La última en salir de la isla (Islas 1) 2. El forastero que llegó de noche #3
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2. El forastero que llegó de noche #3

la vez que los mellizos robaron una barca y llegaron remando hasta la cala de los holandeses.

Marta escuchaba con la barbilla apoyada en la mano, encantada, haciendo preguntas, y cada pregunta suya era una manera de decir: contadme más, contadme el resto, contádmelo todo.

Y nosotros contábamos el resto, contábamos casi todo, siempre casi.

Y entonces alguien lo dijo. No sé ni quién fue, esa es la verdad, y he intentado reconstruirlo mil veces desde entonces.

Creo que fue Guille, hablando del dron, diciendo que iba a grabar la isla entera desde arriba, la cala, la escollera, «hasta la olla, tío, que desde arriba se debe ver negra negra», y luego, sin pensarlo, con la lengua suelta del vino tibio, añadió: «igual que el verano del dos mil…» .

No llegó a decir el número. Se le cortó la frase en la boca, ahí, en la primera cifra, como cuando pisas mal un escalón que creías que estaba y no estaba.

Pero daba igual que no lo terminara. Lo habíamos oído todos.

El dos mil y algo. Aquel verano. Y la mesa hizo una cosa que no había hecho en toda la noche: se calló de golpe.

No fue un silencio educado. Fue un silencio con cuerpo, un silencio que se podía tocar, y en él se oyó clarísimo el mar allá abajo, subiendo con la marea de la noche, y una chicharra rezagada que arrancó y volvió a callarse enseguida, como avergonzada.

Diego dejó el tenedor en el plato. Despacio. Sin ruido.

Toni miró hacia la puerta otra vez, ese tic suyo, como si esperase que entrara alguien.

Marta, que no sabía nada, que era la única limpia de todos nosotros, abrió la boca para preguntar —lo vi, vi cómo cogía aire para soltar el «¿qué verano?»

que llevaba dos días guardándose— y fue Adrián quien la salvó, o quien nos salvó, o quien hizo las dos cosas a la vez, dando una palmada y levantándose con la copa en alto:

—¡Bueno! ¡Que esto es una boda, no un velatorio! —Su sonrisa había vuelto, intacta, radiante, insoportable—. ¡Por Alba! Por lo guapa que va a estar el sábado y por la paciencia que le echa conmigo. ¡Por Alba!

Y todos nos agarramos al brindis como el que se agarra a un flotador, «¡por Alba!»

, con demasiado entusiasmo, con demasiado alivio, chocando las copas de vino caliente por encima del pescado, y la conversación se puso en marcha otra vez, atropellada, hacia cualquier otro sitio, hacia el catering, hacia el tiempo que iba a hacer, hacia lo que fuera con tal de no ser aquello.

La cerilla se había apagado sola. Por esta vez.

Yo no brindé del todo. Levanté la copa, sí, moví los labios, pero mientras lo hacía busqué a Alba con los ojos, porque quería ver su cara en el momento de su propio brindis, y su cara no estaba en el brindis.

Alba miraba el mar.

Se había girado un poco en la silla de la cabecera, lo justo, con la copa todavía en alto y la sonrisa todavía puesta para la foto que nadie estaba haciendo, pero los ojos se le habían ido por encima de nuestras cabezas, por encima de la barandilla del porche, hacia abajo y a la izquierda,

hacia el punto exacto donde el agua deja de ser turquesa y se hace de golpe de un azul casi negro, ese escalón invisible del fondo que de niños llamábamos la olla porque decían que allí el mar hervía por dentro y se tragaba lo que caía.

Miraba justo ahí. Con una fijeza que no tenía nada que ver con la boda, ni con nosotros, ni con el hombre guapísimo que acababa de brindar por ella.

Miraba como se mira un sitio al que se ha vuelto muchas veces sin moverse de la silla.

Y esta vez —esto es lo que me quitó el sueño aquella primera noche, tumbada bajo el ventilador que removía el aire caliente sin enfriarlo— esta vez no apartó la vista a tiempo.

Otras veces sí. Yo la había pillado ya dos, tres veces a lo largo de la tarde robándole una mirada al agua, y siempre, en cuanto notaba que alguien la veía, volvía a lo suyo con un reflejo rapidísimo, la sonrisa de vuelta antes de que te diera tiempo a estar seguro.

Reflejos de veinte años. Los mismos que tengo yo.

Pero ahora no. Ahora me encontró mirándola —nuestros ojos se cruzaron por encima de las velas de citronela, por encima del pescado a medio comer, por encima de todo lo que llevábamos dos décadas sin decirnos— y no apartó la vista.

Se quedó. Me sostuvo la mirada un segundo entero, larguísimo, con la copa todavía en el aire y la olla todavía negra a su espalda, y en ese segundo las dos supimos lo mismo.

Supimos que la otra se acordaba. Supimos que ninguna de las dos había dejado de mirar nunca hacia ese punto, ni en veinte años, ni por mucho que nos fuéramos lejos.

Y supimos que Diego tenía razón. Que ya estábamos todos. Y que esta vez, con este calor, con este novio que preguntaba por mis carretes, con esta chica nueva que preguntaba en voz alta, con esta puerta cerrada con llave arriba en el pasillo, esta vez sí íbamos a tener que hablar de lo que pasó.

Alba bajó la copa por fin. Bebió. Y me sonrió, una sonrisa pequeña, de las de verdad, de las que no se ensayan, una sonrisa que era mitad disculpa y mitad aviso, y volvió a girarse hacia Adrián, hacia su boda, hacia la mitad de la película que Marta se moría por entender.