La última en salir de la isla (Islas 1) 9. Lo que Alba nunca contó #2
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9. Lo que Alba nunca contó #2

Ahí. Ahí Alba dejó de mirar el horizonte y me miró a mí, y por primera vez en dos días le vi la cara de verdad, sin la novia, sin la anfitriona, sin el vestido con la mancha de vino. Le vi quince años y treinta y cuatro a la vez.

—Porque me lo contó él. Hace tres semanas.

En la cama, la noche que le dije que sí a la boda.

—Se rió, un sonido feo, corto—. Es lo que tiene decirle que sí a alguien.

Que se cree con derecho a vaciarse encima de ti.

Me lo contó todo, llorando, aliviadísimo, como si yo fuera un cura.

Y me dijo que ya estaba cansado de callar.

Que en la boda, con todos vosotros delante, con Diego delante, iba a levantarse a los postres y lo iba a contar.

Que era la única manera de casarse limpio. Sus palabras. Casarse limpio.

—No lo habría hecho. Estaba borracho cuando dijo eso.

—Lo habría hecho. —La certeza con que lo dijo me heló más que el agua de abajo—.

Lo conozco. Lo conocía. Cuando se le metía una idea de redención en la cabeza no había forma.

Iba a subirse a la silla con la copa en la mano y a contarle a setenta invitados, a mis padres, a los suyos, a la prensa que había venido por el fotógrafo famoso, que su hermano pequeño se ahogó mientras él contaba.

Y de paso, ya puesto, todo lo demás. La olla. El reto. Vosotros. Yo.

—Tú qué. Tú no hiciste nada en 2005.

Silencio. Un silencio que duró justo lo suficiente para que yo entendiera que había preguntado la pregunta equivocada, o la correcta demasiado tarde.

—Yo lo vi —dijo Alba—. Yo estaba en el agua también.

Detrás del bote, contigo mirándome, ¿te acuerdas?

Yo no estaba besando a Martín porque me gustara Martín.

Estaba en el agua, Nora, a la misma distancia que Adrián, del otro lado.

Y también conté. También vi a Rubén hundirse y me quedé quieta pensando que subiría, que siempre subían, que era el Sapo y el Sapo era un pesado pero no se moría nadie a los doce años en una hoguera.

Éramos dos los que no estiramos el brazo.

Adrián y yo. Y encima nos hicimos novios veinte años después sin decírnoslo nunca, hasta hace tres semanas.

Me levanté. No decidí levantarme, me levantó el cuerpo, ese cuerpo que en esta isla se acuerda de cosas antes que la cabeza. Di un paso atrás, hacia el porche, hacia la sombra, lejos del borde.

—Alba.

—Ahora ya lo sabes. —Ella también se levantó.

Despacio. Con los pies mojados dejando huellas oscuras en la piedra caliente, que se secaban casi antes de terminar de formarse—.

Ahora ya sabes por qué me miraba yo sola la olla la primera noche y por qué tú me pillaste.

Ya sabes lo mío. Que era lo que venías a preguntar.

Estaba entre la piscina y yo. El sol le daba de espaldas y no le veía la cara, solo la silueta recortada contra el brillo blanco del agua, y detrás de ella la línea donde la piscina se caía al vacío y, más abajo, muchísimo más abajo, el mar de verdad, el que sí se lleva a la gente.

—Adrián iba a contarlo —dije, y lo dije muy despacio, porque lo estaba entendiendo a la vez que lo decía, como se revela una foto, la imagen subiendo del papel blanco en el líquido, primero las sombras, luego lo demás—.

Delante de todos. Iba a contar lo de Rubén.

Y al contar lo suyo, contaba lo tuyo. Que tú también estabas en el agua. Que tú también contaste.

—Sí.

—Y tú no podías dejar que lo contara.

—No.

Una sola sílaba. Sin adornos. Sin lágrimas. Dicha con la misma voz con que me había dicho vas a coger una insolación, con la voz con que le dices a alguien que se le ha caído una servilleta.

—La noche de la fiesta —seguí, y ya no podía parar, era yo la que estaba bajando a la olla ahora, tocando el fondo frío—, cuando todos se fueron a dormir.

Marta te vio junto a la piscina. Sola. Horas antes de que apareciera.

Adrián estaba borracho. Se había puesto en evidencia con lo del nombre íntimo de Rubén, se había delatado él solo como hermano, y tú viste que ya no había manera de pararlo.

Que a la mañana siguiente, con resaca o sin ella, iba a hacerlo.

—Estaba en el agua —dijo Alba, y la voz le bajó un tono, y por primera vez algo se le movió por debajo del hielo, algo que no era pena, algo peor, algo parecido a la nostalgia—.

Se había metido en la piscina para despejarse.

En calzoncillos, riéndose, chapoteando como un crío.

Me dijo: ven, Alba, que el agua está buenísima.

Y me metí. Y estábamos los dos flotando, mirando las estrellas, y él me dijo, con esa paz que le entraba cuando decidía las cosas: mañana lo cuento todo, cariño.

Es lo mejor. Nos casamos limpios y ya está.

—Le tembló la mandíbula una vez, solo una—.

Nos casamos limpios. Como si el agua limpiara algo.

Como si diecinueve años se pudieran quitar con jabón.

—Alba, no.

—Le puse la mano en la nuca. —Lo dijo mirándome a los ojos, sin pestañear, y yo noté la mano en mi propia nuca como si fuera la suya, la sombra de una mano fría en el pelo—.

Con cariño, Nora. Te lo juro. No con rabia.

Se lo puse casi como una caricia y empujé hacia abajo, y él al principio ni se resistió, creo que ni entendió, creo que pensó que era un juego, que estábamos jugando en el agua como cuando teníamos veinte años.

Y luego sí entendió. Y ya daba igual. El agua de esta isla tiene algo.

Se queda con lo que le echas. Se quedó con Rubén y se quedó con él, y no cuesta nada, Nora, esa es la parte que nadie te cuenta.

No cuesta casi nada. Cuentas hasta que dejas de contar. Igual que él.

El calor era una cosa sólida. Me apretaba las sienes.

El termómetro del porche, a mi espalda, debía de estar reventando.

Y ella estaba entre el agua y yo, con las manos quietas a los costados y esa calma que no era calma, que era el fondo de la olla, y de repente entendí que le había hecho la pregunta que llevaba dos días evitando y que la había obtenido, y que ahora era la única persona de la isla que sabía,

aparte de ella, exactamente lo que había pasado.

Y que ella lo sabía también.

—Dame la foto —dijo.

—Alba.

—Dame la foto, Nora. —Un paso hacia mí. Los pies mojados.

Las huellas—. Es lo único que hay. El teléfono de él lo tenéis vosotros, no sé quién, pero alguien lo cogió, y me da igual, ahí no hay nada que me señale a mí.

La conversación de la nube la puedo explicar, éramos pareja, discutíamos.

Marta me vio junto a la piscina, ¿y qué?

Es mi piscina. Es mi boda. Es mi casa. —Otro paso.

Ahora le veía la cara. No estaba furiosa.

Estaba serena, y eso era lo insoportable—.

Lo único que no puedo explicar es una foto tuya de aquella noche donde salgo yo en el agua.

Donde salimos los dos. Porque si sale que yo estaba en el agua entonces, cuando Rubén, alguien va a preguntarse si también sé estar en el agua ahora.

Y no quiero que nadie se lo pregunte. Dame la foto.

Di un paso atrás. El borde del porche. Detrás de mí, las escaleras. Delante, ella, y detrás de ella, el vacío azul.

—No la tengo aquí —mentí, con la funda ardiéndome contra los riñones—. Está con los negativos. Se los he dado a Roig.

Y por un segundo, solo por un segundo, algo pasó por su cara que sí me hizo gritar por dentro.

Porque no fue miedo. Fue cálculo. La vi calcular, tranquilamente, con el sol plano sobre el agua y treinta y ocho grados aplastándonos a las dos, si le convenía más que yo estuviera dentro de esa piscina o fuera.

—Mientes fatal —dijo—. Siempre has mentido fatal. Es lo único que me gustaba de ti.

Y sonrió, y dio el último paso, y yo sentí el borde de la piedra bajo el talón y detrás el aire, y en ese momento, desde la casa, desde el ventanal que chirriaba sobre la sal, la voz de Roig, que no se había ido a ninguna barca,

que llevaba Dios sabe cuánto rato en el umbral con su sombrero ridículo en la mano:

—Con este sol la gente habla más de la cuenta, señora Vidal. Y usted acaba de decir la verdad delante de dos testigos. Aparte del que está en el agua.

Alba no se volvió hacia él. Se quedó mirándome a mí, y el agua de la piscina se derramaba a su espalda hacia el mar, sin ruido, sin fin, y por su cara pasó algo que tardé en reconocer y que cuando lo reconocí me duró toda la noche siguiente sin dormir.

No era rabia. No era miedo. Era alivio.

—Buenísima —dijo, muy bajo, casi para ella—. El agua estaba buenísima.

Y se sentó otra vez en el bordillo, muy despacio, con la elegancia con que hacía todas las cosas, y metió los pies, y esperó a que el sargento cruzara el porche a por ella como quien espera que le sirvan la última copa del verano.

Yo me quedé de pie, con el talón en el borde y el vacío detrás y la foto ardiéndome en los riñones, mirando a mi mejor amiga de espaldas, junto al agua, alejándose sin moverse de ningún sitio.

Igual que yo. Diecinueve años antes. En otra orilla que era la misma.