4. Antes de que amaneciera
Encontré a Diego en la parte de atrás de la casa, donde el suelo dejaba de ser baldosa y empezaba a ser roca, fumando un cigarro que no había fumado delante de nadie.
Se había traído a la isla la costumbre de esconderse para hacer las cosas pequeñas, y eso ya me decía más de él que cualquier cosa que fuera a contarme.
—No fumas —dije.
—Aquí fumo.
El sol se había caído por detrás del continente y había dejado el cielo de ese color que no tiene nombre, entre el naranja sucio y el morado, el color de las siete y media de agosto cuando el día no termina de morirse.
Abajo, el mar estaba quieto. La lengua de arena ya no se veía.
La marea había subido y nos había dejado a los siete dentro, como todas las tardes desde hacía tres días, con la villa arriba y el agua alrededor y una sola manera de salir que no volvería a abrirse hasta el amanecer.
Saqué la fotografía del bolsillo del pantalón.
La había doblado y desdoblado tantas veces en las últimas horas que el papel había empezado a agrietarse por la mitad, como se agrietan las cosas viejas cuando insistes en tocarlas.
La sostuve en alto, entre los dos, a la altura de su cara, para que la viera bien.
—Esta la hice yo —dije—. Con mi cámara. Aquella noche. Alguien la ha guardado veinte años y me la ha metido en la maleta.
Esperé. Esperé la sorpresa, la cara de quien no sabe de qué le hablan, la mano que se extiende a coger el papel para mirarlo de cerca.
Esperé la mentira, incluso, que habría sido más limpia.
Con una mentira se puede trabajar. Una mentira es una puerta cerrada, y una puerta cerrada al menos te dice dónde está la habitación.
Diego no hizo nada de eso. Miró la foto un segundo, medio segundo, el tiempo justo de reconocerla, y volvió a mirarme a mí. Sin sobresalto. Sin pregunta. Como quien mira una factura que ya sabía que iba a llegar y solo comprobaba la cantidad.
Le dio una calada al cigarro y soltó el humo hacia un lado, lejos de mí, con esa educación que tienen los hombres que hacen daño despacio.
—Guárdala —dijo—. Aquí no.
—Diego.
—Que la guardes, Nora. Hay ventanas.
Y ahí, en esa frase de nada, en ese «hay ventanas» dicho como quien avisa de que va a llover, entendí lo que llevaba tres días sin querer entender del todo.
Que no era una casualidad. Que no me había traído a mí misma a la isla por nostalgia ni por Alba ni por la boda.
Que alguien había montado todo esto y que Diego lo sabía, y que su miedo no era a que yo supiera. Su miedo era a que lo dijera fuera.
Me guardé la foto. No por hacerle caso. Porque me temblaban las manos y no quería que lo viera.
Bajé sola a la cala cuando ya era de noche del todo.
No sé por qué lo hice. O sí lo sé, pero es de esas cosas que una prefiere no saber que sabe.
Bajé sin encender nada, a oscuras, la mano agarrándose sola a la mata de lentisco que seguía estando donde estaba, el olfato reconociendo el sitio antes que los ojos: a sal reposada, a alga seca, a piedra que ha estado todo el día guardando el calor y ahora lo suelta despacio por debajo,
como un animal grande que respira dormido.
La cala olía a 2005. Los sitios guardan los veranos mejor que nosotros.
Y entonces se me abrió el recuerdo entero.
No el fogonazo de la tarde anterior, la hoguera y la risa al filo del agua, no ese trozo suelto que se me escapaba antes de poder mirarlo.
Esta vez vino completo, en orden, con su principio y su cuerpo y su final, y lo peor de todo es que vino tranquilo, casi ordenado, como una habitación que llevaba veinte años cerrada y de pronto alguien enciende la luz y está todo tal cual lo dejaste.
Éramos seis en la arena y él era el séptimo, y el séptimo siempre sobraba un poco.
Era más pequeño. Tres años, cuatro. La edad que a los quince es un abismo y a los treinta y cuatro no es nada.
Venía porque su hermano mayor era amigo del hermano mayor de alguien, esas cadenas de la infancia en los pueblos de costa donde acabas veraneando con gente a la que nadie eligió.
Se pegaba a nosotros. Se reía nuestras cosas medio segundo tarde, como quien no acaba de entender el chiste pero no quiere quedarse fuera.
Y nosotros lo dejábamos venir porque tenerlo cerca nos hacía sentir mayores, y le hacíamos pagar el peaje de estar cerca con el nombre que le habíamos puesto.
Lo llamábamos el Sapo.
No me acuerdo de quién empezó. Nadie se acuerda nunca de quién empieza esas cosas, y esa es exactamente la trampa, que la crueldad de un grupo no tiene autor, la firma todo el mundo y no la firma nadie.
Le decíamos el Sapo por los ojos, que los tenía un poco saltones, y porque nadaba mal, con las piernas abiertas, dando esas patadas de rana que no lo llevaban a ningún sitio.
«Salta, Sapo.» «Al agua, Sapo.» Y él se reía.
Esa es la parte que no he podido quitarme en veinte años.
Que se reía. Que le decíamos Sapo y él se reía como si le hubiéramos dado algo, porque un nombre, aunque sea un nombre que hace daño, es una manera de que existas para los demás, y él prefería existir así que no existir.
Aquella noche habíamos bebido. Poco, para lo de ahora; mucho, para lo que éramos entonces.
Ron con una Fanta que se había puesto caliente, en vasos de plástico que se doblaban.
Alguien retó a alguien a bañarse de noche en la olla.
En la olla no se bañaba nadie ni de día.
La olla era el sitio hondo, el punto negro del mar que mi padre me señalaba con el dedo, donde el fondo se caía de golpe y el agua se ponía fría de repente aunque arriba estuviera tibia, y donde había una corriente que giraba sobre sí misma cuando cambiaba la marea.
Todos sabíamos que ahí no. Era la única regla del verano y la sabíamos todos.
El reto fue subiendo. De boca en boca, de vaso en vaso, como suben las cosas cuando seis personas se dan cuerda entre ellas y ninguna quiere ser la que corta.
Primero era una tontería. Luego era una gallina el que no.
Y en algún momento, no sé cuándo, no sé de quién fue la boca, el reto dejó de ser para cualquiera y fue para él.
Para el Sapo. Porque el Sapo haría lo que fuera por quedarse dentro. Porque el Sapo nunca decía que no.
—Enséñales, Sapo. Que nadas mejor que todos.
No nadaba mejor que nadie. Nadaba peor que todos.
Y se metió igual, de noche, en la olla, con la Fanta caliente todavía en el estómago y nosotros riéndonos en la arena, iluminándolo con una hoguera que no llegaba al agua, viendo su cabeza redonda hacerse pequeña, y más pequeña, y luego oyendo cómo la risa suya cambiaba de tono,
cómo dejaba de ser risa antes de que ninguno de nosotros quisiera darse cuenta de que había dejado de ser risa.
Lo demás no lo voy a contar aquí, de pie en la misma arena, con los pies descalzos en el mismo sitio. Hay cosas que el cuerpo no puede sostener dos veces.
Solo diré esto: que cuando volvimos a subir a la casa ya era casi de día, y que antes de que amaneciera, en el porche de la casa de los padres de alguien, con las manos todavía frías y la ropa mojada de haber entrado a por él demasiado tarde, tomamos la decisión.
No hubo discurso. No hizo falta. Uno lo dijo y los demás asentimos, y el que no asintió tampoco dijo lo contrario, y eso, en un grupo, es lo mismo que asentir.
Que había sido un accidente. Que él se había metido solo.
Que nosotros no estábamos. Que de aquella noche, de la hoguera, del reto, del nombre, no se hablaba. Nunca. Ni entre nosotros.
Y lo cumplimos. Dios, cómo lo cumplimos.
Veinte años sin nombrarlo. Veinte años en los que ninguno de los seis dijo la palabra Sapo en voz alta, hasta el punto de que a veces, en las noches malas, yo llegaba a dudar de que hubiera existido,
de que aquel niño de ojos saltones fuera real y no una cosa que me había inventado para tener remordimiento, porque hay culpas tan grandes que una preferiría habérselas inventado.
Lo enterraron en el pueblo de él, que no era el nuestro. No fuimos. Sus padres se lo llevaron y no volvieron a veranear nunca, y nosotros seguimos volviendo, más callados cada año, hasta que dejamos de volver, hasta esta boda, hasta esta isla, hasta esta noche.
Subí de la cala con la ropa pegada de sudor, no de agua. Arriba, la fiesta ya había empezado.
Habían encendido la piscina.
Era una de esas piscinas infinity, de las que la editorial de la villa habría descrito como «lámina de agua que se funde con el horizonte», y la verdad es que a la luz de la noche cumplía la promesa de una manera que ponía la piel de gallina.
El borde de la piscina desaparecía. El agua iluminada por abajo, de ese azul químico y quieto, se derramaba visualmente sobre el negro del mar, y desde la terraza no se veía dónde acababa una cosa y empezaba la otra.
Piscina y mar. Lo domesticado y lo hondo.
Cloro y sal en el mismo golpe de aire, y por debajo, muy por debajo, si te asomabas, el ruido del agua de verdad rompiendo contra la roca que la de la piscina fingía no oír.
Habían puesto música baja. Faroles. Una mesa larga con hielo que se derretía más rápido de lo que nadie bebía, porque a esa hora la isla seguía teniendo la temperatura de un horno recién apagado, ese calor de agosto que no baja con el sol,
que se queda dentro de las paredes y de la gente y sale de noche por la boca cuando hablas.
Los mellizos discutían de fútbol para no discutir de otra cosa.
Marta, la forastera, iba de grupo en grupo con su copa, haciendo las preguntas que hacen los que no saben lo que no se pregunta, y cada vez que abría la boca yo veía a Alba tensarse desde la otra punta de la terraza como se tensa un hilo de pescar cuando algo ha picado abajo.
Alba estaba guapa de esa manera cansada de las novias la víspera.
Se casaba al día siguiente, en la cala de arriba, la que sí se podía pisar, con Adrián, y llevaba tres días sonriendo a todos con una sonrisa que le llegaba a la boca y se paraba ahí.
Yo la conocía desde los seis años. Sé leerle la boca.
Aquella sonrisa era la misma que puso en el porche antes de que amaneciera, el verano que no nombramos.
Y luego estaba Adrián.