartiste un muerto a los quince años y otro muerto a los treinta y cuatro, en la misma agua, con diecinueve veranos de distancia y la misma cobardía.
—Han imputado a Alba por lo de Adrián —dijo Nando, en voz baja, aunque no había nadie a quien bajarle la voz—. Homicidio. El abogado de mi padre dice que con la confesión y lo del forense no hay mucho que hacer. Que irá a juicio en otoño.
—Ya lo sé —dije.
—Y que a nosotros nos van a llamar como testigos.
—A todos.
Nando asintió. Miró el agua. Los mellizos habían estado aquella noche de 2005 en la cala, como todos.
Habían corrido a Rubén hacia la olla, como todos.
Habían jurado no volver a nombrarlo, como todos.
Y durante diecinueve años habían cumplido el juramento mejor que nadie, con esa disciplina de dos hermanos que se vigilan el uno al otro para no flaquear.
—Lo del chaval no lo van a tocar, ¿verdad? —preguntó Guille—. Lo de entonces.
—Está prescrito —dijo Diego—. Me lo explicó el sargento. Homicidio imprudente del noventa y tantos, o de 2005, da igual: han pasado los años que tenían que pasar. Para la ley, aquello no existe.
—Para la ley.
—Para la ley —dijo Diego, y por una vez no sonó a que estuviera tasando nada.
Se hizo un silencio de esos que en agosto pesan, porque el calor los llena.
Una chicharra arrancó en el pinar de arriba, sola, y luego otra, y en un minuto el monte entero era un solo zumbido metálico, el sonido de la isla, el que llevaba sonando allí desde antes de que ninguno de nosotros naciera y seguiría sonando cuando nos hubiéramos muerto todos y a nadie le importara
ya de qué.
—Se llamaba Rubén —dije.
Lo dije sin pensarlo, o pensándolo desde hacía diecinueve años, que a veces es lo mismo. Los tres me miraron.
—Ya lo sé —dijo Guille, incómodo.
—No. No lo sabes. Llevas diecinueve años llamándolo el Sapo.
Lo llamábamos el Sapo entonces, cuando estaba vivo, porque nadaba mal y sacaba la cabeza así del agua, y nos parecía graciosísimo, y lo hemos seguido llamando el Sapo muerto, cuando no lo nombrábamos, que era casi siempre.
Como si no hubiera tenido madre. Como si no le hubieran puesto un nombre en una pila bautismal en un pueblo de Teruel.
Se llamaba Rubén Ferrer. Tenía doce años.
Y era el hermano pequeño de Adrián, que ha venido diecinueve años después a la isla a casarse encima de él y a ver si alguno teníamos la decencia de decirlo en voz alta.
No lloré. Me sorprendió no llorar. Llevaba seis días esperando llorar y no me salía, como cuando el cielo lleva toda la tarde negro y no descarga y el aire se queda espeso y te da dolor de cabeza.
Diego se pasó la lengua por los labios. Nando miraba fijamente el zapato de charol tirado en la tierra.
—Rubén —dijo Diego, por fin. Lo dijo despacio, probándolo, como quien pronuncia una palabra en un idioma que estudió de crío y no ha vuelto a hablar—. Rubén.
—Rubén —dijo Nando.
Guille no dijo nada, pero movió los labios, y con eso me bastó.
No hubo abrazos. No nos echamos a llorar los cuatro en el pantalán ni juramos ir juntos a poner flores a ninguna parte ni prometimos vernos por Navidad.
Eso es de las películas. Lo que hubo fue esto: cuatro personas de pie al sol, sudando, diciendo un nombre que llevaban casi veinte años sin decir, y en cuanto lo dijimos supimos, sin necesidad de mirarnos, que aquello se había terminado.
No la amistad, que hacía tiempo que era un cadáver que arrastrábamos por costumbre.
Lo otro. El pacto. La cuerda invisible que nos había atado a los siete a la misma mentira desde una noche de hoguera.
Decir Rubén en voz alta fue cortarla. Y una vez cortada, ya no éramos un grupo.
Éramos cuatro desconocidos que habían coincidido en una isla.
—Bueno —dijo Diego.
—Bueno —dije yo.
Cargaron las bolsas en la lancha de los mellizos, la buena, la de motor de verdad, no mi barca de pescador prestada.
Guille arrancó al primer intento. Nando se sentó en la proa y no se despidió con la mano, solo levantó dos dedos, como se saluda a un conocido en la carretera.
Diego se quedó al borde del pantalán un segundo más de la cuenta.
—Nora.
—Qué.
—Aquella noche te apartaste del agua. Con no sé quién.
Diecinueve años pensando que fuiste tú la única que se libró, la que no estuvo, la de la conciencia limpia.
La fotógrafa que lo miraba todo de lejos.
—Se subió a la lancha—. Y resulta que te apartaste justo cuando había que quedarse. Menudo par estamos hechos.
—Menudo par.
—Cuídate, fotógrafa.
—Y tú, tasador.
Sonrió con media boca, que era todo lo que Diego sabía sonreír, y la lancha se alejó dejando una estela blanca que la olla se tragó enseguida, sin esfuerzo, como se lo traga todo.
Me quedé sola en la isla.
Subí una última vez. No sé por qué. Nadie me esperaba y el calor ya empezaba a apretar de verdad, ese calor de agosto que no viene del cielo sino de la tierra, que sube por las plantas de los pies y te seca la boca.
La villa con las contraventanas cerradas y sin gente era otra cosa, una cosa honesta por fin: una casa grande y vacía en una roca, sin nada que celebrar.
Pasé por delante de la habitación que la primera noche estaba cerrada con llave y que nadie me quiso explicar.
Ahora estaba abierta. Dentro no había ningún secreto, ninguna prueba, ningún cadáver: una cama sin hacer, una maleta de hombre a medio deshacer, una camisa de lino colgada de una silla esperando una boda.
Era el cuarto de Adrián. La habían dejado abierta al llevarse sus cosas, y lo que quedaba dentro no daba miedo.
Daba una pena espantosa. Cerré la puerta yo, esta vez, para que el calor no entrara a estropear la camisa, que era una tontería, porque ya nadie se la iba a poner, pero hay gestos que uno hace para sí mismo.
Bajé. Solté amarras. Empujé la barca con el pie contra la piedra y salté dentro cuando ya se separaba, un movimiento que no había hecho en veinte años y que el cuerpo recordaba mejor que yo, como recordaba tantas cosas de esta isla que a la cabeza le convenía olvidar.
El motor arrancó a la tercera. Puse rumbo a la lengua de arena.
Crucé despacio, con el motor al ralentí, por el canal estrecho que mi padre me había enseñado a leer a los nueve años de pie en una proa que olía a esto mismo, a gasoil y a sardina, con su dedo grueso señalándome dónde el agua cambiaba de color, dónde había un palmo y dónde había veinte metros,
dónde estaba la olla que se había tragado a Rubén y estuvo a punto de tragarse a Alba y me habría tragado a mí de buena gana si aquella tarde llego a soltarle la mano.
No la solté. Esa es la única frase de todo este verano de la que no me arrepiento.