La última en salir de la isla (Islas 1) 9. Lo que Alba nunca contó
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9. Lo que Alba nunca contó

La foto no pesaba nada y me estaba partiendo la muñeca.

La saqué otra vez en el baño, con el pestillo echado y el grifo abierto para tapar que me temblaba la respiración.

La chica de espaldas. El pelo mojado pegado a la nuca.

Un pie todavía en el agua y el otro ya en la arena, en ese gesto de irse que no admite discusión.

Diecinueve años había mirado esa espalda pensando que era de otra.

Que era de Alba, o de una de las que venían de la urbanización, cualquiera menos yo.

Y era yo. El bañador con el nudo mal hecho en el cuello lo había atado yo esa tarde, delante de un espejo que ya no existe, en una casa que ya no es nuestra.

Me eché agua en la cara. El agua salía tibia, como todo en agosto en esta isla, como si hasta las cañerías tuvieran fiebre.

Fuera se oía a Roig moverse por el salón con esa parsimonia suya de hombre que no tiene ninguna prisa porque el mar no la tiene tampoco.

Y yo ahí, encerrada, mirándome a mí misma alejarme de la orilla justo en el segundo en que Rubén dejó de sacar la cabeza.

No estabas donde dijiste, Nora.

Nunca lo estuve. Esa era la parte que me había mentido a mí misma con más talento que a nadie.

Yo contaba la historia como si hubiera estado en el corro, gritando con los demás, buscándolo con la linterna del móvil que entonces no teníamos.

Y no. Yo estaba subiendo por las rocas, de espaldas, con los ojos calientes por otra cosa que no era el humo de la hoguera.

Estaba huyendo. Y mientras huía, alguien me hizo una foto. Alguien que sí se quedó.

Bajé al salón con la funda de los carretes metida en la cinturilla del pantalón, contra los riñones, donde no se veía. Como si un trozo de plástico de treinta y cinco milímetros pudiera protegerme la columna.

Roig estaba de pie junto al ventanal, con un teléfono en la mano que no era el suyo. Lo reconocí antes de reconocerlo: la funda azul con la esquina levantada, la que había visto de reojo en la mesa de la piscina la primera noche. El de Alba.

—Sargento.

—Nora. —No levantó la vista del aparato—. ¿Usted entiende de estas cosas? De teléfonos.

—Entiendo de cámaras. No es lo mismo.

—Se parece más de lo que cree. —Giró la pantalla hacia mí un segundo, no lo suficiente para que leyera nada, lo justo para que supiera que había algo que leer—.

La gente cree que borrar es borrar. Le da al botón, ve el hueco, y se queda tranquila.

Y el hueco es lo primero que miro yo. Un hueco es una confesión con peor letra.

Se me secó la boca. Pensé en el móvil de Adrián, el que yo había robado y escondido dentro de un rollo de calcetines en el fondo de mi maleta, con la carpeta FERRER dentro, y me obligué a no mirar hacia las escaleras.

—¿De quién es ese teléfono?

—De la novia. —Lo dejó boca abajo sobre la mesa, con cuidado, como quien acuesta a un niño—.

Me lo ha entregado ella misma, muy colaboradora.

Todo el mundo aquí es muy colaborador, es lo que más me llama la atención.

Nadie ha pedido un abogado. En veinte años de esto, cuando nadie pide abogado, es porque todos creen que el abogado lo va a necesitar otro.

No dije nada. Se me estaba dando bien no decir nada, y eso también me daba miedo.

—Adrián y Alba compartían una de esas cuentas de familia —siguió—.

Fotos, mensajes, todo en la misma nube. Ella borró su parte anteanoche.

La de él sigue ahí. Es como romper una carta y tirar solo la mitad de los trozos.

—Me miró por fin, y tenía los ojos de un color de agua estancada, sin fondo—.

Hubo una conversación, la última semana.

Se pusieron feos. Ella habla de una boda que no se puede celebrar.

Él habla de que la gente tiene derecho a saber con quién se casa.

—Eso puede ser cualquier cosa. Nervios de boda. Todo el mundo se pelea antes.

—Todo el mundo se pelea antes —repitió, dándome la razón con una facilidad que era una trampa—. Lo que no hace todo el mundo es amanecer flotando. —Se apartó del ventanal—. Voy a dar un paseo hasta la barca. Usted, que conoce la isla, dígame una cosa. ¿A qué hora vuelve a cerrarse el camino?

—Sobre las tres. Con la marea.

—Bien. —Se puso el sombrero, ese ridículo sombrero de tela que le hacía cabeza de funcionario en la playa—. Entonces tenemos hasta las tres para que a alguien se le suelte la lengua. Con este calor, se suele soltar antes.

Salió. La puerta de cristal chirrió sobre el riel lleno de sal.

Y yo me quedé mirando el teléfono azul boca abajo sobre la mesa, pensando en la palabra que había usado.

Colaboradora. Alba, entregándole su móvil abierto.

Alba, tan segura de haber borrado bien, tan segura de que el hueco no la señalaba a ella.

Alba, que llevaba dos días encerrándose en su habitación cada vez que el aire se ponía difícil de respirar y que ahora, de repente, era transparente como el agua de su piscina.

Solo hay una razón para dejarse mirar por dentro tan tranquila. Y es tener escondido, en otra parte, lo único que importa.

La encontré donde sabía que iba a encontrarla.

En el borde de la piscina infinity, esa piscina obscena que se derramaba hacia el horizonte como si el mar de abajo no bastara, como si hiciera falta uno privado, sin peces ni memoria.

Estaba sentada en el bordillo con los pies dentro y un vaso de algo transparente en la mano que no era agua.

Todavía llevaba el vestido de la cena de anoche, arrugado, con una mancha de vino en el costado que se había secado color óxido.

El sol pegaba plano sobre el agua y la partía en cuchillas. Debían de ser las dos de la tarde y el termómetro del porche marcaba treinta y ocho. Se me metía el calor por la nuca como una mano.

—Vas a coger una insolación —dije.

—Ya la he cogido. —No se volvió—. Llevo diecinueve años cogiéndola. —Bebió—. ¿Vienes a preguntarme lo que me ha preguntado él o vienes a preguntarme lo tuyo?

Me senté a su lado en el bordillo. Metí los pies.

El agua estaba caliente por arriba y helada dos palmos más abajo, esa mentira que tienen las piscinas puestas al sol, y me acordé sin querer de la olla, del punto negro del mar donde la temperatura cambiaba de golpe y de niños nos retábamos a bajar a tocarla.

—Vengo a preguntarte lo mío —dije.

—Menos mal. Lo suyo es aburridísimo.

Tenía la voz rara. Muy limpia. La de una persona que ha llorado tanto que ha llegado al otro lado, a esa calma seca donde ya no queda agua para más.

Me giré a mirarla y vi que no había llorado.

Que estaba entera, maquillada de anoche, con los ojos secos y fijos en la línea donde su piscina fingía caerse al mundo.

—Martín —dije.

Fue como tirar una piedra a un pozo y no oírla llegar al fondo.

—Ah —dijo ella—. Ese lo tuyo.

—Aquel verano. Tú y Martín. La noche de la hoguera.

—Saqué la foto. No sé por qué la saqué, no la necesitaba para eso, la necesitaba conmigo—.

Yo me fui de la orilla. Me subí a las rocas y me fui, y siempre he dicho que fue porque me mareé, porque bebí, porque cualquier cosa.

Y no. Me fui porque os vi. A ti y a él, detrás del bote volcado.

Tenía quince años y estaba enamorada de Martín como se está a esa edad, con todo el estómago, y os vi, y me fui.

Y mientras me iba, Rubén se ahogaba a treinta metros y yo no lo oí porque tenía los oídos llenos de mi propia pena de mierda.

Alba movió los pies dentro del agua. Muy despacio. Como quien remueve algo que se ha posado en el fondo.

—Tú siempre has creído que la historia iba de Rubén —dijo—.

Toda la vida. El Sapo, el niño, la olla, el reto.

La culpa de Diego, que lo empujó a bajar.

La culpa de todos, que callamos. —Se volvió por fin y me miró, y tenía una sonrisa que no era una sonrisa—.

Y no. Tu historia va de que te fuiste. Esa es la única que te has contado. La mía va de otra cosa.

—Cuéntamela.

—No querías saberla. Llevas veinte años sin querer saberla.

Bajaste de la barca el otro día con la misma cara de no querer.

—Bebió lo que le quedaba del vaso y lo dejó en el bordillo, y el vidrio hizo un ruidito contra la piedra que se me clavó en algún sitio—.

Con Martín no hubo nada, Nora. Un beso de críos detrás de un bote.

Estaba borracho, yo estaba borracha, tú estabas mirando. No es una historia. Es un beso.

—Entonces por qué...

—Porque lo que vio Rubén no fue el beso.

El calor se detuvo. Te juro que noto el momento exacto en que el aire dejó de moverse sobre el agua, como si la isla entera contuviera la respiración conmigo.

—Rubén no se ahogó solo —dijo Alba. Muy tranquila.

Recitando algo que se sabía de memoria de tanto no decirlo—.

Bajó a la olla porque Diego lo retó, eso es verdad, esa parte la habéis contado bien.

Pero cuando le entró el pánico y empezó a manotear, había alguien cerca.

Alguien que podía haber estirado el brazo. Y no lo estiró.

—Diego —dije, pero la voz me salió sin convicción, porque ya sabía que no.

—Diego estaba en la hoguera, cagado de miedo, gritando que subiera. Diego lo retó, sí, pero Diego habría dado media vida por sacarlo. —Alba negó despacio—. El que estaba en el agua, al lado, a un brazo de distancia, era Adrián.

El nombre del muerto cayó al agua entre las dos.

—Adrián tenía diecisiete años y era el hermano mayor de Rubén, y odiaba a su hermano pequeño con ese odio que se tiene a los diecisiete, cuando tu hermano es el que llora, el que se chiva, el que hace que tus padres te miren mal.

Estaba a un brazo. Y vio a Rubén hundirse, y contó hasta que dejó de contar, y luego salió del agua gritando como todos y lloró como todos y nadie, nunca, supo que había estado tan cerca.

—Alba metió la mano en la piscina y sacó agua con el cuenco de la palma y la dejó caer—.

Rubén no se le fue de las manos. Se le fue de dentro.

Y con eso ha vivido veinte años y por eso pasó veinte años reuniéndonos, documentándonos, volviendo a la isla, escarbando.

No buscaba a un culpable, Nora. Buscaba compañía.

Buscaba que hubiera más manos sucias para que la suya no fuera la única.

Me quedé sin saber qué hacer con los pies dentro del agua. Con el cuerpo entero. Toda mi vida había cargado la culpa de haberme ido de la orilla, y resultaba que la orilla estaba llena de gente cargando cosas peores, y que el que se casaba con mi mejor amiga era el que más pesaba de todos.

—Y tú cómo sabes eso —dije.