La última en salir de la isla (Islas 1) 3. Lo que el agua no devuelve #3
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3. Lo que el agua no devuelve #3

De noche. Una hoguera baja en el centro, chisporroteando, y alrededor las caras naranjas de los críos que fuimos, más pequeños, todos, con esa fealdad guapísima de los catorce, los quince años, las rodillas con costras y los flequillos mojados.

Estábamos todos. Los mellizos, gemelos hasta en la postura.

Alba con el pelo largo, larguísimo, antes de que se lo cortara para siempre.

Y al fondo, medio fuera del encuadre, en el filo del agua, de espaldas, riéndose —lo sé aunque no se le vea la cara, lo sé por los hombros, por cómo alguien se ríe con todo el cuerpo—, una figura que no voy a nombrar todavía porque todavía me cuesta.

Le di la vuelta a la foto otra vez. En el reverso, en el borde blanco, había una fecha escrita a lápiz, con mi letra de entonces, esa letra redonda de niña aplicada que ya no tengo: Agosto 2005.

Y entonces se me heló todo por dentro, con el calor de la habitación pegándoseme a la espalda y el ventilador soplando y todo, se me heló, porque reconocí algo más que la escena.

Reconocí el encuadre. Reconocí ese temblor de la foto de haber apretado el botón con miedo a que saliera movida.

Reconocí la manera de cortar a la gente por los bordes, torpe, mía. Esa foto no me la habían hecho a mí.

Esa foto la había hecho yo.

Con mi cámara. La analógica que aquel verano me habían regalado por el cumpleaños, la misma clase de cámara que había bajado esta mañana a la cala colgada del cuello como una coartada.

Yo hice esa foto. Yo estuve detrás, de pie, en la arena de esa cala, aquella noche, apretando el botón mientras alguien se reía demasiado cerca del agua.

Y por eso yo no salgo en ella. Por eso siempre me acordé de la hoguera desde fuera, desde detrás, desde el ojo de la cámara: porque yo era la que miraba.

El carrete de esa cámara no lo revelé nunca.

Lo juré. Me deshice de él. Recuerdo perfectamente deshacerme de él, o recuerdo el alivio de haberme deshecho de él, que a veces es lo mismo y a veces no.

Y sin embargo aquí estaba, en mis manos, veinte años después, revelada, impresa, guardada por alguien todo este tiempo con un cuidado que daba más miedo que cualquier amenaza, en un cajón, en un sobre, en la oscuridad, esperando.

Alguien había tenido esta foto veinte años.

Alguien la había traído a esta isla. Y alguien, esta tarde, mientras yo bajaba a la cala a no hacer fotos, mientras comíamos sardinas, mientras Alba se encerraba con su jaqueca, había entrado en mi cuarto, había abierto mi bolsa y me la había dejado debajo de la ropa.

No como recuerdo. Los recuerdos se enseñan, se comentan, mira qué pequeños, cómo hemos cambiado. Esto no se enseñaba. Esto se escondía debajo de mi camiseta para que lo encontrara yo sola. Esto era un mensaje, y el mensaje era muy sencillo, tan sencillo que se entendía sin una sola palabra escrita.

Yo sé lo que hiciste. Y tengo la prueba de que estabas allí.

Me senté en el borde de la cama con la foto en las rodillas y el corazón haciéndome otra vez lo que me había hecho por la mañana en la arena.

Abajo empezaba el ruido de la cena, los platos, las risas, la voz de Marta preguntando algo, la de Adrián contestando, la casa entera encendiéndose para la noche como se enciende cada noche, ajena, cálida, normal.

Y yo arriba, en el cuarto a oscuras, con treinta y ocho grados fuera y un frío dentro que no me quitaba nadie, mirando una foto que había hecho yo con quince años y que alguien de esta casa, alguien que en ese momento estaba poniendo la mesa o abriendo el vino o sirviéndome a mí un sitio,

había guardado dos décadas para devolvérmela justo ahora.

Porque esa era la otra cosa. Lo peor. No era solo que alguien supiera. Es que ese alguien estaba aquí. En la isla. De este lado del agua. Conmigo. Con el camino cortado hasta la mañana y la marea alta y la barca amarrada y ningún sitio a donde ir.

Guardé la foto en el forro de la bolsa, en el bolsillo de la cremallera, donde llevo el pasaporte.

Me puse el vestido verde. Me miré en el espejo del baño y me arreglé la cara como me la arreglo siempre, que es una cosa que sé hacer, poner la cara de que no pasa nada, la llevo puesta desde los quince años, la tengo más practicada que ninguna otra.

Y bajé a cenar con mi gente, con mis amigos de toda la vida, con la persona que me había registrado la maleta, sin saber cuál de ellos era.

Bajé sonriendo. En esta casa, la que no sonríe es la que ha visto la foto.

Y todavía hacía calor. A las nueve de la noche, con el sol ya metido en el mar, la piedra de la casa seguía echando el calor que había tragado todo el día, despacio, por las paredes, como si la isla entera estuviera sudando lo que sabía y no decía.

Yo también. Me serví vino nada más sentarme.

Estaba frío, esta vez. Me lo bebí igual de rápido que el caliente de anoche.

Porque hay cosas que el mar no devuelve.

Eso me lo enseñó mi padre, señalando la olla: lo que cae ahí, Nora, no vuelve.

Lo que no supo decirme es que hay cosas peores que las que no vuelven.

Las que sí vuelven. Las que alguien te guarda veinte años y una tarde de agosto, con el camino cortado y la casa llena, te deja debajo de la ropa para que sepas que la fiesta, en realidad, no ha empezado todavía.