6. El sargento no cree en accidentes #3
Roig se retiró temprano a la habitación que le habían dado, la de invitados, y oímos correr el pestillo, y aquel pestillo fue lo más honesto de toda la noche: él tampoco se fiaba de dormir entre nosotros.
Yo no podía dormir. Salí a la parte de atrás, a la escalera de piedra que baja hacia el aljibe, buscando el poco fresco que empezaba a subir del suelo, y me senté con la espalda contra la pared todavía tibia de todo el día de sol, y me saqué la foto del bolsillo por primera vez desde la mañana.
La miré a la luz del móvil, tapando la pantalla con la mano por si Roig no dormía.
Diecinueve años. La hoguera. El agua negra detrás.
Alguien riéndose al filo. Y yo, del otro lado del objetivo, con nueve dedos en la cámara y el índice en el disparador, siendo ya, sin saberlo, la que guardaría todas las pruebas de todos.
—Sabía que estarías aquí.
Marta. Descalza, con una camiseta grande que no era suya, la forastera, la única de todos que no tenía diecinueve años de barro en los pies. Se sentó a mi lado en el escalón sin pedir permiso, y yo guardé la foto tan rápido que se dio cuenta de que guardaba algo y tuvo el tacto de no preguntar qué.
—No puedo con esa casa —dijo—. Ahí dentro todos se miran. ¿Te has fijado? Llevan todo el día mirándose a ver quién habla.
—Es lo que hace la gente que se conoce mucho.
—Es lo que hace la gente que tiene miedo.
—Se abrazó las rodillas. Miró el mar, que ya no se veía, solo se oía, allá abajo, lamiendo la roca con esa paciencia que a mí siempre me ha parecido lo más siniestro de la isla—.
Nora. Te tengo que contar una cosa. Llevo todo el día dándole vueltas a si contártela a ti o contársela a él.
Se me paró algo por dentro. El calor de la piedra, de golpe, no me llegaba.
—Cuéntamela a mí.
—No sé si hago bien.
—Cuéntamela a mí, Marta.
Tardó. Arrancó una brizna de algo que crecía entre dos piedras y la partió en trozos pequeños, muy pequeños, y por fin habló mirando el trozo de brizna y no a mí, que es como se cuentan las cosas que uno preferiría no haber visto.
—Anoche me desperté. No sé la hora. Tarde, muy tarde, cuando ya no se oía a nadie.
Tenía sed, de todo el vino, y no había agua en la habitación, y bajé a la cocina descalza para no despertar a nadie.
—Partió otro trozo de brizna—. Y al pasar por el ventanal del salón, el que da a la piscina, miré.
Sin querer. Uno mira. Estaba oscuro, pero había luna, ya sabes la luna que había. Y vi a alguien junto a la piscina.
El mar, abajo, lamía la roca.
—Alba —dijo Marta—. Era Alba. De pie, junto al agua, en camisón, quieta, mirando la piscina.
Sola. No hacía nada. Solo miraba. Y yo pensé, mira, otra que no duerme, y me bebí el agua y me volví a la cama, y no le di importancia, porque ¿qué importancia iba a darle?
—Levantó por fin la cara y me miró, y en la poca luz que había le brillaban los ojos de una manera que no me gustó, porque no era miedo, era la certeza fría de quien ya ha calculado lo que su recuerdo le hace a otra persona—.
Hasta esta mañana. Cuando lo han encontrado.
Y he empezado a atar. Nora, era de madrugada.
Mucho antes de que Diego diera la voz de alarma.
Horas antes. Alba estaba junto a esa piscina, sola, en mitad de la noche, horas antes de que nadie dijera que Adrián estaba muerto.
No dije nada. No podía. Tenía en el bolsillo una foto de un apellido que alguien había matado dos veces, y ahora tenía, en el oído, a una novia de pie junto al agua en la hora exacta en que aquel agua se quedó con lo suyo.
—No se lo he contado a él —dijo Marta—. Todavía. Quería contártelo a ti primero. No sé por qué. Porque tú... —dudó— tú eres la única de todos que me mira como si me viera. Los demás me miran como si fuera un mueble que trajo Adrián.
—Hiciste bien —dije, y la voz me salió de algún sitio muy lejano, ensayado, la voz de la que ya ha elegido bando sin darse cuenta—. Hiciste bien en contármelo a mí primero.
Y mientras lo decía, mientras le ponía a Marta una mano en el hombro y le decía que no se agobiara, que ya veríamos, que descansara, pensaba una sola cosa, con esa claridad fría que llevaba dándome miedo desde por la mañana:
que ahora éramos tres los que sabíamos que Alba había estado junto a la piscina.
Alba, que había estado. Marta, que la había visto.
Y yo, que acababa de decidir, sin decidirlo, que aquello no se lo iba a contar a Roig hasta que supiera qué me convenía a mí que Roig supiera.
El calor no aflojó en toda la noche. A las tres la piedra de las paredes seguía devolviendo el día entero, como si la isla se negara a soltarlo, y yo me quedé en el escalón mucho después de que Marta subiera, con el peldaño ya frío bajo las piernas y el rumor del agua allá abajo,
contando por costumbre las horas que faltaban para que el juez cruzara el vado y pusiera nombre oficial a lo que todos sabíamos y ninguno decía.
Ocho amigos habían entrado en esa isla. Uno estaba bajo una sábana con moscas.
Y de los siete que quedábamos vivos, ya éramos por lo menos dos los que habíamos aprendido, cada uno por nuestra cuenta y en distinto verano, que mentirle a un sargento que no cree en accidentes es la cosa más fácil del mundo cuando llevas media vida entrenando.