La última en salir de la isla (Islas 1) 8. Diecinueve años de negativos #2
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8. Diecinueve años de negativos #2

Sabía que si los revelaba iba a dejar de poder contarme lo que quisiera.

La plata no negocia. La plata revela lo que le entró por el objetivo, te guste o no, y no le importa que hayan pasado diecinueve años ni que tú te hayas construido una vida entera encima del hueco.

Podía volver a guardarlos. Nadie sabía que existían.

Podía dejar que Roig tachara sus nombres, que se llevara a quien tuviera que llevarse, que el caso de Adrián se cerrara solo, con Diego confesando lo del Sapo y jurando por sus muertos que a Adrián no lo tocó,

y con la marca de cuatro dedos en la nuca del novio flotando en el aire como una acusación sin dueño.

Podía irme de la isla y no revelarlos nunca.

Pero llevaba dos días viendo cómo se moría un chico por segunda vez, el mismo chico, el hermano ahogado que había vuelto en la piel del novio, y por primera vez en diecinueve años me había dado cuenta de que mi silencio no era limpio.

Alba me lo había dicho sin decírmelo, en aquella conversación que cerramos justo antes de lo importante.

Diego me lo había dicho con la foto. Y Roig, sin saber nada, me lo había dicho fregando yo platos limpios mientras él pasaba el dedo por las juntas: la verdad tartamudea, y la mía llevaba diecinueve años saliendo clavada.

Cerré la puerta del baño. Metí la toalla en la rendija.

Cargué el primer carrete en el tanque dentro del saco, a ciegas, con las manos sudando dentro de las mangas de goma, y noté el gesto en los dedos como si lo hubiera hecho ayer: sacar la lengüeta, engancharla en la espiral, avanzar despacio para que no se pise, cortar.

La memoria de las manos es más honesta que la otra. Las manos no se cuentan cuentos.

Templé el revelador al baño maría con el agua del grifo, que en agosto sale caliente y hubo que enfriarla con hielo de la nevera de abajo, subiendo y bajando la escalera con un cuenco como una loca, rezando por que no volviera Roig.

Veinte grados. El termómetro tardó una eternidad en decidirse.

Fuera, las cigarras habían llegado a ese punto del mediodía en que ya no cantan, chillan, un zumbido plano que se te mete debajo del cráneo y no te suelta.

Dentro, el baño olía al ácido acético del fijador, ese olor a vinagre caliente que para mí siempre ha sido el olor de la verdad a punto de aparecer.

Vertí. Agité. Golpeé el tanque contra el borde del lavabo para soltar las burbujas, tac, tac, tac, como me enseñaron. Y esperé.

Nueve minutos y medio son mucho tiempo cuando lo que se está revelando dentro de un cilindro de plástico negro es tu propia coartada.

Los conté con el segundero del reloj de mi padre, que también era lo único suyo que me quedaba, y en cada agitación pensaba: todavía no lo sabes.

Todavía puedes tirar el tanque por el desagüe y no lo sabrás nunca.

No lo tiré.

Fijador. Lavado. Y por fin abrí el tanque, con el corazón en la boca, y saqué la espiral chorreando, y desenrollé el primer carrete contra la luz de la ventana, sujetándolo por los bordes con dos dedos como se sujeta algo vivo.

Negativos. Grises y negros invertidos, la noche vuelta del revés, las llamas de la hoguera hechas manchas oscuras y las caras hechas fantasmas blancos.

Fui pasando fotogramas contra el cristal.

La barca. La playa de día, antes. Alba con quince años riéndose con la boca demasiado abierta.

Los mellizos haciendo el idiota en la arena.

Diego, guapo y chulo como era entonces, con el brazo por encima de una chica que no era Alba.

La hoguera ya de noche, encendida. Y ahí empezaba lo otro.

Ahí, en aquellos fotogramas del final del segundo carrete, estaba la noche que juramos no volver a nombrar, y yo la iba mirando al revés, en negativo, protegida un rato más por esa piedad rara de la película sin positivar, que te enseña la verdad pero todavía en su idioma, no en el tuyo.

Colgué las tiras con pinzas de la barra de la cortina de la ducha, a secar, y me quedé mirándolas gotear sobre el plato, y me di cuenta de que no me atrevía a hacer las copias.

Ver el negativo no es ver. Es como oír una lengua que reconoces sin entenderla.

Necesitaba positivarlas, aunque fuera de mala manera, aunque fuera fotografiándolas a contraluz con la única cámara digital que había traído, la pequeña, la de urgencia, e invirtiendo el color después en la pantalla.

Un apaño de aficionado. Pero necesitaba verlas del derecho. Necesitaba verles la cara.

Y eso hice, con la puerta cerrada y el pulso desbocado, fotograma a fotograma, sosteniendo cada tira contra la luz blanca de la ventana y disparando, y luego invirtiendo en la pantallita, y viendo cómo la noche se daba la vuelta y se volvía verdad.

La hoguera. Las caras que ya conocía. El Sapo vivo todavía, riéndose al filo del agua con esa risa de rana que le había puesto el mote, ajeno a lo que le iban a mandar hacer.

El reto. Los mellizos empujando. Diego señalando la olla, el punto negro donde el mar se ahonda de golpe y el agua se pone fría aunque sea agosto.

Todo lo que Diego me había confesado, ahí, en plata, exactamente como me lo había contado.

Hasta ahí, la película no hacía más que darme la razón a mí.

Hasta ahí, yo seguía siendo la que estuvo en la hoguera.

Y entonces llegué a un fotograma que no recordaba haber hecho.

No lo recordaba porque no lo hice yo.

Estaba encuadrado como no encuadro yo, un poco caído a la derecha, con el horizonte torcido, la foto de alguien que coge una cámara ajena y dispara sin mirar bien por el visor, por hacer la gracia, por robar un momento.

Y en ese fotograma se veía la orilla. Se veía la olla, ese hervor negro en mitad del agua plateada.

Y se veía, muy pequeño, ya lejos de la playa, un cuerpo en el agua empezando a no poder, uno de esos gestos que de día pareces reconocer al momento y de noche parecen chapoteo, parecen juego, un brazo que sube y no acaba de bajar bien.

El Sapo, empezando a hundirse. El principio exacto de todo.

Y en primer término, cruzando el encuadre, de espaldas a ese cuerpo que se hundía, alejándose de la orilla hacia las rocas, hacia el lado de la cala donde no llegaba la luz de la hoguera, había una chica.

Llevaba mi vestido. El de tirantes, el que se me manchó de vino aquel verano y no se quitó nunca.

Llevaba mi pelo, más largo entonces, recogido de cualquier manera.

Y aunque estaba de espaldas, aunque no se le veía la cara, aunque cualquier abogado del mundo diría que de espaldas no se puede acusar a nadie, yo me conozco los hombros.

Una se conoce sus propios hombros como se conoce su letra.

Era yo.

No estaba en la hoguera. No estaba de espaldas a la olla porque me reía con un vaso en la mano.

Estaba alejándome de la orilla, sola, hacia la oscuridad de las rocas, en el minuto exacto en que el Sapo empezaba a tener problemas en el agua.

Alguien me había hecho aquella foto con mi propia cámara, sin que yo lo supiera, y esa persona sabía desde entonces lo que yo llevaba diecinueve años sin querer saber: que yo no estaba donde siempre dije que estaba.

El hueco de la foto no era el hueco del que estuvo y no miró.

Era el hueco del que se fue.

Me senté en el suelo del baño, con la espalda contra la bañera y el azulejo frío mordiéndome la columna, y me quedé mirando la pantallita hasta que se apagó sola para ahorrar batería y volví a encenderla y seguí mirando.

Fuera, la lona de la piscina dio uno de sus chasquidos.

Las cigarras chillaban. El calor había subido otro grado, uno de esos grados que ya no se miden con termómetro, y por primera vez desde que puse un pie en la isla no me pregunté quién había matado a Adrián.

Me pregunté qué hice yo aquella noche, en las rocas, en la oscuridad, mientras un niño se ahogaba a mi espalda.

Y me pregunté quién más lo sabía.

Porque la foto la había hecho alguien. Alguien que estuvo detrás de mí con mi cámara en las manos.

Alguien que había guardado el resto de mi silencio como yo, pero no del todo, porque este fotograma me lo había robado la memoria y a esa persona no.

Y esa persona llevaba diecinueve años sabiendo que la única testigo del principio del ahogamiento del Sapo no era una testigo.

Era la que se marchaba.

Oí el motor de la lancha de Roig acercándose por el otro lado, del lado del continente, aprovechando el hilillo de agua que aún quedaba antes de que la marea cerrara del todo.

Volvía. Guardé la cámara pequeña en el bolsillo del pantalón, descolgué las tiras a medio secar y las metí en la funda con dedos que ya no me temblaban, porque cuando el suelo se abre del todo dejas de temblar, te limitas a caer con cuidado.

Bajé la maleta de aluminio, la cerré, giré la llavecita.

Y antes de bajar a la cocina a poner otra cara, la que llevaba dos días poniendo, me quedé un segundo en el descansillo, delante de la puerta cerrada de Alba, con la funda de los cuatro carretes ardiéndome en la mano como si acabara de sacarla del fijador.

Diecinueve años de negativos. Y en todos ellos, la misma chica de espaldas, alejándose de una orilla donde alguien se hundía.

La había tenido conmigo todo este tiempo, en el bolsillo de una maleta, del derecho y del revés, guardada por una Nora de quince años que fue mucho más lista que yo: no reveló los carretes no porque no quisiera saber lo que había fotografiado esa noche.

Fue porque ya lo sabía.