La última en salir de la isla (Islas 1) 7. El vestido que nadie se puso
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7. El vestido que nadie se puso

El vestido llevaba desde el jueves colgado del marco de la puerta de la habitación de Alba, en una percha forrada de raso que alguien, en otra vida, había elegido con ilusión.

Era blanco roto, con la espalda de gasa, y ahora, a mediodía del sábado, tenía el bajo gris de polvo porque nadie había vuelto a barrer aquel pasillo.

Debía ser el día. A esa hora, en la versión de la isla que no ocurrió, yo tendría que estar peleándome con las horquillas del pelo de Alba y jurando que no lloraría y llorando igual.

En vez de eso estaba de pie delante del vestido, con una taza de café frío entre las manos, sin atreverme a descolgarlo.

Nadie se atrevía. Ese era el asunto. Habíamos sido capaces, entre todos, de sostener una mentira durante diecinueve años, de cerrar filas alrededor de un muerto en menos de una hora, de mirar a un sargento a la cara y decirle que sí, que Adrián bebía, que la piscina de noche, que qué desgracia.

Y sin embargo ninguno de los siete que quedábamos vivos era capaz de coger aquella percha y meter el vestido en su funda y hacerlo desaparecer.

Se quedaba ahí, en el marco, como una persona más.

Como una invitada que no sabía todavía que la boda se había cancelado por defunción.

Las flores estaban peor. El continente había mandado el jueves cuatro cubos de plástico llenos de flores blancas —lisianthus, creo, y unas ramas de olivo que a alguien le pareció muy de aquí— y los habíamos dejado en la sombra del porche, junto a la cocina, para montarlos el sábado por la mañana.

El sábado por la mañana teníamos otras cosas.

Así que las flores se estaban muriendo de calor en su propia agua, que ya olía a tallo podrido y a jarrón de tanatorio, y las moscas iban de los cubos a la sábana del cobertizo y de la sábana del cobertizo a los cubos, haciendo su ronda, sin distinguir.

A nadie se le ocurrió cambiarles el agua.

Me acuerdo de haber pensado, con una frialdad que me asustó, que era la primera vez en mi vida que veía morir flores de boda y muerto a la vez y que las flores tardaban más.

El termómetro del porche marcaba treinta y ocho a la sombra. A la sombra.

Bajé a la piscina porque no soportaba el pasillo del vestido, y me encontré a Alba.

Estaba sentada en el borde, en el lado corto, con los pies dentro del agua.

Los pies dentro del agua. En esa agua. Después de lo del amanecer, después de la sábana y las moscas y el sargento, después de que Marta me contara de madrugada que la había visto a ella sola ahí abajo horas antes de que nadie gritara,

Alba tenía los pies metidos hasta el tobillo en la misma piscina donde había aparecido su marido flotando boca abajo, y los movía despacio, adelante y atrás, como una cría en el borde de una fuente.

—Está caliente —dijo sin volverse—. El agua. Como un caldo. Nadie ha apagado la bomba de calor, ¿sabes? Programada para hoy. Para la fiesta. Para que los invitados no pasaran frío al bañarse de noche.

Me senté a su lado. No metí los pies. Eso me lo apunté yo sola, a mi favor, en la lista mezquina de cosas que hacía o no hacía para creerme distinta de ella.

—Alba.

—Ya sé lo que te ha dicho Marta —cortó—. Lo lleva escrito en la cara desde el desayuno. Que me vio aquí. De madrugada. Sola. —Sacó un pie del agua y lo miró, brillante, goteando—. Es verdad. Estuve. No te voy a mentir a ti, Nora, que para eso ya está el sargento.

El calor a esa hora no subía, caía. Caía a plomo sobre la lámina de la piscina y rebotaba, y yo notaba la piedra del bordillo quemándome por debajo de los muslos, y aun así se me había puesto la piel de gallina.

—¿Qué hacías aquí?

—Lo mismo que ahora. —Volvió a meter el pie—.

No podía dormir. Adrián y yo habíamos discutido.

Ya lo sabes, ya lo oísteis todos, no hace falta que ponga esa cara.

Discutimos en la fiesta, delante de la gente, y me subí, y él se quedó abajo bebiendo con vosotros, y yo bajé sobre las cuatro a ver si seguía aquí para...

—se le quebró algo, no la voz, algo por debajo de la voz— para hacer las paces.

Y no estaba. La piscina estaba vacía y quieta y yo me senté aquí mismo, en esta piedra, a esperarlo.

Y no vino. Y me subí. Y a las siete gritó Diego.

—¿No lo viste? —dije—. ¿En el agua? ¿A las cuatro?

—No estaba en el agua a las cuatro, Nora. —Me miró por fin, y tenía los ojos secos, de una sequedad que daba más miedo que las lágrimas—. Estaba vacía. Te lo juro por lo que quieras. La piscina estaba vacía.

Y yo la creí. Ese es el problema de conocer a alguien desde los seis años: que sabes cuándo miente por la manera que tiene de respirar antes, y Alba no respiró antes.

Dijo «vacía» del tirón, sin coger aire, y yo la creí, y en cuanto la creí me entró un frío nuevo, porque si la piscina estaba vacía a las cuatro y Adrián apareció flotando a las siete, alguien lo había metido ahí en esas tres horas.

Y de esas tres horas yo tampoco tenía coartada.

Nos quedamos calladas. Las chicharras arriba, en las higueras, hacían ese ruido de sierra que en agosto deja de ser un sonido y pasa a ser una temperatura.

Abajo el mar lamía la roca, invisible desde ahí, con esa paciencia que tiene el mar cuando ya se ha llevado a alguien y sabe que va a volver a por otro.

—Alba —dije, y noté que se me iba la voz hacia donde no la había llevado en diecinueve años—. Lo de Rubén.

Se le tensó la mandíbula. No dijo nada. Movió los pies en el agua.

—Aquella noche —seguí—. La del Sapo. La del... la del reto.

—No lo llames así. —Cerró los ojos—. Sapo.

Éramos unos crios de mierda, Nora. ¿Sabes lo que es que lo primero que sepa yo de mi marido, lo primero de verdad, sea que era el hermano pequeño de un niño al que nosotros llamábamos Sapo?

Lo he sabido borracho, en una fiesta, la víspera de casarme con él.

Que me casaba con el hermano del niño que dejamos... —abrió los ojos— que dejamos ahogarse.

Ahí estaba. La palabra. En diecinueve años ninguno la había dicho a la cara de otro.

La habíamos rodeado, la habíamos vestido de accidente, de tragedia, de qué mala suerte, de estábamos todos muy afectados.

«Dejamos ahogarse.» Alba la soltó con los pies en el agua caliente y las dos nos quedamos mirando la lámina azul como si esperáramos que subiera a la superficie algo, cualquier cosa, una prueba, un perdón.

—No lo dejamos —dije, por costumbre, por reflejo, por el músculo de mentir que llevaba media vida entrenando—. Fue un accidente. El agua estaba fría, le dio un corte, la olla es traicionera, tú misma...

—Nora. —Me puso la mano en el brazo, y estaba fría de la piscina—. Estamos solas. No hay sargento. No hay móviles grabando. Somos tú y yo, que nos conocemos desde el parvulario. Por una vez en tu vida, por una sola, no me hagas la fotógrafa. No me pongas el encuadre bonito.

Y fue oír eso —«no me hagas la fotógrafa»— y se me abrió entera la noche de 2005 como se abre un carrete velado cuando por fin te atreves a revelarlo entero, no el fotograma que has elegido enseñar durante años, sino la tira completa, con los que salen movidos y los que preferirías cortar.

La hoguera en la cala prohibida. La botella de ginebra caliente que nos pasábamos.

Éramos seis, siete con el Sapo, con Rubén, que siempre andaba pegado a nosotros porque su madre trabajaba en la villa de arriba y no tenía a nadie con quien juntarse.

Doce años él, quince los mayores. Y a alguien —nunca hemos dicho a quién, ese ha sido el pacto más limpio, no señalar la boca de la que salió— a alguien se le ocurrió el reto.

Que quien no fuera capaz de nadar hasta la boya de la olla y volver era un cagado.

La olla, el punto hondo, el agua negra que ni de día se ve el fondo.

Y Rubén, que era el más pequeño y el que menos nadaba y el que más quería que lo dejáramos quedarse, dijo que él iba.

Que él sí. Para que lo dejáramos quedarse.

Y lo dejamos ir. Eso es lo que dejamos. Riéndonos.

Diego gritándole desde la orilla que si llegaba le daba la última calada.

Los mellizos apostando. Y Rubén nadando hacia la boya en el agua negra, cada vez más pequeño, cada vez más callado, hasta que dejó de haber salpicaduras y ninguno lo notó porque estábamos con la ginebra y la hoguera y las cosas de esa edad.

Y aquí está el hueco. Aquí está el fotograma que llevo diecinueve años sin revelar, ni siquiera para mí.

Yo no estaba en la orilla cuando Rubén dejó de salpicar.

Yo me había apartado. Un poco antes, no sé cuánto antes, me había peleado —así lo he llamado siempre, «peleado», qué palabra tan cómoda— con...

con él. Con el chico con el que estaba aquel verano, y del que no voy a escribir el nombre ni ahora, porque hay cosas que aprendes a no escribir para poder seguir mirándote.

Me había dolido algo que dijo. Una tontería de quince años que a los quince años es el fin del mundo.

Y me levanté de la hoguera y me fui detrás de las rocas, hacia el pino, y él vino detrás, y estuvimos allí un rato.

Un rato. Toda mi vida lo he contado como «un rato».

Cinco minutos, me decía. Lo que se tarda en llorar y que te consuelen y volver.

Pero el cuerpo no cuenta como el reloj, y yo era una niña dolida a la que por primera vez alguien secaba las lágrimas con el pulgar, y ese rato que a mí me pareció corto no lo fue.

No lo fue. Cuando volvimos a la hoguera ya gritaba Alba, ya estaba Diego metido en el agua hasta el pecho llamando a Rubén, ya era tarde.

Y yo, que soy la que mejor ve, la del ojo, la que congela el instante exacto en que todo cambia, no estaba mirando.

Estaba detrás de un pino dejándome consolar mientras un niño se hundía en la olla a cincuenta metros de mí.

Ese es mi sitio en la foto de 2005: un hueco. Un hueco con forma de mí.

—Tú tampoco estabas —dijo Alba, en voz muy baja, sin mirarme, y yo di un respingo como si me hubiera leído el carrete—. Cuando gritamos. Tardaste en aparecer. Siempre me he preguntado dónde...

—Estaba detrás —dije. Y la voz me salió rara, ajena—. Detrás de las rocas. Me había ido a llorar. Por una tontería.

—Con quién.

Ahí lo tenía. La conversación de diecinueve años se puso de puntillas, se asomó al borde, con un pie fuera del agua igual que Alba.