7. El vestido que nadie se puso #2
Solo tenía que decir el nombre. Solo tenía que decirle a Alba con quién me había apartado aquella noche, y ella iba a entender cosas, muchas cosas, iba a recolocar diecinueve años de la misma manera que yo llevaba desde el amanecer recolocando lo de Adrián. Abrí la boca. De verdad que la abrí.
Y entonces se oyó, arriba, la voz de Roig llamando a Alba por su nombre completo, con esa neutralidad de sargento que es peor que un grito, y Alba sacó los dos pies del agua de golpe, se levantó, se secó las plantas contra la piedra,
y la conversación se cerró como se cierra una puerta con corriente: de un portazo, ella dentro y yo fuera, y las dos sabiendo que faltaba lo importante y que a lo mejor era mejor así.
—Ya voy —le contestó a Roig, con una voz de novia educada que no sé de dónde sacó.
Y antes de subir, sin mirarme, me dijo:
—El vestido. ¿Puedes guardarlo tú? Yo no puedo entrar en ese cuarto.
Se fue por la escalera de piedra con las huellas mojadas marcándose y borrándose detrás de ella en tres pasos por el calor que hacía.
Yo me quedé sola en el bordillo, con la piscina caliente delante, y por primera vez en todo el día metí una mano en el agua, solo la mano, para saber qué se sentía.
Se sentía como un caldo, tenía razón. Caliente y espeso y quieto.
Un agua que no querías que te tocara la cara.
No guardé el vestido. Todavía no. Subí, pero no fui al cuarto de Alba. Fui al cobertizo, donde estaba Diego.
Lo encontré sentado en el suelo, con la espalda contra los cubos de las flores muertas, bebiendo agua de una garrafa como si quisiera vaciarla, con la camisa de la fiesta todavía puesta, arrugada, con el cuello abierto y una mancha de vino tinto en el pecho que parecía otra cosa.
No estaba borracho. O sí, pero no de alcohol.
Diego siempre ha tenido el miedo así, en la boca del estómago, y cuando le sube se emborracha de eso, se le pone la lengua torpe y los ojos brillantes igual que con la ginebra.
—No cambies el agua —dijo, cuando me vio mirar los cubos—. No las toques. Que se pudran. Es lo único que está haciendo en esta isla lo que tiene que hacer.
Me agaché a su lado. Olía a sudor y a flor podrida y a miedo, que huele, aunque la gente no lo diga, huele a moneda vieja.
—Diego.
—Tú también lo sabes ya —dijo—. Lo de Adrián.
Lo del móvil. Sé que le has cogido el móvil, te vi.
La carpeta. FERRER. Lo tenía todo, Nora.
Todo. Fechas, nombres, sabía hasta dónde estaba enterrado su hermano.
Vino a la isla a casarse con Alba y a enterrarnos a todos en la misma boda.
—Se rio, una risa fea—. Menuda luna de miel nos tenía preparada.
—Diego, escúchame. La noche de Rubén. —No me anduve con rodeos; con Diego los rodeos son munición—. El reto. Lo de la boya.
Cerró los ojos. Apoyó la cabeza contra los cubos y las moscas se levantaron un segundo y volvieron a posarse en las flores.
—Fui yo —dijo—. El de la última calada.
—Lo sé.
—No, no lo sabes. —Abrió los ojos y me agarró la muñeca, y tenía la mano helada de la garrafa—.
Todos os habéis pasado diecinueve años sin decir quién propuso el reto, muy señores, muy pacto de sangre.
Pues fui yo. Yo dije lo del cagado. Yo le grité que si llegaba a la boya le daba la última.
Rubén no se metió en el agua por quedar bien con el grupo, Nora.
Se metió por mí. Porque yo era su... —tragó— porque el crío me idolatraba y yo lo trataba como a un perro y aquella noche le grité que era un cagado delante de todos, y se metió, y yo me quedé en la orilla riéndome.
Diecinueve años. Cada agosto. Cada puta ola.
Le dejé la muñeca. Las chicharras. El calor entrando por la puerta abierta del cobertizo como algo con cuerpo.
—Por eso te lo digo a ti y a nadie más —siguió, más bajo, casi hablándole a la garrafa—.
Porque si alguien en esta isla tenía motivos para ahogar a un Ferrer, ese soy yo.
Adrián lo sabía. Me lo dijo anteanoche, borracho, junto a la piscina, me dijo el nombre de su hermano en voz baja y me miró para que supiera que él sabía lo mío.
Que sabía que fui yo el que lo mandó al agua.
—Levantó la cara y me miró, y por debajo del miedo había algo que no había visto nunca en Diego, algo desnudo—.
Y yo te juro, Nora. Te lo juro por mi madre, que está peor que las flores esas.
Yo no toqué a Adrián. Anoche me fui a dormir a las tres, borracho como una cuba, y me desperté con el grito.
No lo maté. Sé que soy el que mejor pinta tiene para haberlo hecho.
Y no lo hice. Y me estoy volviendo loco, porque si no fui yo, y todos éramos un pacto, entonces alguno de los nuestros...
No terminó. No hacía falta. Lo terminé yo por dentro, y creo que él vio que lo terminaba, porque asintió despacio, como se asiente a un funeral.
Le creí. Otra vez. Llevaba todo el día creyendo a la gente, que es lo más peligroso que se puede hacer en una isla con un muerto: creer que sabes quién dice la verdad porque los conoces desde el parvulario.
A Alba le había creído lo de la piscina vacía.
A Diego le creía lo de las tres. Y cada vez que creía a uno, el círculo de los que quedaban se estrechaba, y cada vez que se estrechaba yo estaba más dentro.
Fue entonces cuando apareció Roig en la puerta del cobertizo.