5. Nadie sale hasta que baje la marea #2
—Nora. —Alba. Se había sentado en el escalón del porche, con la toalla de Nando por encima, y me miraba con unos ojos secos, rojos, enormes—. No lo toques.
—Le tapaba el pie.
—No lo toques —repitió, y no era una orden, era un ruego, y por debajo del ruego había otra cosa que yo conocía muy bien porque la llevaba puesta yo también: miedo a que alguien mirara demasiado.
Me aparté. Me senté a su lado en el escalón, hombro con hombro, las dos mirando el bulto de las toallas de rayas como se mira el mar, sin decir nada.
El sol ya calentaba de verdad. Una chicharra arrancó en los pinos, sola, y luego otra, y en un minuto la isla entera estaba llena de ese ruido de sierra que en agosto es el sonido del calor hecho bicho.
—¿Te acuerdas de que decíamos que esta isla estaba embrujada? —dijo Alba, muy bajito, sin volverse—. De pequeñas. Que decíamos que se quedaba con la gente.
—Me acuerdo.
—No estaba embrujada. —Se le movió la mandíbula—. Solo tiene una marea muy mala y unos amigos peores.
No supe qué contestar a eso, así que no contesté. A veces la única forma de acompañar a alguien es no arreglarle la frase.
Dentro de la casa, en voz baja, seguía la coreografía.
Oía a Diego y a Nando en la cocina montando el relato con la meticulosidad con la que se pone una mesa: quién lo vio primero, a qué hora, quién estaba dónde.
Marta había subido a lo alto de la isla a buscar cobertura y había vuelto sin ella, con la cara roja de la cuesta y una expresión que empezaba a ser la mía: la de la que se está dando cuenta de dónde ha caído.
Los mellizos habían sacado hielo de la nevera del office y lo estaban metiendo en bolsas, para el cuerpo, dijeron, para el calor, y era práctico y era horrible y nadie dijo que fuera horrible.
Y en medio de todo aquello, sobre la mesita de teca, seguía el móvil de Adrián.
Bocarriba. Apagado. A dos metros de mí.
No lo pensé como un plan. Lo pensé como se piensan las cosas de verdad, sin frase, como un animal que ve una puerta abierta.
Yo sabía la contraseña. La sabía porque anoche, en la fiesta, borracho, delante de la piscina, cuando soltó el nombre de Rubén y se le cayó el mundo encima, Adrián había sacado el teléfono para enseñarme no sé qué —una foto, un vídeo,
algo que al final no me enseñó porque Diego se lo llevó del brazo— y yo, que miro sin querer, le vi teclear.
Dos-cero-cero-cinco. El año. El puñetero año, de código.
La gente esconde su vida detrás de la fecha que no consigue soltar.
Esperé. Esperé a que Alba entrara a beber agua, a que la llamaran desde dentro, a que en el porche no quedara nadie más que yo y el bulto de rayas y las chicharras.
Miré hacia la casa. Nada. El sol me daba de lleno en la nuca, en mi nuca, y por un instante pensé en la línea de la suya y se me revolvió el estómago.
Cogí el teléfono. Estaba caliente de estar al sol, caliente como la piel de alguien vivo, y esa fue la peor parte, que quemara como si aún.
Dos. Cero. Cero. Cinco.
Se abrió.
Fondo de pantalla: Alba riéndose en una playa que no era esta, con el pelo al viento, feliz de una manera que ya no iba a volver.
Batería al doce por ciento. Y encima de la foto, las aplicaciones de siempre, el desorden de siempre, la vida normal de un hombre normal que anoche había prometido comprar una casa con jardín.
Fui a las fotos primero, por instinto de fotógrafa.
Miles. Los últimos días: la villa, la barca, Alba, la cena, la olla vista desde el embarcadero, esa mancha oscura del mar que él fotografiaba una y otra vez, ¿por qué la fotografiaba tanto, por qué un hombre saca doce fotos casi iguales de un punto negro del agua.
Me obligué a salir de las fotos. La batería bajaba. Once por ciento.
Y entonces, en los archivos, en esa carpeta donde nadie mira nunca, donde la gente guarda los pdf del banco y los billetes de avión y las cosas que no son fotos, había una carpeta con un nombre.
No decía «boda». No decía «trabajo». No decía «isla».
Decía FERRER.
Y a mí, que había pasado veinte años enseñándome a no pensar ese apellido, que lo había borrado de mi cabeza con la disciplina con la que se borra un nombre en un pueblo pequeño, se me cortó la respiración de golpe, ahí, sentada al sol de las diez de la mañana,
con el teléfono de un muerto quemándome en la mano.
Ferrer. Rubén Ferrer. El Sapo. El chaval de la cala, el que se quedó en la olla, el hermano pequeño al que su hermano mayor no estaba aquella noche para sacar del agua.
El hermano de Adrián.
Toqué la carpeta.
Y no era una foto ni dos. Eran carpetas dentro de la carpeta, ordenadas, con fechas por nombre, con la paciencia de alguien que no improvisa.
«2005». «Prensa». «Atestado». «Ellos». Ese, «Ellos», con siete letras, me hizo daño antes de abrirlo.
Había capturas de pantalla de noticias viejas amarilleadas, escaneadas: «Un menor desaparece mientras se bañaba en la cala de...»
. Había un pdf que parecía la copia de un atestado, con sellos, con casillas, con nuestra letra de entonces en las declaraciones, no la mía, pero la de alguno, la de todos.
Había una lista. Una lista de nombres. Siete nombres.
Con notas al lado. Con horas. Con lo que cada uno había dicho en 2005 y una columna, otra columna, con lo que Adrián había averiguado después que era verdad.
Estaba mi nombre.
Al lado de mi nombre, entre paréntesis, una sola palabra: «cámara».
Adrián no había venido a casarse. O sí, también, porque a lo mejor a Alba la quería de verdad, quién sabe lo que cabe dentro de un hombre.
Pero había venido, sobre todo, a esto. A la isla donde su hermano de doce años se quedó en el agua mientras seis niños se iban a dormir y montaban una versión.
Había pasado años reconstruyéndolo pieza a pieza, con la terquedad callada de los que tienen una herida que no cicatriza porque no la dejan, y lo tenía todo.
No sospechas. Pruebas. Fechas, nombres, la foto que apareció en mi bolsa, seguramente había salido de aquí, de esta carpeta, de este hombre que llevaba dos años sabiendo lo que hicimos y esperando el momento de sentarnos a todos delante y decirlo.
Y anoche, borracho, al pie de la piscina, había empezado a decirlo. Había soltado el nombre. «Rubén.» Se había delatado como hermano de Rubén. Se había puesto, sin querer o queriendo, en el centro de la diana.
Y esta mañana estaba muerto en la misma clase de agua.
Diez por ciento. La pantalla parpadeó un aviso de batería baja y yo lo hice callar con el pulgar. Me temblaba el pulgar. Oí ruido en la cocina, una silla que se arrastraba, la voz de Diego que decía «¿dónde está Nora?», y supe que tenía segundos.
Hice lo único que sabía hacer. Lo que llevo haciendo toda la vida cuando algo es más grande que yo: en vez de guardarlo dentro, lo pasé a un cristal.
Saqué mi móvil del bolsillo de la bata con la otra mano, torpe, y le hice una foto a la pantalla de Adrián.
A la carpeta abierta. A los siete nombres.
Al mío con su paréntesis. La foto salió con reflejo, con mi propia sombra encima, movida, pero se leía.
Se leía FERRER. Se leía «Ellos». Se leía «cámara».
Hay una ironía en esto que no se me escapó ni entonces, con el pulso disparado: que después de veinte años huyendo de una foto que alguien me devolvió, mi primer instinto fuera hacer otra. Como si el único idioma que hablo de verdad fuera ese. Robar la luz de las cosas antes de que se apaguen.
—¿Nora?
Diego, en la puerta del porche.
Dejé el teléfono de Adrián donde estaba, bocarriba, sobre la teca, junto a las gafas dobladas, con la pantalla apagándose sola en ese momento por fin, y me guardé el mío en el bolsillo, y me volví hacia él con la cara más vacía que pude ponerme,
que después de veinte años de práctica es bastante vacía.
—Aquí —dije—. Le he tapado el pie. Se le salía al sol.
Diego miró el bulto de rayas. Miró la mesita.
Miró el teléfono de Adrián. Miró mi bata, mis manos vacías, mi cara de nada.
No es tonto, Diego. Nunca lo ha sido. En 2005 fue el que mejor afinó la versión, el que dijo «nosotros ya nos habíamos ido» con una calma que a todos nos salvó, y esa clase de gente huele cuando alguien acaba de tocar algo.
—Hay que decidir qué contamos —dijo—. Cuando suba la marea y venga la gente. Hay que contar todos lo mismo.
No era una pregunta. Era una mano tendida otra vez, la misma de hace un rato, la misma de hace diecinueve años. Sube al barco, Nora. Repártete tu sexta parte. Es lo que hemos hecho siempre y mira, seguimos vivos, todos menos dos.
Detrás de él, por la puerta, se veía el salón, y en el salón Alba envuelta en la toalla mirando la pared, y Marta con el móvil sin cobertura en la mano, y los mellizos apoyados en la encimera esperando a que alguien mayor decidiera por ellos, aunque ya tenían treinta y tantos y no había nadie mayor,
nunca lo hubo.
Y más allá, por el ventanal, el mar. La lengua de arena todavía cubierta.
El camino cerrado. Horas hasta que subiera la marea.
Horas encerrados en una roca con un muerto, con una carpeta que se llamaba Ferrer y que yo era la única que sabía que existía, y con siete nombres, uno de ellos el mío, esperando a que alguien decidiera la versión.
—Sí —dije—. Hay que contar todos lo mismo.
Y sonreí un poco, lo justo, la sonrisa de la que sube al barco.
Porque una cosa había aprendido en veinte años, y era esta: que la mejor manera de averiguar la verdad de un grupo que miente es ponerte a mentir con ellos, muy cerca, tan cerca que puedas verles las manos.
Y yo, ahora, tenía las manos de todos delante.
Y en el bolsillo, quemando contra el muslo, una foto movida de un apellido que uno de nosotros había matado por segunda vez.