2. El forastero que llegó de noche #2
—¡Perdón, perdón! —iba diciendo, con una sonrisa que le ocupaba media cara—. ¡El de la lancha me ha tenido una hora en el puerto! ¡Cosas del catering, ya os contaré!
Encantador. Esa es la palabra, y la escribo con cuidado, porque en veinte años he fotografiado a mucha gente encantadora y he aprendido a desconfiar del encanto como se desconfía del que te vende algo demasiado barato.
Adrián era encantador de una manera que no parecía casualidad.
Sabía el nombre de todos antes de que se lo dijeran.
Se acordaba de detalles: le preguntó a Nando por el dron sin que nadie le hubiera hablado del dron, felicitó a Marta por «lo de la oposición» como si fueran cuñados de toda la vida.
Tenía para cada uno la frase exacta, medida, del tamaño justo.
Y cuando por fin llegó a mí —yo era la última, la de siempre—, se limpió la mano mojada en el pantalón antes de tendérmela, y me miró a los ojos un segundo de más.
—Nora. —Lo dijo despacio, saboreándolo—. La famosa Nora. Alba no habla de otra cosa. La fotógrafa.
—Una de tantas.
—No, no. La fotógrafa. La que lo vio todo desde detrás de la cámara.
—Sonrió, y fue una sonrisa cálida, impecable, y por eso mismo me heló—.
Oye, tengo una curiosidad tonta, perdona que sea tan directo.
¿Tú sigues revelando en papel? Quiero decir, de verdad, en un cuarto oscuro, con las cubetas y todo eso.
—A veces. Para lo mío bueno, sí. Lo digital lo uso para trabajar.
—¿Y guardas los negativos? Los antiguos, digo. Los carretes de cuando eras cría. De cuando venías aquí, a la isla.
Fue una pregunta perfectamente normal. Cualquiera la habría hecho.
Un novio simpático, curioso por el pasado de la casa a la que se casaba dentro, interesado por la niña que fue su futura mujer y las amigas de su futura mujer y los veranos de todos.
Una pregunta de sobremesa. Y sin embargo se me erizó algo en la nuca, ahí, con el sol ya bajo el mar y el calor subiéndome por los tobillos, porque nadie, nunca, en veinte años, me había preguntado por mis carretes de la isla.
Nadie sabía que existían. Ni yo estaba segura de que existieran.
Y aquel hombre al que conocía desde hacía cuarenta segundos me preguntaba por ellos como quien pregunta la hora.
—Alguno quedará —dije—. En casa de mi madre, revueltos con todo. Ni me acuerdo.
—Deberías buscarlos. —Me soltó la mano por fin—. Las fotos viejas son un tesoro. Uno cree que se acuerda de las cosas, y luego mira una foto y resulta que se acordaba mal. La foto no miente, ¿verdad? Eso decís los fotógrafos. La foto no miente.
—La gente que sale en la foto, sí.
Se rio, encantado, como si le hubiera regalado algo.
—Ya me caes bien —dijo—. Ya me caes bien, Nora.
Y se fue a abrazar a Diego, y a mí me dejó ahí, en el pantalán, con el agua chapoteando debajo de las tablas y una idea creciéndome despacio, incómoda, como cuando notas que llevas una piedrecita en el zapato y todavía no has parado a sacártela: aquel hombre no me había preguntado por curiosidad.
Aquel hombre ya sabía que los carretes existían.
Y me lo estaba preguntando para saber si yo lo sabía también.
La cena la habían montado en el porche grande, bajo la parra, con velas de citronela que ahuyentaban a la mitad de los mosquitos y perfumaban a la otra mitad.
Era una mesa larga de las de tablón, con mantel de cuadros y platos que no combinaban, la vajilla revuelta de una casa de alquiler, y a mí siempre me han gustado esas mesas más que las de restaurante, porque en las de restaurante la gente se sienta como toca y en las de casa se sienta como quiere,
y dónde se sienta cada uno te cuenta media historia.
Alba y Adrián en la cabecera, claro. Los mellizos juntos, faltaría más.
Marta al lado de Toni, pero girada hacia fuera, hacia todos, observando.
Diego enfrente de mí. Y a mi derecha, un sitio vacío que nadie ocupó y que nadie comentó, con su plato puesto y su copa puesta, como si esperáramos a alguien más.
No pregunté. Ya empezaba a entender que en aquella casa las preguntas eran cerillas.
Sacaron ensaladilla, y unas cocas de la panadería del pueblo, y pescado a la sal que había hecho no sé quién, y vino blanco.
El vino blanco estaba casi caliente. Alguien había sacado las botellas de la nevera demasiado pronto, o la nevera no daba para tanta botella, y el caso es que aquel verdejo se bebía tibio, con ese punto dulzón y espeso que coge el vino cuando pierde el frío, y aun así nos lo bebíamos,
porque hacía calor y porque había que brindar y porque el vino tibio, a partir de la segunda copa, deja de importar.
El aire no se movía. La llama de las velas subía recta hacia arriba, sin temblar, y por encima de la parra el cielo se había puesto de ese morado sin estrellas todavía, ese color de sartén, y todos teníamos la camisa pegada a la espalda y nadie lo decía.
Se brindó. Por los novios, por la casa, por los que estamos, «por los que estamos», dijo Nando imitando a nuestro profesor de gimnasia, y nos reímos porque era un chiste de hacía veinte años y todavía funcionaba.
Se contaron las historias de siempre, que son el pegamento de los grupos viejos: la vez que Toni se rompió el brazo saltando de la roca alta, la vez que a Diego lo pilló la marea en el canal y tuvo que quedarse en la isla hasta la madrugada,