10. La lengua de arena #2
—...con quien te habías ido. Dolida. Llorando, seguro, que tú llorabas por todo.
Y volviste tarde. Volviste cuando ya lo estábamos sacando.
Y no dijiste nada porque no sabías qué había pasado y luego, cuando lo supiste, era tarde para decir que no habías estado.
Y ese es tu secreto, ¿verdad? Ese es el que llevas diecinueve años sin revelar, más hondo que los carretes.
Que tú no estabas. Que a lo mejor, si hubieras estado, tú sí habrías entrado.
Tú siempre fuiste la única de nosotros que a lo mejor habría entrado.
El agua nos empujaba ya las corvas. La lengua era una sombra pálida bajo un palmo de mar. Se había borrado el camino. Y ahí estábamos las dos, donde no tocaba, con el camino borrado y la marea decidiendo por nosotras.
Y pasó lo que tenía que pasar, lo que llevaba diecinueve años esperándome a mí sola en esta cala.
Alba dio un paso hacia la olla.
No sé si quería tirarse. No sé si quería que la corriente la llevara al mismo sitio donde llevó a Rubén, si buscaba una simetría, un castigo, un final elegante como todo lo que hacía.
O si solo estaba tan cansada que dio un paso hacia lo hondo como quien se sienta.
Da igual lo que quisiera. El fondo se cae de golpe ahí, ya lo he dicho, no hay aviso, y el pie que ella creyó que iba a encontrar arena encontró nada, y se fue de lado, y el mar se la llevó medio cuerpo en un segundo, con esa facilidad tonta, ese remolino pequeñito que no parece nada.
Y yo estaba a un metro.
A un metro, como aquella noche estuve a la distancia de una discusión, a la distancia de un llanto tonto de diecinueve años, a la distancia de haberme ido dolida al otro lado de la cala en el momento exacto en que un niño empezaba a no volver.
Diecinueve años había tardado en volver de aquel otro lado. Diecinueve años volviendo tarde.
Esta vez no me aparté.
No fue valentía. Que quede claro, porque es lo único que quiero que quede claro de toda esta historia: no fue valentía.
Fue lo contrario del rato de más. Fue no darme el rato.
Fue no permitirme ni medio segundo de ese pensamiento cómodo y venenoso —«que se la lleve, que sería justo, que así se cierra todo»— que me cruzó la cabeza igual que le cruzó a Alba con Adrián, igual que nos cruzó a todos con el Sapo, porque ese pensamiento lo tenemos todos,
es lo que Roig sabe y por eso no tiene prisa, ese es el muerto de agosto, la gente no mata, la gente solo se permite el rato.
Yo no me lo permití. Metí el brazo en el agua negra y agarré lo primero que encontré, que fue su pelo, ese pelo recogido de cualquier manera, y tiré hacia mí con toda la rabia de diecinueve años, con la rabia que no era rabia sino la otra cosa, y le hice daño,
y me alegré de hacerle daño porque el daño era agarre, y caí de culo sobre la lengua sumergida con ella encima, las dos en un palmo de mar sobre la arena que aún estaba, todavía estaba, un poco más, lo justo.
Y Roig ya estaba ahí. Metido en el agua hasta el muslo con los zapatos puestos, el cigarro perdido, agarrándonos a las dos por donde podía, resoplando, maldiciendo a la isla y a la marea y al cabrón con sentido del humor que la diseñó, arrastrándonos hacia la roca, hacia lo alto, hacia lo seco.
Llegó a tiempo. O casi. Da igual. Esa es la cosa que aprendí en la lengua de arena y que no sabía a mis nueve años en la proa de la barca de mi padre: que quien impide que una historia se repita nunca es el que llega.
El que llega, llega tarde siempre, aunque llegue a tiempo.
Lo que impide que la historia se repita es que alguien, esta vez, en el segundo exacto, no se aparte.
Yo no me aparté. Por primera vez en mi vida, no me aparté del agua.
Y por eso puedo contarlo.
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Nos sentaron en la roca alta, empapadas, temblando de frío bajo un sol que ya empezaba a pegar de verdad, y por fin, a las nueve y diez, entró la lancha de la Guardia Civil por el canal que la marea abrió, y detrás, más torpe, la lancha del abogado que Alba había llamado no sé cuándo,
un tipo de Palma con camisa de lino que se mareó en la travesía y llegó verde, agarrándose a todo, a defender lo indefendible.
Roig la detuvo allí mismo, en la roca, con la ropa chorreando y una manta térmica de las plateadas sobre los hombros que le daban al arrestarla como si en vez de detenerla la premiaran.
Le leyó sus derechos con una voz cansada, de haber leído esos mismos derechos demasiados agostos.
Alba escuchó con la vista en el mar, asintiendo a cada frase como quien asiente a las condiciones de un contrato que ya ha decidido firmar.
Lo demás se reconstruyó luego, en declaraciones, en el cuartel de la costa, en las semanas de after que siempre son más largas que la fiesta. Pero se reconstruyó entero, y por una vez la reconstrucción fue verdad, que no siempre pasa.
Lo de 2005 salió por fin sin costuras. Diego confesó su parte sin que casi hiciera falta apretarle: él mandó a Rubén a la olla, él inventó el reto, él era el mayor y el más cruel con la crueldad tonta de los quince años que se cree eterna.
No lo ahogó. No hace falta ahogar. Lo mandó y no fue a buscarlo, y luego organizó el silencio de todos con una eficacia que ya de crío anunciaba al hombre que sería, el que ordena las versiones, el que reparte las culpas de manera que a nadie le toque entera.
El silencio fue coral. Lo fue siempre. Esa fue la trampa en la que llevábamos diecinueve años: que como habíamos callado todos, ninguno podía hablar sin delatar a los demás, y así el secreto se cuidaba solo, se regaba con cada verano, con cada reencuentro,
con cada «aquel verano» dicho en voz baja y tragado con el vino tibio.
Y lo de ahora. Alba sujetó a Adrián en el borde de la piscina para que no contara mañana en el brindis lo que llevaba callado desde niño: que ni ella ni él entraron a por Rubén, y que ella cargó sola diecinueve años con una culpa que era de los dos.