La última en salir de la isla (Islas 1) 3. Lo que el agua no devuelve
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3. Lo que el agua no devuelve

Me levanté antes que nadie con la excusa de la luz.

Es verdad que a las ocho de la mañana la isla tiene una luz que después no vuelve, una luz de leche que baja del cielo antes de que el sol se ponga a apretar de verdad, y que a esa hora el mar está tan quieto que parece que alguien lo ha planchado.

Es verdad todo eso. También es verdad que me levanté antes que nadie porque necesitaba estar sola donde nadie pudiera verme la cara, y que el único sitio de la isla donde uno puede tener la cara que le dé la gana es la cala pequeña.

La villa está construida sobre lo alto, mirando al canal, al continente, al camino de arena que solo aparece con la marea baja.

Desde la terraza se ve todo lo que importa: la barca, la lengua de tierra, el pantalán, la olla.

Lo que no se ve desde arriba es la cala pequeña, que queda en la parte de atrás de la roca, detrás de una loma de pitas y de esa hierba seca que corta si la coges mal.

Hay que bajar por un sendero que no es sendero, que es más bien una idea de sendero, y perderse de vista.

Por eso la eligieron los mayores para dejarnos jugar. Y por eso la elegí yo esa mañana.

Cogí la cámara de verdad, la analógica, la que traje por si Adrián iba en serio con lo de los carretes.

La colgué del cuello como una coartada. Si alguien me preguntaba —y en esta casa siempre hay alguien preguntando— yo bajaba a hacer pruebas de luz para el book de la boda, a ver encuadres, a mirar dónde poner a los novios cuando llegara el día.

Nadie iba a discutirme eso. La fotógrafa haciendo su trabajo.

La amiga que se gana el fin de semana. Perfecto.

El sendero lo bajé sin pensar. Ese es el problema de este sitio, que no te deja pensar.

Diecinueve años sin pisar esa arena y los pies fueron solos, esquivaron la piedra suelta que hay a la altura de las pitas, se apoyaron en la raíz que sale del suelo como un nudillo, saltaron el escalón de roca sin que yo les dijera nada.

El cuerpo se acordaba. El cuerpo llevaba diecinueve años acordándose por su cuenta, guardándose el mapa, esperando a que yo volviera para demostrarme que él nunca se había ido.

Llegué abajo con el corazón haciéndome cosas raras y las manos frías, y eso que ya empezaba a hacer un calor de esos que se te meten por el cuello de la camiseta.

La cala estaba igual. Digo igual y sé que es mentira, que en diecinueve años el mar se come dos metros de todo, que las rocas se mueven, que la arena que pisas hoy es otra arena.

Pero estaba igual. La misma media luna de arena gorda, casi grava, la que se te clava.

El mismo semicírculo de roca que la protege del viento y también de las miradas.

El mismo olor, sobre todo el mismo olor, ese olor a sal y a alga podrida y a algo dulzón por debajo, higuera o adelfa, no lo sé, un olor que no había vuelto a oler en toda mi vida adulta y que me reconoció antes de que yo lo reconociera a él.

Dejé la cámara en una roca. No hice ni una foto. Ese fue mi trabajo esa mañana: no hacer ni una foto.

Me senté en la arena con las rodillas dobladas y me quedé mirando el agua de la cala, que es de un verde distinto al del canal, más quieto, más hondo de lo que parece cerca de la orilla.

De pequeños nos decían que en la cala pequeña había que tener cuidado porque el fondo caía de golpe.

Das tres pasos y te cubre. Das un paso más y ya no haces pie y el frío te sube por las piernas como una mano.

Nos lo decían para que no fuéramos solos. Íbamos solos igual.

Y ahí, sentada en la arena a las ocho y pico de la mañana, con la villa a mi espalda sin verme, me llegó.

No fue un recuerdo. Los recuerdos tienen principio y final, se los puede uno contar.

Esto fue otra cosa. Fue un fogonazo, una habitación que se enciende un segundo cuando pasa un coche por la calle y luego se apaga.

Vi fuego. Una hoguera baja, de esas que hacíamos con lo que encontrábamos, cañas y palés y la madera que devuelve el mar, y el fuego chisporroteando con la sal.

Vi las caras naranjas alrededor. Oí risas, risas de críos, esa risa aguda que hacen los niños de noche cuando están cansados y excitados a la vez y ya no saben parar.

Y oí a alguien reírse demasiado cerca del agua.

Reírse de espaldas al mar, en el filo, ahí donde el fondo cae de golpe, riéndose con esa risa de estar pasándolo mejor que nadie, y yo dentro del fogonazo pensé no, ahí no, apártate de ahí, y la habitación se apagó.

Se fue. Antes de que pudiera mirarlo de frente, se fue, como se va el nombre de una calle que tienes en la punta de la lengua.

Me quedé con el pulso en las orejas y con la boca seca y con la certeza estúpida, animal, de que si me giraba iba a ver la hoguera todavía humeando.

No me giré. Me quedé mirando el agua verde de la cala hasta que dejó de temblarme, la mano quiero decir, y luego cogí la cámara sin haber hecho una foto y subí.

Subí más deprisa de lo que había bajado. El cuerpo, otra vez, sabía por dónde. Solo que ahora no me parecía un regalo.

Arriba ya estaba la casa despierta. Se oía a los mellizos discutiendo por el café, que Guille lo hace flojo y Nando lo hace de matar, y se oía a alguien fregando algo, y la radio de la cocina con el parte, treinta y ocho grados previstos para la costa, aviso amarillo,

no salgan en las horas centrales, hidrátense, la voz esa de verano que lleva toda la vida diciendo lo mismo.

Crucé la terraza intentando poner cara de fotógrafa satisfecha.

No debí conseguirlo, porque Marta me estaba esperando.

Marta es la de fuera. La prometida de Toni, la que ninguno conocíamos hasta hace dos días, la que pregunta en voz alta lo que los demás preguntamos por dentro.

Es guapa de una manera cansada, de estar siempre a punto de entender algo.

Estaba en la esquina de la terraza con un café y un pareo mal puesto y el pelo todavía de dormir, y en cuanto me vio dejó la taza en la barandilla y vino hacia mí como quien lleva rato ensayando.

—¿Puedo preguntarte una cosa? —dijo—. Y me dices que me calle si me paso.

—Depende de la cosa.

—¿Qué pasó aquí?

Lo dijo así. Sin adorno. Con el mar detrás y el calor ya subiendo y la casa entera a diez metros haciendo café.

—¿Qué pasó dónde? —dije yo, y me oí decirlo, y me oí lo mal que sonaba.

Ella me miró con paciencia. Con esa paciencia de la gente de fuera, que ve el dibujo entero porque no está dentro de él.

—Nora. Llevo dos días aquí. No conozco a nadie de antes de anteayer, así que a lo mejor lo veo mejor que vosotros, no sé.

Pero es que hay una palabra que nadie dice.

Anoche en la cena, cuando el mellizo, el rubio, dijo aquel verano, se paró el mundo.

Se paró literalmente. Toni me apretó la pierna por debajo de la mesa.

Toni, que no me aprieta la pierna ni cuando quiere que nos vayamos de un sitio.

—Se rió sin ganas—. Y hay una habitación cerrada con llave arriba que nadie me explica, y una chica, Alba, que te mira como si le debieras dinero, y tú te levantas a las ocho de la mañana a hacer fotos y vuelves con esa cara.

—Bajó la voz—. Yo me caso con este chico en primavera.

Me estoy metiendo en esta familia. Creo que tengo derecho a saber en qué me estoy metiendo. ¿No?

Y tenía razón. Esa es la putada de Marta, que casi siempre tiene razón, y que la razón la dice a las ocho y media de la mañana antes de que a una le haya dado tiempo a mentir bien.

—Fue hace mucho —dije.

—Eso no es un qué. Eso es un cuándo.

—Marta.

—Vale. —Levantó las manos, se rindió sin rendirse, cogió otra vez su café—. Vale. Perdona. Es que hace un calor que no me deja pensar y encima tengo la sensación de estar en una película empezada por la mitad. Como si todos hubierais visto el principio menos yo.

—Nadie ha visto el principio —dije, y me salió más verdad de la que quería.

Ella me miró. Iba a decir algo. En ese momento salió Toni a la terraza con el torso al aire y las gafas de sol puestas dentro de casa, que es un gesto que odio, y dijo algo de ir a por hielo al pueblo antes de que subiera la marea y cortara el camino, y Marta se giró hacia él,

y la conversación se deshizo como se deshacen todas las conversaciones importantes de esta casa: por hielo, por marea, por el pretexto que haga falta.

Me metí a desayunar. No desayuné. Me serví un café de los de Nando, de los de matar, y me lo tomé de pie en la cocina mirando por la ventana el trozo de canal que se veía, midiendo con la vista cuánto le quedaba al camino de arena para desaparecer bajo el agua.

Cuando desaparece, no se sale de la isla hasta la noche.

Es una cosa que sabes siempre que estás aquí, en el fondo de todo, como se sabe la hora sin mirar el reloj: cuánto te queda de tierra.

La comida fue peor.

Comimos tarde, cuando el calor ya no era una amenaza sino un hecho, con las persianas medio bajadas y los ventiladores moviendo aire caliente de un lado a otro de la mesa como quien reparte cartas malas.

Alba puso una ensalada de tomate de esos de la isla, feos y buenísimos, y sardinas, y pan con el ajo restregado, y vino blanco en la nevera de corcho, y durante un rato pareció que íbamos a poder hacer lo que llevábamos veinte años haciendo, que es comer juntos y hablar de nada.

Diego se sentó a mi lado.

No es que se sentara a mi lado. Es que se sentó a mi lado.

Había sitio de sobra, la mesa es larga, cabemos doce y éramos siete, y él arrastró la silla y la pegó a la mía hasta que noté su muslo contra el mío, caliente, húmedo del calor, y su brazo cuando cogía la jarra rozándome el hombro.

Diego siempre ha sido el más físico del grupo, el que abraza, el que te coge del cuello, el simpático.

De críos no me importaba. Ahora tengo treinta y cuatro años y sé leer un cuerpo pegado al mío, y aquel no era un cuerpo de simpatía.

Era un cuerpo diciéndome algo. Cada vez que en la mesa se rozaba un tema, cualquier tema, la boda, la barca, el faro que se ve al fondo, la última vez que estuvimos todos, Diego se recostaba un poco más hacia mí, me apoyaba el codo, me buscaba con la rodilla,

como quien pone una mano en el hombro de un perro que no sabe si va a ladrar. Tranquila. Quieta. Aquí estoy yo.

O a lo mejor era: cuidadito con lo que dices, Nora. Aquí estoy yo.