6. El sargento no cree en accidentes #2
con dejar que aquella mujer se ahogara despacio en su propia frase sin terminar, para saber que allí, en esa silla, había algo mucho más grande que una amiga de la infancia triste por un muerto.
—Perdone —dijo Alba al fin—. Es que no he dormido.
—Ya —dijo Roig—. Nadie ha dormido en esta casa, por lo visto.
Y esa frase, «nadie ha dormido en esta casa», la dijo mirando, estoy segura, hacia la ventana de la cocina donde yo fingía aclarar copas, porque hizo una pausa justo al decirla, como si me la regalara a mí también.
A Alba la tuvo poco. Fue delicado, casi cariñoso, y por eso me dio más miedo por ella que por Diego. A Diego lo había dejado enterrarse. A Alba la estaba dejando salvarse, o eso parecía, y yo ya empezaba a entender que Roig era de esos que aprietan más fuerte cuanto más suave hablan.
Me tocó a mí después de la comida.
Habíamos comido de pie, sin ganas, pan y embutido de la despensa, con Adrián todavía junto a la piscina bajo una sábana que alguien había tenido el detalle o el descaro de echarle por encima,
y las moscas empezando a ser un problema con aquel calor que a las tres de la tarde ya rondaba los cuarenta y hacía vibrar el aire sobre las losas.
Roig comió con nosotros. Comió con hambre, sin ceremonia, y habló del tiempo, y contó que él tenía una casa en el pueblo de enfrente y que de crío también había venido a esta isla a robar higos chumbos, y por un momento pareció uno más, y ese fue, creo, su momento más peligroso,
porque a un policía que te enseña los dientes lo temes, pero a uno que se ríe contigo de los higos chumbos le acabas contando cosas.
—Nora Prats —dijo, cuando ya estábamos los dos en la terraza y el resto se había dispersado por la casa como él quería—. La de toda la vida.
—La de toda la vida.
—Fotógrafa, me han dicho.
—¿Quién le ha dicho?
—Uno. —Sonrió—. Aquí todos me cuentan cosas de los otros. Es lo bueno de los grupos viejos. Se conocen tanto que no saben ya qué es un secreto y qué no. —Bebió agua—. Fotógrafa. ¿Y trajo cámara?
—Traje una.
—¿Hizo fotos anoche? De la fiesta.
Y aquí está. Aquí está el momento que llevo contando a media isla que llegaría, el momento en que Nora, que ha pasado veinte años enseñándole a todo el mundo a mentir con la boca cerrada, tuvo que mentir por primera vez con la boca abierta, a un uniforme,
con un muerto a treinta metros y una fotografía movida quemándome contra el muslo en el bolsillo del pantalón.
Porque la respuesta verdadera era sí. Sí hice fotos.
Y no, esa no es la foto que importa; la que importa la hice hace diecinueve años y me la devolvieron ayer metida en mi propia bolsa.
Pero si le decía a Roig que tenía una cámara y que sacaba fotos, la siguiente pregunta sería enséñemelas, y la siguiente sería y esta de aquí, y yo no estaba preparada, no todavía, no antes de saber cuál de nosotros lo había hecho.
—No —dije—. Se me quedó la cámara sin batería en la cena. La dejé en la habitación.
Salió liso. Salió perfecto. Salió con el peso justo de fastidio de una profesional a la que se le muere el equipo en el peor momento, con el gesto de contrariedad y todo, la ceja, el pequeño resoplido.
Salió tan bien que me asusté. Me asusté de la naturalidad.
Me asusté de que el cuerpo lo tuviera aprendido, la mentira, la cara de la mentira, la respiración de la mentira, como se aprende a nadar y ya no se olvida por muchos años que pases sin meterte en el agua.
Diecinueve años sin practicar y me salió a la primera, redonda, como si nunca hubiera parado.
Roig me miró. Bebió agua. No dijo «claro».
No dijo «ya». No hizo el eco. Y esa fue la única señal, la ausencia del eco, de que quizá no me había creído del todo.
A Diego le había devuelto la frase para que la oyera resonar; a mí no me devolvió nada, se guardó mi mentira entera, sin comentarios, en el mismo sitio donde había guardado el temblor de Alba y la coartada demasiado buena de Diego, y siguió preguntándome bobadas cinco minutos más,
la hora de la cena, quién se sentó dónde, si Adrián nadaba bien.
—Nadaba bien —dije, y esta vez era verdad, y me pesó más la verdad que la mentira—. Todos nadábamos bien. Aquí de pequeños vivíamos en el agua.
—En el agua —dijo Roig.
Y ahí, por fin, hizo el eco. Lo hizo con esa. Con el agua. Y me dejó marchar.
La tarde se fue apagando sin que llegara nadie.
La marea, terca, tardó lo suyo, y a las seis el juez seguía sin aparecer, y a las ocho tampoco, y Roig acabó anunciando, sin dramatismo, que el levantamiento sería de noche o de madrugada, que había un problema con la lancha grande, que pasaríamos todos allí una noche más.
Lo dijo mirándonos, y yo creo que lo dijo casi contento, porque una noche más era una noche más de casa cerrada, de siete personas royéndose los nervios, de coartadas que con el cansancio empiezan a descoser por las costuras.
Cenamos poco y mal. Nadie propuso brindar.
Las guirnaldas seguían colgando, ridículas ya, y a alguien le dio por descolgar una y el papel se deshizo en las manos, blando de humedad, y lo dejó donde estaba.