La última en salir de la isla (Islas 1) 7. El vestido que nadie se puso #3
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7. El vestido que nadie se puso #3

No sé cuánto llevaba ahí. Los guardias civiles de costa tienen esa manera de ocupar los umbrales sin ruido, con el sol de la tarde detrás recortándolos, y no sabes si acaban de llegar o llevan un rato oyéndote respirar.

Diego se puso de pie demasiado deprisa, con la garrafa, torpe, y el agua le saltó a la camisa manchada.

—No se levante por mí —dijo Roig. Miró los cubos de flores. Miró las moscas. Miró la mancha de vino en el pecho de Diego con una lentitud que no era casual—. Qué pena, las flores. Con lo que cuestan.

Nadie dijo nada. El sargento entró un paso en la sombra y por fin le cambió el sol de sitio y le vi la cara: la tenía cansada, sudada, con la barba de dos días de un hombre que ha pasado la noche interrogando a gente que le miente con educación.

Traía una carpeta fina bajo el brazo, de esas de cartón, con una goma.

Los primeros papeles del forense de campaña que había cruzado el vado con la marea de la mañana.

—Les cuento una cosa —dijo, y no era una pregunta, y no nos miraba a nosotros sino a los cubos, a las flores muriéndose—, porque tarde o temprano lo van a saber igual, y prefiero decirlo yo y verles la cara.

El compañero forense ha hecho una primera revisión del cuerpo.

Ahí abajo, con lo poco que tiene, sin autopsia todavía, que eso será en la península.

Pero hay cosas que se ven sin abrir a nadie.

Se calló. Estiró la goma de la carpeta y la soltó, y el chasquido en aquel silencio sonó como un disparo pequeño.

—El señor Ferrer no se ahogó como se ahoga el que se cae.

—Levantó la vista, y ahora sí nos miró, primero a Diego, después a mí, sin prisa, tomándose su tiempo con cada uno, como quien encuadra—.

En el agua uno mueve los brazos, se agarra a lo que puede, se araña, traga.

Deja marcas de lucha, sí, pero suyas. Del que se ahoga.

—Bajó la voz, y el calor pareció bajar con ella, espeso—.

En la nuca y en los hombros del señor Ferrer hay otras marcas.

En la nuca, sobre todo. Cuatro. Aquí. —Se llevó su propia mano a la parte de atrás del cuello, los dedos abiertos, apretando el aire—.

La forma de una mano. De una mano de adulto que empuja hacia abajo y aguanta.

Eso, el mar no lo hace. El mar empuja de todo, de arriba, de los lados, pero no te pone cuatro dedos en la nuca y te tiene quieto. Eso lo hace una persona.

Detrás de Diego, en el cubo, una flor blanca terminó de doblar el tallo y cayó sobre las otras sin ruido.

Yo lo vi por encima del hombro del sargento.

Y pensé, con el mismo frío exacto que llevaba encima desde la piscina, que aquella marca de cuatro dedos en la nuca no era nueva.

Que ya la había visto. Que diecinueve años antes, en un informe que nunca existió, sobre un niño que sacamos entre todos de la olla cuando ya era tarde, un forense de otra época habría podido dibujar la misma mano.

Porque a Rubén no se le sujeta la cabeza bajo el agua.

A Rubén se le deja ir. Pero a Adrián, a Adrián alguien lo había cogido por la nuca y lo había tenido debajo hasta que dejó de moverse, en la misma piscina, la víspera de la misma boda, delante del mismo mar, copiando un gesto que solo podía copiar quien conociera los dos secretos a la vez:

cómo se muere un Ferrer y por qué.

Y de la gente que quedaba viva en aquella isla, esa lista, la de los que sabían las dos cosas, era muy corta.

Yo estaba en ella.

—Así que —dijo Roig, volviendo a pasar la goma por la carpeta, tan tranquilo, como si acabara de comentar el tiempo que iba a hacer— cuando el juez cruce esta tarde, y va a cruzar, esto ya no va a ser un accidente de boda con demasiado vino.

Va a ser otra cosa. Y las siete personas de esta casa van a tener que contarme dónde estuvieron entre las cuatro y las siete de esta madrugada con bastante más detalle que hasta ahora.

—Se dio media vuelta hacia el sol—. Vayan pensándolo.

Con este calor la memoria se ablanda, dicen.

A mí me pasa al revés. A mí, cuanto más aprieta, más claro lo veo todo.

Se fue. El umbral se quedó vacío y demasiado luminoso.

Diego se sentó otra vez en el suelo, despacio, como si le hubieran cortado los hilos, y hundió la cara entre las rodillas.

Yo me quedé de pie en medio del cobertizo, entre los cubos de flores podridas y el hombre roto y el termómetro que ya no me molesté en mirar porque lo llevaba dentro.

Encima de nosotros, en la casa, seguía colgado del marco de una puerta el vestido que nadie se puso, con el bajo gris de polvo, esperando a que alguien tuviera el valor de guardarlo.

Y pensé que ese vestido y yo nos parecíamos: los dos sabíamos ya que la fiesta no iba a celebrarse, y los dos seguíamos ahí, colgados, fingiendo que todavía servíamos para algo limpio.

Subí al fin a guardarlo. Se lo había prometido a Alba.

Descolgué la percha, metí la gasa en la funda con cuidado, subí la cremallera despacio para no engancharla, y mientras lo hacía me di cuenta de que me temblaban las manos, y no era por el muerto, ni por Roig, ni por la marca de cuatro dedos.

Me temblaban porque, guardando aquel vestido, con las flores muriéndose abajo y el sargento contando las horas de la madrugada, acababa de entender una cosa que llevaba diecinueve años sin querer entender: que un hueco, en una foto, no significa que no estuvieras. Significa solo que nadie te vio.