La última en salir de la isla (Islas 1) 6. El sargento no cree en accidentes
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6. El sargento no cree en accidentes

La primera barca de la Guardia Civil llegó a las once y cuarto, cuando el agua de la lengua de arena ya se había retirado lo justo para dejar un vado de cuatro dedos, y aun así el patrón la metió por la olla, por donde no debía, como si le diera igual arañar la quilla con tal de llegar antes.

Lo vimos todos desde la terraza. Nadie dijo nada.

Habíamos pasado cinco horas diciéndonos cosas en voz baja, ensayando sin ensayar, y ahora que aparecía el uniforme se nos había secado la boca a la vez.

Bajó un hombre solo. Eso me sorprendió. Yo esperaba dos, tres, una cinta de plástico, esa parafernalia de las series.

Bajó uno, con una bolsa de tela colgada del hombro y unos zapatos náuticos que ya venían mojados de la travesía, y se quedó un momento parado en el embarcadero mirando hacia arriba, hacia la villa, con la mano de visera.

No con prisa. Como quien calcula una cuesta antes de subirla.

—Guardia Civil —dijo, cuando llegó al primer escalón de piedra, y lo dijo sin levantar la voz, casi con pereza—. Sargento Roig, de la comandancia. ¿Quién ha llamado?

Llamó Diego. Diego levantó la mano como en el colegio y luego se dio cuenta de que era ridículo y la bajó.

Roig tendría cincuenta y pocos. Ancho, no gordo, con una camisa de manga corta de un azul lavado que ya se le pegaba a la espalda por el sudor de la subida, y una cara que no expresaba nada en particular, ni pena, ni alarma, ni esa solemnidad que uno pone delante de un muerto ajeno.

Se secó la frente con el dorso de la mano y miró alrededor sin disimulo: las mesas de la fiesta todavía sin recoger, las guirnaldas de papel colgando fláccidas entre los pinos, las copas con el fondo pegajoso,

el vestido de una de las gemelas doblado sobre una tumbona porque anoche alguien se había bañado con él.

Lo miró todo como se mira un cuadro que ya has visto antes en otro museo.

—Está en la piscina —dijo Diego—. No lo hemos tocado. Bueno. Lo sacamos del agua. Había que sacarlo.

—Claro que había que sacarlo —dijo Roig, y le puso una mano en el hombro, un segundo, ni caliente ni frío—. ¿Y quién es usted?

—Diego. Diego Bonet. Amigo del... del novio.

—Del novio.

—Sí. Se casaban hoy. Se iban a casar.

Roig asintió despacio, como si aquello lo explicara todo o no explicara nada, y pidió que le acompañaran a la piscina.

Fuimos detrás en fila, sin que nadie lo mandara, siete personas siguiendo a un desconocido por su propia casa prestada, y me acuerdo de que pensé, con una claridad fría que me dio miedo de mí misma: ya está aquí el que ordena. Ahora empieza otra cosa.

Se agachó junto a Adrián un buen rato. No lo tocó apenas.

Le miró las manos, se las giró con dos dedos, le miró las uñas, le apartó el pelo mojado de la nuca con el cuidado de quien peina a un niño dormido, y ahí se detuvo un segundo de más.

Yo lo estaba mirando a él, no a Adrián. Vi cómo se detenía.

Vi cómo no decía nada. Se levantó, se limpió las rodillas y nos miró a los siete de uno en uno, sin prisa, como quien pasa lista.

—Bueno —dijo—. Con la marea así no viene nadie hasta la tarde.

El juez, el forense, los míos. Hasta las seis, con suerte.

—Se colgó otra vez la bolsa—. Así que tenemos toda la mañana usted y yo.

Ustedes y yo. Y como aquí no cabe irse a ningún sitio, lo vamos a aprovechar.

Voy a hablar con cada uno un rato. Sin taquígrafos, sin nada, una conversación. ¿Hay una sombra decente en esta casa?

La había. La terraza de poniente, la que a esa hora todavía guardaba el fresco de la noche bajo la parra, con una mesa de hierro y dos sillas.

Alba, que no había abierto la boca desde que él llegó, dijo por lo bajo que ahí, que ahí se estaba bien, y le tembló la voz en «bien» de una manera que no era llanto.

Roig la miró. No dijo nada. Anotó algo mentalmente, se le veía anotarlo, y pidió un vaso de agua.

Se lo llevé yo. No sé por qué me ofrecí.

Sí lo sé: quería tenerlo cerca, medirlo, saber a quién nos enfrentábamos.

Le puse el vaso en la mesa de hierro y él me dio las gracias y me miró un segundo más de lo necesario, ese segundo que los policías deben de practicar delante del espejo, y me preguntó cómo me llamaba.

—Nora.

—Nora qué más.

—Nora Prats.

—¿Y usted de qué los conoce, Nora Prats?

—De toda la vida. Veníamos aquí de pequeños. Los veranos.

—De toda la vida —repitió, igual que había repetido «del novio», y me di cuenta de que era su manera de dejar que una frase se quedara sola en el aire hasta que empezaba a oler a algo—.

Pues empezamos por otro y ahora la llamo a usted.

Vaya diciéndoles que no se me vayan lejos.

Que no es que puedan irse. Pero que no se me pierdan de vista entre ellos, mejor.

Esa frase la entendí de sobra. No se pierdan de vista entre ellos. Traducido: no os pongáis de acuerdo más de lo que ya lo estáis.

Empezó por Diego.

La cocina de la villa daba a la terraza de poniente por una ventana de guillotina que nunca cerraba del todo, hinchada por la humedad de cincuenta veranos, y desde el fregadero, si abrías el grifo flojo y fingías que aclarabas copas, se oía casi todo.

Lo descubrí sin buscarlo y luego ya lo busqué.

Me puse a lavar. Llevaba diecinueve años lavando copas ajenas en mi cabeza; una más no se notaba.

—Cuénteme la noche —oí que decía Roig—. Desde la cena. Con calma.

Y Diego se la contó. Y ahí fue donde se me heló la mano bajo el agua tibia, porque Diego se la contó bien.

Demasiado bien. La cena, el brindis, Adrián que había bebido más de la cuenta, las risas, el momento en que cada uno se había ido a dormir.

Todo redondo, todo con las esquinas limadas, un relato de esos que no tienen hilos sueltos porque alguien se ha entretenido en cortarlos.

Y no mentía en lo grande. Ahí estaba lo peor.

Mentía en lo que callaba. No dijo lo de la piscina de madrugada, la discusión, el nombre que Adrián había soltado a gritos junto al agua, aquel «Sapo» que nos había puesto a todos la carne de gallina.

No dijo nada de 2005. Contó una boda con un novio que bebe y se ahoga, y era una historia perfectamente creíble, y por eso mismo daba pavor: porque yo sabía la cantidad de trabajo que había detrás de una historia tan lisa.

Roig lo dejó terminar. Luego se quedó callado. Yo, desde la cocina, contaba los segundos de aquel silencio y me parecían míos, como si el que no hablara fuera yo.

—Diego —dijo al fin—. ¿Usted duerme bien?

—¿Cómo?

—Que si duerme bien. En general.

—Regular. Como todo el mundo.

—Ya. Es que me cuenta usted la noche entera como si no hubiera pegado ojo. Con detalle. La gente que duerme no se acuerda de a qué hora se acostó cada uno de sus siete amigos. —Una pausa—. Yo no me acuerdo ni de a qué hora me acosté yo anoche.

—Estaba nervioso. Por la boda.

—Por la boda —dijo Roig, y ahí estaba otra vez el eco, la frase dejada sola a secar al sol—. Claro.

No lo acusó de nada. No apretó. Simplemente dejó que Diego oyera el ruido que hacía su propia coartada al ser demasiado buena, y lo mandó a paseo con un «gracias, hombre, mándeme al siguiente» tan amable que Diego debió de salir de allí pensando que había ido bien.

Yo, desde el fregadero, sabía que no. Le había visto la nuca a Adrián.

Sabía lo de la marca. Estaba dejando que cada uno se enterrara solo, a paladas pequeñas, en la fosa que él ni siquiera tenía que cavar.

Lo que voy a contar ahora no lo vi con mis ojos, o no del todo. Lo vi después, atando cabos, y lo cuento como creo que ocurrió, porque hay cosas de aquella mañana que solo entendí cuando ya no tenían remedio.

Diego no volvió con el grupo enseguida. Salió de la terraza, dobló la esquina de la casa hacia el aljibe, donde no lo veía nadie, y se quedó allí de pie, en el único trozo de sombra que quedaba a esa hora, con la espalda contra la piedra fresca.

Sacó el móvil. No para llamar —no había cobertura, eso lo sabíamos todos, la isla se tragaba las llamadas como se tragaba lo demás—, sino para mirar algo, una y otra vez, deslizando el pulgar arriba y abajo por la pantalla como quien busca una salida en un mapa que no la tiene.

Se lo guardó. Se pasó las dos manos por la cara.

Y dijo una palabra en voz baja, para él solo, una sola palabra que no fue un nombre ni una maldición, y que si yo la hubiera oído entonces me habría ahorrado media isla de camino.

Pero no la oí. Estaba en la cocina, con el grifo abierto, escuchando cómo empezaba el turno de otro.

Porque el siguiente fue Alba.

Y Alba fue distinta.

Diego había construido un muro. Alba llegó ya derrumbada, y lo peor es que se le notaba que había intentado no llegar así.

Se sentó en la silla de hierro con las rodillas muy juntas, las manos entre las rodillas, y cuando Roig le preguntó lo mismo que a todos —cuéntame la noche, con calma— ella empezó a contarla y a los tres detalles ya se le había ido la voz por un sitio raro.

—Cenamos —dijo—. Y luego... luego cada uno...

—Con calma.

—Es que no me acuerdo bien del orden. Había bebido. Todos habíamos bebido.

Eso, oído desde la cocina, me pareció más listo de lo que Alba solía ser. Diego había ordenado la noche como un contable; Alba la desordenaba a propósito. O no a propósito. No sabría decir cuál de las dos cosas la hacía más sospechosa.

—¿Usted quería a Adrián? —preguntó Roig de pronto, y no venía a cuento, y por eso venía tan a cuento.

Hubo un silencio. Cerré el grifo sin darme cuenta y el silencio se hizo enorme, delator, así que lo volví a abrir.

—Éramos amigos —dijo Alba—. De pequeños.

—No le he preguntado eso.

—Lo quería como se quiere a... —y ahí se paró.

Y aquí es donde tengo que salir otra vez de mí misma para contarlo, porque lo que pasó en la cara de Alba no lo pude oír, lo reconstruí después por lo que Roig dejó caer y por lo que Marta me contó de madrugada.

Alba se llevó la mano a la boca. No lloró.

Fue peor que llorar. Se quedó con la mano en la boca, mirando la mesa de hierro, y las lágrimas se le quedaron arriba, sin caer, temblando en el borde igual que le había temblado la voz en «bien» una hora antes, y a Roig le bastó con no decir nada,