5. Nadie sale hasta que baje la marea
Lo primero que se rompió no fue el silencio. Fue la costumbre de hablar alto.
Nos habíamos pasado tres días gritándonos de una punta a otra de la villa, riéndonos con esa risa de agosto que se oye desde el agua, y ahora, con Adrián boca abajo en el borde de la piscina y el sol asomando gris por detrás del continente,
nadie levantaba la voz por encima de lo que hace falta para pedir la sal.
Como si el volumen normal, de repente, fuera de mala educación.
Como si el muerto pudiera oírnos y encima juzgarnos.
Diego fue el primero en moverse. Se metió en el agua por la parte de las escaleras, sin quitarse las zapatillas, y le dio la vuelta al cuerpo con un cuidado que no le había visto en toda la vida.
Adrián salió del agua con la cara hinchada, esa cara que ya no era una cara sino un molde de cera de la cara, y con la camisa de lino pegada al pecho, la misma camisa blanca con la que había brindado a medianoche prometiéndole a Alba que le iba a comprar una casa con jardín.
Alba seguía de rodillas. No lloraba con ruido.
Le caía el agua de la piscina por los brazos y le temblaba la mandíbula y decía una cosa muy bajito, una y otra vez, que tardé en entender que era el nombre de él.
—Sacadlo del todo —dijo Marta—. No lo dejéis ahí, por favor, sacadlo del todo.
Y lo sacaron. Entre Diego y uno de los mellizos, Nando, tirando de las axilas, y lo tumbaron en las baldosas, y de él salió un charco que se fue extendiendo hacia el desagüe con una lentitud obscena, buscando la pendiente, como si hasta el agua tuviera prisa por irse de la isla y nosotros no.
Yo me quedé de pie donde estaba. Con la bata todavía puesta, descalza, notando bajo las plantas de los pies el frío de la piedra que a mediodía quemaría.
Y en vez de arrodillarme, en vez de acercarme, hice lo que llevo veinte años haciendo cuando algo me supera: miré.
Miré como si tuviera la cámara delante de la cara aunque tenía las manos vacías.
Es un truco viejo. Cuando pones un cristal entre tú y la cosa, la cosa deja de dolerte y empieza a tener composición. Encuadre. Luz. Detalles que no cuadran.
Y algo no cuadraba.
—Hay que llamar —dijo Marta.
Lo dijo desde el porche, con el móvil ya en la mano, la pantalla encendida iluminándole la barbilla en aquella luz sin color.
Era la única que estaba haciendo lo que se hace.
La forastera. La que había llegado el jueves preguntando en voz alta las cosas que ninguno de nosotros preguntaba, y que ahora sostenía el teléfono como quien sostiene lo evidente.
—No hay cobertura hasta arriba del todo —dijo Nando.
—Pues subo arriba del todo.
—Marta. —Diego, escurriendo agua, sin mirarla—. Aunque llames, no viene nadie.
—¿Cómo que no viene nadie?
Y ahí está. Ahí empezó lo que yo estaba esperando sin saber que lo esperaba.
—La marea —dije yo.
Se giraron todos a la vez. Fue la primera cosa que dije desde que Alba había gritado, y me salió con una tranquilidad que a mí misma me dio miedo, porque era la tranquilidad del que ya ha estado aquí.
—Está baja —seguí—. Bajó de madrugada. Y no vuelve a subir lo suficiente para que entre una barca hasta media tarde.
El camino de arena se abre un rato al amanecer, un rato al atardecer, y entre medias esto es una roca en mitad del mar.
No entra ni sale nada. Ni una lancha de Salvamento.
Ni la Guardia Civil. Ni una ambulancia, que además de qué le iba a servir a Adrián una ambulancia.
Silencio. El mar, allá abajo, respirando contra la cala, indiferente, como si ya tuviera lo que había venido a buscar.
—Entonces qué hacemos —dijo Marta.
Y nadie contestó a eso. Pero pasó otra cosa. Una cosa que yo vi porque estaba mirando con el cristal delante, con el encuadre puesto, y que fue peor que el cuerpo.
Empezaron a ponerse de acuerdo.
No en voz alta. No hubo ninguna reunión, nadie propuso nada, nadie dijo «vamos a contarlo así».
Fue más fino que eso, más antiguo. Fue una coreografía.
Nando miró a su mellizo, Guille, y Guille bajó la vista y asintió con la barbilla medio milímetro.
Diego se pasó la mano por la boca. Nando se acercó a Alba y le puso una toalla por los hombros y, al agacharse, le dijo algo al oído, muy despacio, muy suave, y Alba dejó de repetir el nombre.
Se calló de golpe. Como se calla un niño al que le tapan la boca con cariño.
—Estaba muy borracho —dijo Nando, a nadie, mirando el suelo—. Anoche estaba fatal. No se tenía.
—Se cayó —dijo Guille.
—Se metió a nadar solo, borracho, de noche —dijo Diego, y lo dijo probando cómo sonaba, ajustándolo, como quien afina una radio—. Y se golpeó. Y se ahogó. Pasa. Pasa todos los veranos en las urbanizaciones. Sale en el telediario cada agosto, un tío que se mete en la piscina bebido y ya no sale.
—Pasa —repitió Guille, bajito.
—Pasa —dijo Nando.
Y yo lo reconocí. Se me heló algo por dentro, en mitad de un día que iba a llegar a los cuarenta grados, se me heló algo, porque aquello ya lo había oído.
No las mismas palabras. Pero la misma música.
La misma forma de repartirse una frase entre varias bocas hasta que deja de ser la mentira de nadie y pasa a ser, sin más, lo que ocurrió.
En agosto de 2005, en la arena de la cala, con un chaval de doce años que ya no estaba, seis críos habíamos hecho exactamente esto.
Uno dijo «se fue nadando y no volvió». Otro dijo «nosotros ya nos habíamos ido».
Otro dijo «era muy suyo, siempre se iba solo».
Y a la tercera vez que se dice una cosa entre varios, la cosa se solidifica, se queda, echa raíces, y ya nadie recuerda quién la dijo primero porque la dijimos todos, y esa es la trampa del silencio coral: que como es de todos no es de nadie, y como no es de nadie, no pesa.
Diecinueve años cargándolo entre varios para que a cada uno le pesara solo su sexta parte.
Estaba viéndolo otra vez. Los mismos, mayores, con canas y con hipotecas, montando la versión antes de que nadie se la pidiera, antes incluso de saber si hacía falta mentir.
Por puro instinto. Porque esta gente aprendió de pequeña que cuando el agua se lleva a alguien, lo primero no es el muerto: es la historia.
—Nora. —Diego me estaba mirando—. ¿Verdad que la marea no sube hasta la tarde?
Me estaba metiendo dentro. Me estaba tendiendo la mano para que subiera al barco con ellos, como si no llevara veinte años intentando no subir.
—Verdad —dije.
Y con esa palabra, sin querer, ya estaba dentro otra vez.
Empezó a hacer calor enseguida. El calor de la isla no viene poco a poco, no te avisa; en cuanto el sol despega del horizonte, la roca lo empieza a devolver por debajo, y a las nueve de la mañana ya tienes ese aire quieto que huele a pino reseco, a sal cristalizada en las barandillas,
a la ceniza mojada de la barbacoa de anoche que nadie recogió.
El mismo día que teníamos que haber celebrado una boda.
La guirnalda de bombillas seguía cruzada de pino a pino sobre la piscina, encendida todavía, unos puntitos amarillos ridículos contra la luz de la mañana, y debajo de ella, tapado ahora con dos toallas de playa de rayas, estaba Adrián.
Decidieron subirlo a la sombra del porche.
«No lo podemos dejar al sol», dijo Marta, y tenía razón en lo peor de la frase, en lo del sol, porque a mediodía en aquella terraza se cocía cualquier cosa.
Lo movieron con torpeza, con ese respeto exagerado de quien no ha tocado nunca un cadáver, y yo aproveché.
Aproveché que estaban todos ocupados con el peso, con los pies, con la cabeza que se vencía, para acercarme por fin.
Para mirar de cerca. Con el cristal delante. Con el oficio.
Yo he fotografiado muertos. No es algo que cuente en las cenas.
Trabajé dos años para una agencia que cubría lo que cubría, y aprendí a mirar un cuerpo por el visor sin mirarlo de verdad, a fijarme en el encuadre para no fijarme en el hombre, y esa costumbre no se te quita nunca.
Ves lo que no encaja antes de decidir mirarlo.
Es como leer una habitación y notar que un cuadro está torcido sin haberlo mirado aún.
Y en Adrián había un cuadro torcido.
Un ahogado de piscina borracho, uno de esos del telediario de agosto, se cae, se golpea, traga agua, y se queda.
Vale. Pero un tío que se cae solo, de noche, borracho, no tiene la marca que tenía Adrián en la nuca.
Bajo el pelo mojado, en la base del cráneo, justo donde la cabeza se junta con el cuello, había una línea.
No un chichón. No el reventón redondo de un golpe contra el bordillo, que yo esos los he visto y son otra cosa, son una flor morada que se abre desde un punto.
Esto era una línea. Recta. Con cuatro moraduras seguidas, como cuatro dedos de sombra.
Algo le había apretado ahí. Algo o alguien le había puesto una presión en la nuca de arriba abajo, no de fuera adentro.
Y había otra cosa, más tonta, más de fotógrafa: sus gafas.
Adrián no veía tres en un burro sin gafas, se pasó tres días quitándoselas para limpiarlas cada dos por tres.
Un hombre borracho que se mete a nadar de noche no se quita las gafas y las deja dobladas, con las patillas cerradas, alineadas con el canto de la mesa.
Estaban en la mesita de teca, junto a la tumbona.
Dobladas. Colocadas. Paralelas al borde.
Y al lado, su móvil, bocarriba, con la pantalla apagada.
Un hombre que va a tirarse a la piscina no ordena sus gafas antes.
O sí. O estaba tan borracho que hizo el gesto de siempre por costumbre, se quitó las gafas, las dejó bien, y se metió, y se ahogó, y no hay ninguna línea en ninguna nuca sino una sombra de la luz de las bombillas y una fotógrafa que lleva tres días sin dormir viendo cosas donde no las hay.
También podía ser eso. Yo quería que fuera eso.
Lo quería con todas mis fuerzas, con las mismas fuerzas con las que a los nueve años quería que la cala prohibida fuera solo una cala.
Me arrodillé. Fingí que le colocaba bien una toalla, que le tapaba un pie que se había quedado fuera, y le miré la nuca de cerca, un segundo, dos, los que pude antes de que alguien lo notara.
La línea seguía ahí. No se había ido porque yo la mirara.
Las cosas, cuando son de verdad, no se van porque las mires; se van cuando dejas de mirarlas, y por eso la gente deja de mirar.