La última en salir de la isla (Islas 1) 4. Antes de que amaneciera #2
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4. Antes de que amaneciera #2

Adrián no era de los nuestros. Eso lo habíamos tenido claro desde el principio y por eso, supongo, ninguno le habíamos hecho demasiado caso, más allá de la cortesía de la boda.

Había aparecido en la vida de Alba hacía dos años, en una de esas historias de adultos que empiezan tarde y van con prisa.

No sabíamos casi nada de él. De dónde era exactamente, no.

A qué se dedicaba, algo de barcos, de seguros de barcos, una cosa así que nadie había terminado de escuchar.

Y sin embargo, desde el primer día, me había preguntado por mis carretes viejos de la isla.

Por las fotos que hacía de cría con la cámara de mi padre.

Como si supiera que existían. Como si hubiera venido a por ellas.

Esa noche bebía. Bebía como beben los hombres que están celebrando algo que no es lo que dicen que celebran. Con método. Sin ruido. El vaso siempre lleno y la mano siempre firme, hasta que de pronto no lo está.

Me lo encontré junto a la piscina, hacia la una, cuando ya casi todos habían aflojado y la música se había hecho más lenta.

Estaba de pie en el borde infinity, en el sitio exacto donde el agua se derramaba sobre el mar, con los pies descalzos justo en la línea, mirando abajo.

Mirando el negro. Me puse a su lado porque no supe no ponerme.

—Bonito, ¿eh? —dijo, sin mirarme—. No sabes dónde acaba.

—Da un poco de vértigo.

—Da mucho. —Se rió solo, hacia dentro—. Alba dice que de día se ve la roca. Que la piscina está justo encima de una poza. Que hay un sitio ahí, en vuestro mar, que llamáis de una manera. La olla, ¿no? La olla.

Lo dijo bien. Lo dijo como se dice una palabra que has repetido muchas veces en tu cabeza para que no se te olvide. No como la dice un forastero que la ha oído una vez.

No contesté. El corazón me había hecho una cosa rara, un tropiezo, y me quedé muy quieta como si al no moverme la conversación pudiera no haber pasado.

Adrián bebió. Miró el agua. Y entonces, casi sonriendo, con esa ternura torcida de los borrachos que de pronto se ablandan y dicen la verdad porque ya no les caben más horas de callarla, dijo, más para el agua que para mí:

—A mi madre nunca le gustó ese nombre que le pusisteis.

El de Sapo. —Una pausa. El hielo crujiendo en el vaso—.

Ella lo llamaba Ruvi. Solo ella. Rubén para el colegio y Ruvi para ella.

Y todos los demás, Sapo. Qué cosa. Que un crío se muera y que lo último que le queda sea el nombre feo que le pusieron unos niños en una playa.

Lo dijo sin levantar la voz. Sin girarse. Y lo terrible no fue el nombre. Lo terrible fue que dijo «pusisteis». En segunda persona del plural. Como quien pasa una factura a una empresa entera.

Yo tenía la palabra Sapo enterrada tan hondo que llevaba veinte años sin oírla, y ahí estaba, saliendo de la boca del novio de mi amiga la noche antes de su boda, junto a una piscina que se hacía la tonta encima del sitio exacto.

Y con ella salía la otra, la que yo no había sabido nunca porque nosotros no supimos nunca que aquel niño tuviera madre que lo llamara de otra manera, porque para nosotros no había sido un hijo de nadie, había sido el Sapo, la mascota, el peaje.

Ruvi. Solo lo llamaba así ella, había dicho. Ella. Su madre.

Su madre. Que era, tenía que ser, la madre también de este hombre que estaba de pie en el borde del agua diciéndolo.

Se me juntaron dos cosas en la cabeza a la vez y por un instante no me cupieron.

El niño de los ojos saltones que nadaba con las piernas abiertas.

Y este hombre alto, guapo, tranquilo, con algo en los ojos que yo había tomado por seguridad y que era otra cosa, que era paciencia, que era la paciencia de quien lleva mucho tiempo esperando un momento y sabe esperar el que le queda.

Los ojos. Cómo no lo había visto. Tenían la misma forma.

La misma agua saltona debajo, disimulada por veinte años y por ser un hombre.

Adrián no había venido a casarse con Alba.

Adrián había venido a la isla.

Abrí la boca. Iba a preguntar. Tenía la pregunta entera formada, «¿tú quién eres?»

, o peor, «¿tú qué sabes?», que era la única que importaba, y me quedé con ella dentro.

Porque en ese momento Alba apareció por detrás y le puso a Adrián una mano en la espalda, una mano de dueña, de novia, y le dijo al oído algo que lo hizo sonreír y girarse, y el hombre que un segundo antes hablaba con el agua negra volvió a ser el hombre que se casaba mañana,

y me miró por encima del hombro de ella con una cara que ya no decía nada, que había vuelto a cerrarse, y yo entendí que la ventana se había abierto solo el tiempo que el alcohol la había tenido abierta y que ya estaba cerrándose otra vez.

Podía haberme quedado. Podía haber esperado a que Alba se fuera y haber vuelto a su lado y haberle preguntado todo, esa noche, junto a la piscina, cuando todavía estaba blando y hablaba.

Lo he pensado cada día desde entonces. Que si me quedo, si pregunto, si le pongo yo la mano en el brazo y le digo Adrián, o le digo Ruvi, dime, qué has venido a hacer, a lo mejor. A lo mejor.

Pero no me quedé. Me fui a dormir.

Me fui a dormir porque tenía miedo, y el miedo, cuando es de verdad, no te hace valiente, te hace pequeño, te manda a la cama como a una niña.

Me fui a dormir con la sensación de haber entendido una cosa que todavía no sabía nombrar, una forma bajo el agua que se adivina pero no se ve, como la roca de la olla bajo la lámina azul de la piscina: sabes que está, sabes que es dura, sabes que si caes te la encuentras,

pero desde arriba solo ves el azul quieto haciéndose el bonito.

Subí a la habitación. Cerré la puerta con pestillo, cosa que no había hecho las noches anteriores.

En el pasillo, al pasar, la otra puerta, la que estaba cerrada con llave desde el primer día y que nadie explicaba, tenía una raya de luz por debajo.

Alguien estaba dentro. No llamé. Ya he dicho que el miedo me había hecho pequeña.

Me tumbé vestida encima de la colcha. Por la ventana abierta entraba el ruido de la fiesta deshaciéndose, las últimas voces, una risa que se apagaba, el chapoteo de alguien que se había metido en la piscina, el agua moviéndose y volviendo a quedarse quieta.

Y por debajo de todo eso, más hondo, el otro sonido, el que la piscina fingía no oír: el mar de verdad, la olla, respirando contra la roca en la oscuridad, subiendo y bajando, subiendo y bajando,

como llevaba respirando desde antes de que ninguno de nosotros naciera y como seguiría respirando cuando ya no quedara nadie que recordara ningún nombre.

Me dormí con el calor pegado al cuerpo como una segunda ropa. No soñé, o no me acuerdo. A veces creo que la cabeza, cuando sabe lo que viene, tiene la decencia de no enseñártelo antes de tiempo.

Me despertó el grito.

Vino de fuera, de abajo, de la zona de la piscina, y no era un grito de fiesta ni de borrachos que siguen a las tantas.

Los gritos tienen formas distintas y el cuerpo las distingue todas aunque la cabeza esté dormida.

Este era el otro. El que sale de un sitio del pecho que no se usa casi nunca.

El que solo se usa una o dos veces en la vida, si tienes mala suerte.

Estaba amaneciendo. Esa luz gris de antes del sol, sin color todavía, la hora en la que la marea baja y aparece el camino, la hora exacta en la que veinte años atrás subimos de la cala con las manos frías.

Me levanté de golpe, todavía vestida, y salí al pasillo, y el pasillo ya estaba lleno de gente que salía de sus habitaciones a medio vestir, los mellizos, Diego con la misma camiseta de anoche, Marta descalza y blanca como el papel.

La puerta cerrada con llave, esta vez, estaba abierta. Vacía.

Llegué a la terraza detrás de todos y por eso los vi antes de ver lo que miraban. Vi las espaldas quietas. Vi a Alba de rodillas en el borde de la piscina, en camisón, sin gritar ya, con la mano metida en el agua y el brazo extendido hacia algo que no alcanzaba.

Y luego lo vi a él.

Adrián estaba en la piscina. Boca abajo.

En el borde infinity, justo donde la lámina de agua se derrama sobre el mar, en el sitio exacto donde la noche anterior me había hablado de la olla con los pies en la línea.

Flotaba con los brazos abiertos y las piernas un poco separadas, quietas, y la luz gris del amanecer entraba por debajo del agua todavía encendida y lo iluminaba desde el fondo, azul, como se ilumina una cosa que ya no va a moverse.

Desde donde yo estaba, con el mar negro detrás sin línea que lo separara de la piscina, no se veía dónde acababa el agua domesticada y empezaba la honda.

No se sabía. Parecía que flotaba en las dos a la vez.

Parecía, y esto no se lo he dicho nunca a nadie y no sé por qué lo digo ahora, parecía un niño.

Un niño con los ojos saltones y las piernas abiertas al que veinte años atrás vimos hacerse pequeño en un agua igual de negra mientras nos reíamos en la arena.

El mar no devuelve lo que cae en la olla.

Eso me enseñó mi padre. Lo que no me enseñó, porque no lo sabía, es que a veces la olla tiene paciencia.

Que espera. Que deja pasar diecinueve veranos y al vigésimo te trae de vuelta, flotando en la misma clase de agua, al hermano del que se llevó, para que ninguno de los que estábamos en aquella arena podamos ya decir que aquello quedó atrás.

Nadie se movía. Y en ese silencio, en esa luz sin color, con Alba de rodillas y el agua todavía encendida y el sol a punto de salir por detrás del continente, pensé una sola cosa, clara, fría, la primera cosa clara que pensé en tres días.

Que la marea estaba baja. Que el camino, ahí abajo, acababa de abrirse.

Y que ahora ya no importaba, porque ninguno de nosotros iba a poder irse de esta isla sin decir, por fin, en voz alta, la palabra que llevábamos veinte años sin nombrar.