La última en salir de la isla (Islas 1) 3. Lo que el agua no devuelve #2
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3. Lo que el agua no devuelve #2

Con Diego nunca se sabe. Es lo que lo hace peligroso. Sonríe igual para las dos cosas.

—Estás muy callada —me dijo bajito, mientras los demás discutían si el arroz de la boda lo hacía el catering o lo hacía la tía de Adrián, que es la discusión más larga del mundo—. ¿Bajaste esta mañana a la cala?

Se me paró el tenedor.

—A hacer fotos —dije.

—Ya. —Bebió—. Hace años que no bajo yo. —Lo dijo mirando el plato. Luego me miró a mí, y por un segundo no era el Diego simpático, era el otro, el que hay debajo, el crío que había visto lo mismo que yo fuera lo que fuera—. No bajes sola, ¿vale? Ese fondo es una trampa. Se lo digo a todos.

—Sé nadar, Diego.

—Ya sé que sabes nadar. —Me sonrió, y me apretó el muslo con la rodilla una vez, despacio, y volvió a la conversación del arroz como si nada, como si acabara de decirme que hacía bueno.

No sabía nadar todo el mundo. Eso lo pensé después, fregando. No todo el mundo sabía nadar.

Alba no comió postre. Se levantó a media comida con dos dedos en la sien y dijo que le estaba entrando una de sus jaquecas, que con este calor le pasaba, que la disculpáramos, y subió.

La oímos cerrar la puerta de su cuarto y correr la persiana del todo, ese ruido de guillotina que hacen las persianas viejas.

Nadie dijo nada. En esta casa, cuando alguien se retira, se le deja retirarse.

Es una de nuestras reglas no escritas, de las muchas.

No se persigue a nadie por un pasillo. No se llama a una puerta cerrada.

Y desde luego no se pregunta por una habitación que está con llave y que lleva ahí, cerrada, desde que llegamos, en el fondo del pasillo de arriba, con una luz por debajo que algunas noches está encendida y otras no.

Marta miró subir a Alba, y luego me miró a mí, y yo bajé la vista al plato. No la ayudé. Que conste que no la ayudé. Bastante tenía.

La tarde fue larga de esa manera en que solo son largas las tardes de agosto en un sitio del que no puedes salir.

La marea cubrió el camino sobre las cinco.

Lo vi desde la terraza: la lengua de arena estrechándose, poniéndose fina como una cicatriz, y luego un momento en que ya no estaba, en que el continente y la isla eran dos cosas separadas por agua, y nosotros de este lado.

Siete personas de este lado. Sentí lo de siempre cuando desaparece el camino, esa cosa mezclada, el alivio tonto de estar aislado y el otro pálpito, el que no me gusta, el de las paredes acercándose.

Adrián estaba a mi lado en la barandilla, mirando lo mismo que yo.

—Me encanta este momento —dijo—. Cuando se corta. Como si el mundo cerrara la puerta y nos dejara aquí a lo nuestro.

—A lo nuestro —repetí.

—Alba me contó que veníais mucho de pequeños.

—Lo dijo despacio, tanteando, con esa manera suya de dejar caer las cosas y ver adónde ruedan—.

Que erais como una pandilla. Que pasabais los veranos enteros en la cala esa de abajo.

—Me miró de reojo—. Tiene que ser bonito volver a un sitio así con la misma gente. Veinte años después.

—Es raro —dije—. Más que bonito.

—Raro por qué.

Y ahí estaba otra vez. La misma pregunta, con otra cara.

Adrián preguntándome por los carretes anoche.

Marta preguntándome a bocajarro esta mañana.

Adrián otra vez ahora, más suave, mejor educado, pero preguntando.

Como si se hubieran repartido la faena sin saberlo.

Como si toda la isla se hubiera puesto de acuerdo en una sola cosa: en no dejarme en paz.

—Raro porque uno cambia y los sitios no —dije, que es la clase de frase que suena a algo y no dice nada, la clase de frase que llevo veinte años perfeccionando—. Voy a echarme un rato antes de cenar. El calor me ha dejado muerta.

—Claro —dijo él. Y cuando ya me iba, sin levantar la voz, casi para sí mismo—: Oye, Nora. Los carretes viejos, si al final los encuentras, tráelos. Me haría ilusión ver la isla de entonces.

Me paré en el marco de la puerta. No me giré.

—Los tiré hace años —dije.

—Qué pena —dijo Adrián.

Y algo en cómo lo dijo, en la tranquilidad con la que lo dijo, me dejó claro que no me creía.

Que ninguno de los dos se creía. Que estábamos jugando los dos a lo mismo y él lo sabía y yo sabía que él lo sabía, y que el único que no sabía a qué estábamos jugando era, quizá, Adrián, el novio, el de fuera,

el que iba a casarse pasado mañana en una isla que no era la suya con una gente que no era la suya y que guardaba una cosa que él intuía sin ver.

O quizá lo sabía perfectamente. Con Adrián, como con Diego, nunca se sabe. Empezaba a pensar que en esta isla nadie era exactamente quien decía.

Subí. Me tumbé en la cama con la persiana bajada y el ventilador dándome en la cara y no dormí, claro que no dormí, me quedé mirando las rayas de luz que se colaban por la persiana y que iban cambiando de sitio según bajaba el sol, muy despacio, como si el día también estuviera esperando algo.

Se oía el mar. Se oía a alguien en la piscina, un chapoteo, risas, la vida normal siguiendo su curso a diez metros de mí.

Y se oía, si aguzabas, la casa entera crujiendo con el calor, la madera dilatándose, esta villa vieja respirando como respira la gente mayor cuando duerme.

A eso de las ocho me levanté a cambiarme para la cena y fue cuando abrí la bolsa del todo.

No la había deshecho al llegar. Soy de las que viven de la maleta tres días, saco lo justo y lo demás que se quede ahí.

Pero para la cena quería el vestido bueno, el verde, el que había metido bien doblado en el fondo con papel de seda para que no se arrugara, y para llegar al vestido tuve que sacar todo lo de encima, las camisetas, el bañador todavía húmedo de no haberme bañado —lo había mojado en el lavabo,

para la coartada, hasta eso—, la bolsa de aseo, el cargador.

Y debajo de la última camiseta, encima del papel de seda, boca abajo, había una fotografía.

Una foto de papel. De las de antes. Con el borde blanco y el brillo apagado que tienen las fotos que han vivido veinte años en un cajón.

Yo no había metido ninguna foto en esa bolsa.

Lo supe con esa certeza total con la que se saben las cosas del propio equipaje, porque tu maleta la haces tú, la haces sola, sabes lo que hay en ella como sabes lo que llevas en los bolsillos.

Yo no metí una foto. Alguien la metió por mí.

Alguien había abierto mi bolsa en algún momento entre que llegué a esta casa y ahora, había levantado mi ropa con cuidado, mi ropa, y había dejado esto debajo, boca abajo, para que la encontrara yo sola, sin testigos, cuando fuera a por el vestido verde.

La cogí. Me temblaba la mano otra vez, la misma mano de la mañana, la mano tonta que se acuerda de las cosas antes que yo. Le di la vuelta.

Y era la cala. La cala pequeña, la de abajo, la de esta mañana, la de los pies que saben solos.