10. La lengua de arena
El sargento Roig no tenía prisa, y eso fue lo que más me asustó de todo aquel amanecer.
Los hombres con prisa se equivocan y uno puede agarrarse a su error.
Roig cruzó el porche como si fuera a pedir la cuenta, con el sudor ya pegándole la camisa a la espalda a las siete y media de la mañana, y se paró a un metro de Alba sin tocarla.
La miró. Miró el agua de la piscina, tan quieta que devolvía el cielo entero. Y dijo, sin levantar la voz:
—Póngase los zapatos, señorita. Vamos a tener que bajar.
Alba sacó los pies del agua despacio, uno y luego otro, y los dejó gotear sobre las baldosas calientes.
No preguntó adónde. Yo sí quise preguntar, pero tenía la garganta llena de cristales y la foto de 2005 metida en la cinturilla del pantalón, ardiéndome contra el riñón como si supiera que aún no la había enseñado del todo, ni a Roig ni a mí misma.
—No puede entrar la lancha —dijo Roig, y por primera vez me miró a mí—.
Marea baja. Hasta las nueve no hay calado en el embarcadero.
—Se pasó la mano por la nuca, que tenía roja del sol de tres días—.
Su isla tiene guasa, ¿eh? No deja entrar a la Guardia Civil, pero no deja salir a nadie.
La diseñó un cabrón con sentido del humor.
La diseñó el mar, quise decirle. La diseñó mi padre a fuerza de enseñármela. Pero me callé, que era lo que mejor se me daba.
Fue Alba la que lo dijo. De pie, descalza aún, con los tacones colgando de dos dedos y esa serenidad suya que a mí siempre me había parecido elegancia y que aquella mañana entendí por fin que era otra cosa, una cosa sin fondo.
—Entonces hay que bajar por la arena —dijo—. Se cruza andando cuando el mar se retira. Solo Nora sabe por dónde.
Y me miró. Y sonrió con media boca, sin ninguna maldad, casi con cariño, como quien le pasa a una amiga el testigo de una carrera que llevan corriendo desde niñas.
—Enséñale, Nora. Es lo tuyo.
No sé qué me dolió más, si el «es lo tuyo» o que tuviera razón.
Bajamos los tres por el sendero de la villa, entre las pitas quemadas y la retama que a esa hora no olía todavía a nada porque el calor aún no la había abierto.
Roig delante, con las manos en la cintura y la respiración corta de hombre de tierra adentro que no está hecho a las cuestas del mar.
Alba en medio, descalza sobre las piedras como si no le hicieran daño.
Yo detrás, mirándole la espalda, la nuca, el pelo recogido de cualquier manera, y pensando que era la primera vez en diecinueve años que iba detrás de Alba en lugar de al lado.
Siempre habíamos ido al lado. Esa era la mentira que nos habíamos contado: que íbamos al lado.
Los demás se quedaron arriba. Diego apareció en la balaustrada cuando pasábamos, con una cara de perro apaleado que ya no me conmovía, y abrió la boca, y Roig levantó una mano sin volverse.
—Usted quieto, Bonet. A usted lo veo luego, que tenemos un rato largo.
Diego se quedó quieto. Los mellizos, más allá, dos sombras en la puerta de la cocina, tan pegados el uno al otro como el día que llegamos, como si hubieran nacido pegados y fueran a morir pegados.
Marta no estaba. Marta, la forastera, la que había preguntado en voz alta todo lo que los demás nos tragábamos, se había encerrado en su cuarto y había hecho bien, porque lo que iba a pasar en la arena no era para los que vienen de fuera.
Era una cosa nuestra. De la isla. De aquel verano.
El sendero muere en la cala, y la cala, cuando la marea se retira, deja al descubierto la lengua.
Ahí estaba. Igual que a mis nueve años. Una franja de arena mojada, del color del pan mal cocido, que salía de la roca de la isla y se estiraba hacia el continente como un brazo tendido, como una frase a medio decir.
A los lados, el agua. A la izquierda la cala mansa, de un turquesa de postal que a esa hora no engañaba a nadie porque yo sabía lo que había debajo.
A la derecha, más lejos, la olla. El punto hondo.
El azul que se vuelve negro sin avisar, donde el fondo se cae de golpe y el mar deja de ser una piscina para ser lo que es.
—Por aquí —dije, y la voz me salió de mi padre, de la proa de aquella barca que olía a gasoil y a sardina—. Se pisa por el centro. Los bordes engañan, se hunden. Por el centro, mientras se vea la arena. Cuando no se ve el camino, es que no toca ir.
Roig me miró raro. No sabía que estaba repitiendo palabra por palabra a un muerto.
Echamos a andar. La arena estaba firme y fría bajo los pies, todavía sin sol, con esa dureza de recién descubierta que dura poco, media hora, hasta que el agua empieza a volver.
Yo lo sabía. Yo he sabido siempre a qué hora vuelve el agua a esta lengua.
Es lo único que he sabido con certeza en toda mi vida.
Íbamos ya por la mitad cuando Alba se paró.
Se paró en el centro exacto, donde la arena era más ancha, con la isla a un lado y el continente al otro, equidistante de todo, de su pasado y de lo que le quedaba, y se giró hacia el mar abierto, hacia la olla, y respiró hondo como quien llega por fin a un sitio.
—Espere —le dijo a Roig sin mirarlo—. Deme esto. Solo esto. Luego voy con usted y no le doy más guerra. Se lo juro.
Roig, tres pasos por detrás, se quedó parado.
Miró el agua. Miró la orilla del continente, tan cerca y tan imposible con el sol saliendo y el sudor y sus zapatos de tierra adentro.
Miró la hora en un reloj de esos gordos que llevan los guardias.
Y aquel hombre que había interrogado a siete mentirosos en dos días sin perder la calma hizo una cosa que no le pedía el reglamento: dio media vuelta y se apartó unos metros, hacia la isla, y se puso de espaldas, y encendió un cigarro con las manos ahuecadas contra la brisa de la mañana.
Nos dejó solas. En la arena. Con el agua empezando a subir.
—Sé lo que hiciste —dije yo.
—Ya lo sé, que lo sabes —dijo Alba—. Lo sabes desde anoche. Lo sabías desde antes, en realidad. Lo sabes desde hace diecinueve años, Nora, solo que te lo has contado de otra manera.
El agua me tocó el tobillo. Frío, primero, como una mano. Luego se retiró. Luego volvió, un poco más arriba. Así sube el mar en la lengua, no de golpe, sino como quien no quiere, como quien va perdonándote y arrepintiéndose del perdón.
—Adrián iba a contarlo en la boda —dijo ella, y ahora sí me miró, con los ojos secos, que era lo más terrible—.
En el brindis. Lo tenía escrito. Me lo enseñó la noche antes, borracho, en la piscina, como quien te enseña una foto de las vacaciones.
«Voy a decir la verdad sobre mi hermano», me dijo.
«Delante de todos. Ya está bien.» Su hermano.
Rubén. Al que nosotros llamábamos el Sapo porque nadaba como una rana y le hacía gracia y luego dejó de hacerle gracia y no nos dimos cuenta de cuándo.
—Y lo dejasteis ahogarse.
—Lo dejamos —dijo, y la palabra le salió limpia, sin peso, y por eso pesaba tanto—.
Diego lo mandó al agua. A la olla. Era el reto.
El más pequeño del grupo, el pesado, el que se pegaba, que fuera y tocara el fondo de la olla y volviera, y así lo dejábamos en paz un verano entero.
Diego lo mandó. Y Rubén fue, porque a esa edad haces cualquier cosa porque los mayores te dejen en paz un verano. Y no volvió.
El agua otra vez. El tobillo entero ya. No me moví. Ella tampoco.
—Yo estaba en la orilla —siguió Alba—. Adrián estaba en la orilla.
Los dos vimos que no volvía. Los dos vimos el sitio donde se hundía el agua, esa cosa que hace el agua cuando alguien se va para abajo, ese remolino pequeñito, tan tonto, que no parece nada.
Y ninguno de los dos entró. Yo tenía quince años y no entré.
Y Adrián tenía diecisiete y era su hermano y tampoco entró, porque tenía tanto miedo como yo, y luego se pasó diecinueve años odiándome a mí para no odiarse a él.
Es más fácil. Odiar a otro es mucho más fácil, Nora. Lo he aprendido esta semana.
—Por eso lo sujetaste.
—Por eso lo sujeté —dijo, y bajó la vista al agua que ya nos llegaba a media pantorrilla, y habló hacia el agua, no hacia mí—.
Iba a contar que él tampoco entró. Que yo tampoco.
Que lo vimos y no hicimos nada. Iba a ponerle mi nombre a lo que hicimos, delante de todos vosotros, y a limpiarse él en el mismo brindis.
Y yo pensé, mientras me lo leía en la piscina, borracho, feliz de su valentía de mierda a las tres de la mañana, pensé una cosa muy clara, la cosa más clara que he pensado en mi vida: «Diecinueve años callando para que este ahora me deje sola con el muerto.»
Levantó la cabeza. El sol le daba ya de lleno y le sacaba a la cara todos los años que la elegancia le había escondido siempre.
—Le puse la mano en la nuca cuando se agachó a beber del borde.
No hizo falta fuerza. Casi ni forcejeó. Estaba tan borracho que creyó que era una caricia.
—Se le quebró algo, por fin, la primera grieta en dos días—.
Le dejé la mano un rato de más. Como se la dejamos todos a Rubén, sin ponérsela.
Un rato de más. Eso es todo lo que hace falta, Nora.
Nunca hace falta más que un rato de más.
Y ahí fue cuando lo entendí. No lo suyo. Lo mío.
Porque yo conocía ese rato. Ese rato de más lo tenía yo dentro desde 2005, guardado en el mismo cajón donde guardaba los carretes que no revelaba, y me había pasado media vida diciéndome que era un rato de menos, un rato en que no estuve, un rato de ausencia, de casualidad, de mala suerte,
la mala suerte de no haber estado en la orilla cuando el Sapo empezó a hundirse.
El mar me llegaba a las rodillas. Empezaba a tirar.
La lengua se estaba borrando bajo nosotras y las dos lo sabíamos y ninguna se movía, y Roig, de espaldas, en su franja de arena todavía seca, se había vuelto a mirarnos por encima del hombro con el cigarro en la boca y algo empezaba a tensársele en la cara.
—Alba —dijo desde allí, sin gritar—. Se acabó el rato. Vengan.
Alba no se movió. Miró la olla. Ese azul negro, tan cerca, a diez metros del borde de la lengua, tan fácil.
—¿Sabes qué es lo más gracioso? —me dijo, muy bajo, solo para mí—.
Que tú tampoco estabas. En 2005. Cuando pasó.
Tú no estabas en la orilla, Nora. Todos dijimos siempre que sí, que estabas, que lo viste, para que fueras uno más de nosotros, para atarte.
Pero yo me acuerdo. Yo me acuerdo de todo.
Tú no estabas. Te habías ido para el otro lado de la cala, con...
—Cállate —dije.