10. La lengua de arena #3
La marca en la nuca era su mano. La carpeta FERRER del móvil de Adrián era su valentía tardía, la que llegó demasiado tarde para el Sapo y demasiado pronto para él mismo.
Un asesinato calcado de un ahogamiento. El agua de la piscina imitando al agua de la olla. Agosto imitando a agosto.
El abogado de lino consiguió lo que consiguen los abogados: que no le pusieran la palabra más gorda, que se hablara de arrebato y de alcohol y de diecinueve años de presión, cosas que son verdad y que no cambian nada.
Se la llevaron en la lancha de las diez y media, sentada muy recta, con la manta plateada todavía puesta, y no se despidió de nadie, y a mí me miró un segundo desde el agua, ya lejos, y no sé descifrar aquella mirada y he decidido no intentarlo más,
porque uno no puede pasarse la vida descifrando a la gente que quiso.
En algún momento hay que soltar el carrete sin revelar.
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A mí Roig me tomó declaración el último, en la cocina de la villa, mientras arriba los mellizos hacían las maletas y Marta, la forastera, la que preguntaba, esperaba en el porche a que la sacaran de una isla a la que no volvería y de la que hablaría el resto de su vida en las cenas, «yo estuve allí,
os lo juro, el verano de lo de la novia».
Roig tenía delante los cuatro carretes. Los míos. Los de 2005. Y encima, sola, la foto que yo no hice: yo de espaldas, alejándome de la orilla, justo cuando el Sapo empezaba a hundirse. La prueba de que nunca estuve donde siempre juré que estuve.
—Esto la deja fuera de aquella noche —dijo, dándole la vuelta a la foto con un dedo—.
Usted no estaba en la orilla. No vio nada.
No calló nada que hubiera visto, porque no vio.
Legalmente, señorita, esta foto la limpia.
—Me miró por encima de las gafas de leer, esas gafas baratas de gasolinera que llevaba—.
¿Por qué la ha guardado diecinueve años como si la condenara?
Y ahí, por fin, lo dije. En voz alta. No sé si para él, que apenas escuchaba ya, cansado, con el próximo agosto seguramente ya presintiéndose en otra playa. Lo dije, sobre todo, para poder oírmelo yo, que es la única manera de que las cosas dejen de ser verdad a medias.
—Porque no me aparté por casualidad, sargento.
—El calor entraba por la ventana de la cocina, espeso, de mediodía, el calor que llevaba subiendo diez capítulos como un termómetro que no juzga—.
Todos creyeron siempre que fue mala suerte, que yo no estaba, que me pilló lejos.
Y yo les dejé creerlo. Y me lo creí. Pero me fui a llorar al otro lado de la cala porque estaba dolida, por una tontería, por un chico, por celos de quince años, y tardé en volver lo que tardé, y esos minutos de más los tardé yo, no me los quitó el mar.
Si hubiera estado, a lo mejor entro. Yo era la única que a lo mejor entraba.
Alba tenía razón en eso. Y por no estar, no entré. Y por no entrar, se ahogó Rubén.
Roig no dijo nada durante un rato largo. Fuera, una gaviota. El zumbido de la nevera. El mundo siguiendo, imbécil, como sigue siempre.
—Eso no es un delito —dijo al fin, quitándose las gafas—.
Irse a llorar a los quince años no es un delito.
Volver tarde no es un delito. —Recogió los carretes, me los devolvió, cerró la carpeta—.
Pero ya veo que llevaba usted diecinueve años juzgándose por una ley que no existe. Esa es peor. Esa no prescribe.
Se levantó. Se puso el sombrero, que hasta entonces había tenido en la mesa. En la puerta se volvió, con esa manía suya de decir lo importante cuando ya se iba.
—Los muertos de agosto son distintos, señorita Nora.
La gente miente con más sol encima. Pero usted no me ha mentido en la última hora, y eso, este verano, es más de lo que voy a poder decir de casi nadie.
—Miró hacia el mar, hacia la lengua de arena que a esa hora ya estaba otra vez sumergida, borrada, esperando su turno—.
Váyase a casa. Y si el año que viene la vuelven a invitar a una isla, dígales que no.
Estos sitios donde solo se sale con la marea sacan lo peor de la gente buena.
Créame, que de esto entiendo. Cada agosto me toca uno de estos. El que viene será en otra playa.
Y se fue, cuesta abajo, hacia la lancha, un hombre de tierra adentro con los zapatos aún mojados, a cerrar el verano.
Yo me quedé sola en la cocina de la villa, con los cuatro carretes en la mano y la foto encima, y por la ventana vi bajar la marea del todo y aparecer otra vez la lengua de arena, esa frase a medio decir entre la isla y el continente, el único camino,
el que me enseñó mi padre a los nueve años de pie en una proa que olía a gasoil y a sardina.
«Cuando no se ve el camino, Nora, es que no toca ir.»
Ahora lo veía. Por primera vez en diecinueve años, se veía entero, del principio al fin, la arena firme brillando al sol de agosto.
Bajé a la barca. Crucé por el centro, mientras se veía. Y esta vez, al llegar al otro lado, no volví tarde.
Llegué a la hora exacta en que se puede llegar. Que no es la absolución. Pero se le parece lo justo para poder cargar la barca y arrancar el motor y no mirar atrás a la villa recortada contra un cielo que a mediodía ya no perdonaba a nadie.