La última en salir de la isla (Islas 1) 8. Diecinueve años de negativos
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8. Diecinueve años de negativos

El calor entró en la villa antes que la luz.

A las siete ya estaba dentro, pegado a las baldosas, subiendo por las patas de la mesa como si tuviera intención de sentarse a desayunar con nosotros.

Yo llevaba despierta desde las cuatro. No había dormido: había estado tumbada con los ojos abiertos oyendo cómo la casa entera crujía peleando con agosto y perdía, sin un solo aparato de aire que la ayudara, y pensando en aquella frase estúpida que se me había clavado guardando el vestido de Alba.

Un hueco en una foto no significa que no estuvieras. Significa solo que nadie te vio.

Bajé descalza. Roig estaba en la cocina como si la cocina fuera suya, con una taza que no era de las nuestras y que debía de haberse traído él, de esas de camping con la esmaltadura saltada.

Miraba por la ventana la lengua de arena que la marea empezaba a chupar otra vez.

Dentro de dos horas no habría camino, y él lo sabía, y por eso no tenía ninguna prisa.

Un hombre que sabe que nadie va a poder irse tiene todo el tiempo del mundo.

—Café —dijo, sin volverse—. Ahí queda. Lo he hecho yo, así que no prometo nada.

Me serví. Estaba fuerte y un poco quemado, como el que hacía mi padre en la barca. No se lo dije.

—¿Ha dormido usted, sargento?

—Yo duermo en septiembre. —Se giró por fin. Tenía los ojos pequeños y descansados de un hombre que no se molesta nunca en parecer cansado—. ¿Y usted?

—Regular.

—Ya. —Bebió—. Aquí duerme regular todo el mundo. Es curioso. Con lo bonito que es esto.

Y ahí estaba otra vez, esa manera suya de dejar caer una frase amable y esperar a ver a quién le pesaba.

Los demás fueron apareciendo de uno en uno, con esa cara de resaca moral que ya nos conocíamos todos: Diego con la camiseta del revés, los mellizos hablando en voz demasiado baja para que fuera inocente, Marta con el móvil muerto en la mano por costumbre,

aunque en la isla no había cobertura y no la había habido nunca.

Alba no bajó. Alba llevaba desde la madrugada anterior sin bajar, encerrada arriba con la puerta cerrada y, supuse, con la percha vacía donde había estado su vestido.

Roig los fue llamando después del desayuno, uno a uno, al porche de atrás, el que daba a los pinos y no a la piscina.

Había mandado tapar la piscina con una lona verde, y la lona hacía un ruido feo cuando el aire la levantaba por una esquina, un chasquido, como si el agua de abajo respirara.

Nadie miraba hacia allí. Todos mirábamos hacia allí todo el rato.

Yo me quedé en la cocina, fregando cosas que ya estaban limpias, que es lo que hago cuando quiero escuchar. Y escuché. El porche estaba a cuatro metros, con la puerta de tela metálica de por medio, y las voces de agosto viajan bien, pegadas al calor.

Y las coartadas, que la primera noche encajaban como piezas de un puzle demasiado nuevo, empezaban a no encajar.

Poco. Un milímetro cada una. Pero yo tengo ojo para los milímetros, es mi oficio: encuadrar es decidir qué se queda fuera, y llevo veinte años viendo lo que la gente deja fuera del encuadre sin darse cuenta.

Diego le había dicho a Roig, la primera vez, que a las tres de la madrugada estaba dormido.

Ahora decía que a las tres había salido a fumar al camino de los pinos porque no podía pegar ojo.

Una hora antes le había dicho a los mellizos, en la cocina, creyéndose a solas, que a las tres había estado «un rato» con Alba en la cocina, hablando.

Tres versiones para una misma hora, y ninguna mala del todo, y todas de un hombre que fuma, que no duerme y que quiere a Alba desde antes de que Alba supiera pronunciar su nombre.

Los mellizos se cubrían el uno al otro con esa lealtad de gemelo que parece coartada y a veces solo es miedo a quedarse solo.

Uno decía que habían estado juntos toda la noche.

El otro, cuando Roig le preguntó qué habían hablado, se quedó callado el tiempo justo para que el silencio contestara por él.

Marta era la única que decía siempre lo mismo, palabra por palabra, y eso también me daba mala espina, porque la verdad no suele salir dos veces idéntica. La verdad tartamudea. La verdad se corrige. Lo que sale clavado es lo que se ha ensayado.

Nadie mentía del todo. Ese era el problema.

Todos mentíamos un poco, cada uno tapando su vergüenza pequeña para no acabar cargando con la grande, y el conjunto de todas aquellas mentiras razonables era una muralla con las juntas mal puestas, y Roig lo único que hacía era pasar el dedo por las juntas.

Lo hacía despacio. Casi con cariño.

—

Hay una libreta.

Sebastià Roig la lleva en el bolsillo de la camisa, no en el del pantalón, porque en el del pantalón se dobla y él no soporta las esquinas dobladas.

Es una libreta pequeña, de tapas de hule granate, de las que ya no venden y que él compra cuando encuentra, tres o cuatro de golpe, en una papelería de Palma que regenta una señora que lo llama de usted.

El hule aguanta el salitre. El papel, no tanto, pero para lo que él escribe basta.

En la primera página, con letra de sumario, ha puesto los nombres. Siete. Y va tachando.

No tacha al que cree inocente. Tacha al que ya ha entendido.

Es una distinción que no le ha explicado nunca a nadie porque nadie se la ha preguntado, y porque suena mal dicha en voz alta.

Un nombre tachado no es un hombre limpio: es un hombre que ya no le va a dar sorpresas, uno cuya mentira ya conoce entera y sabe de qué color es.

Los que le quitan el sueño son los que siguen sin tachar.

Y esta mañana, en la villa de la isla, con la marea comiéndose otra vez el camino, tiene todavía cuatro nombres sin una raya encima.

La mujer de la cámara es uno de ellos.

Le gusta la mujer de la cámara. Le gusta poco, con la parte de él que no debería gustarle nadie mientras trabaja, y le gusta porque miente bien, con economía, sin adornar, que es como mienten los que tienen algo de verdad grande que proteger.

Los inocentes se explican demasiado. Los culpables torpes también.

Ella no. Ella contesta corto y sostiene la mirada un segundo de más, y ese segundo de más es lo único que la delata, y ni siquiera sabe que se delata.

Roig apunta, con la letra pequeña, en el margen: fotógrafa. Y debajo: ojo.

Lleva treinta años en la comandancia de costa y ha aprendido una cosa que no viene en ningún manual y que él resume, cuando algún guardia joven se pone nervioso con un caso de temporada alta, con la misma frase de siempre, la que ya le han oído todos y que él suelta como quien escupe una pipa:

—Los muertos de agosto son distintos. La gente miente con más sol encima.

Y es verdad. En enero la gente miente por dinero o por miedo, que son mentiras aburridas, cuadradas, fáciles de desmontar.

En agosto la gente miente por lo otro. Por lo que hicieron una noche de calor cuando eran jóvenes y creían que el mar se lo iba a tragar todo.

El sol les afloja la boca y les aprieta el pecho, y entonces se defienden con las dos manos, tapando a la vez la muerte de ahora y una vieja, siempre hay una vieja, porque los grupos que se encierran en una isla a celebrar algo casi nunca celebran solo eso.

Tacha un nombre. El del novio no, ese ya no puede tacharlo, ese está tapado con una lona verde. Tacha el de uno de los mellizos, el que se ha callado en el momento justo, porque un hombre que se calla por su hermano ya se lo sabe entero.

Le quedan tres. Y la marea, otra vez, del lado de él.

—

A mediodía Roig se fue a caminar por el perímetro con uno de sus guardias, midiendo con los ojos las distancias que iba a tener que escribir, y la casa se quedó floja, sin su peso dentro. Fue entonces cuando subí.

Tenía el equipo en la habitación pequeña del fondo, la que había pedido para mí con la excusa de que la luz de la mañana era buena para revisar cámaras, y que era verdad y era mentira a la vez, como casi todo lo mío aquellos días.

Había venido a hacer las fotos de la boda.

Con película, no con digital, porque Alba me lo pidió así —«quiero que se vea como cuando éramos pequeñas, Nora, con ese grano»— y porque yo dije que sí sin pensar que volver a la isla con carretes en la mano era volver con la mano cargada.

Abrí la maleta de aluminio. Los tanques de revelado, el termómetro, las pinzas, los botes ámbar de revelador y fijador que había traído para no depender de nadie.

Un cambiador negro, el saco donde se carga la película a ciegas, con las mangas de goma que te aprietan las muñecas como dos bocas.

Todo lo que hace falta para revelar en blanco y negro sin cuarto oscuro, en el baño de una casa cualquiera, con las toallas tapando la rendija de la puerta.

Y al fondo, en el bolsillo de tela de la tapa, donde llevaba veinte años sin meter la mano, una funda de plástico rígido con cuatro carretes.

Los reconocí antes de tocarlos. La etiqueta la había escrito yo, con un boli que se me acababa, a los quince años, y ponía solo una palabra y un número: isla, y debajo, 05.

Sin mes. Sin nada más. Los había cargado, disparado y guardado sin revelar.

Cuatro carretes que llevaban diecinueve años esperando en la oscuridad de aquel bolsillo a que yo tuviera el valor de meterlos en un tanque y ver qué había hecho la cámara aquella noche mientras yo miraba para otro lado.

Nunca lo tuve. Los cambié de maleta tres veces en diecinueve años, de casa cuando me mudé, de armario cuando me separé, y no los tiré ni los revelé, que son las dos únicas cosas sensatas que puedes hacer con algo así.

Un negativo sin revelar es la única forma de tener una prueba y no tenerla.

Está ahí y no dice nada. Guarda la imagen latente, dormida en la plata, y mientras no la despiertes puedes seguir contándote la versión que te deja dormir a ti.

Yo llevaba diecinueve años contándome que aquella noche, cuando el Sapo se hundió en la olla, yo estaba en la hoguera.

Con todos. A la vista de todos. Que si no vi lo que pasó fue porque estaba de espaldas, riéndome de algo, con un vaso en la mano, como cualquiera.

Un hueco en el recuerdo, sí, pero un hueco inocente, el hueco del que estuvo y no miró.

Me senté en el borde de la bañera con la funda en las manos y me temblaban otra vez, igual que con el vestido, y esta vez sabía por qué.