2. El forastero que llegó de noche
Nadie se rio con la frase de Diego, es verdad, pero tampoco pasó lo que yo esperaba.
No hubo trueno. El mundo no se partió por la mitad.
Hubo, en cambio, esa cosa tan española de deshacer la tensión con una tontería: fue Nando, uno de los mellizos, que soltó desde la tumbona, sin abrir apenas los ojos, «Diego, macho, guárdate el discurso para el banquete,
que aquí lo único que ha pasado es que llevo tres cervezas y todavía no ha llegado el novio».
Y entonces sí, entonces se rieron todos, agradecidos, como se agradece que alguien abra una ventana en un cuarto cargado.
Alba me soltó la mano. Diego se encogió de hombros, dio otro trago y volvió a sentarse. Y la boda siguió siendo una boda.
Pero yo había visto el ensayo. Uno aprende, en veinte años detrás de una cámara, que la gente ensaya sus caras antes de ponérselas.
Diego había ensayado esa. Llevaba días, a lo mejor semanas, decidiendo cómo iba a decir esa frase y qué iba a hacer con la cerveza mientras la decía.
Lo que no había ensayado —lo que nadie ensaya— era el segundo exacto en que los ojos de todos, incluidos los míos, saltaron un instante hacia el mismo sitio antes de volver a la fiesta.
Hacia el mar. Hacia abajo, hacia la izquierda, hacia esa mancha oscura que se abre a unos cincuenta metros de la escollera y que de niños llamábamos «la olla».
Duró un suspiro, casi nada. Pero yo llevo media vida entrenada para cazar precisamente eso, lo que los demás no llegan a ver.
—Anda, ven, que te enseño tu cuarto —dijo Alba, tirándome de la muñeca—. Y no le hagas caso a Diego, que se pone intenso con el vino de la tarde.
La villa por dentro era más grande de lo que prometía desde la barca.
Fresca, eso sí, gracias a Dios: paredes de un palmo de gruesas, suelos de barro rojo que a esas horas todavía guardaban algo de la mañana, persianas de librillo bajadas a media asta contra un sol que a las siete y media seguía pegando como a las tres.
Olía a lejía reciente y a esparto, y por debajo, muy por debajo, a ese moho dulzón que tienen las casas que se abren solo en agosto.
La habían alquilado entera para la semana.
Ocho dormitorios, me dijo Alba, y a mí me tocaba uno del pasillo de arriba, con vistas al continente, «para que no te dé la morriña de golpe».
Fue en ese pasillo donde la vi. La puerta.
Todas las demás estaban abiertas, o entornadas, con esa naturalidad de casa en la que la gente ya ha deshecho las maletas y ha dejado las toallas por medio.
Aquella no. Aquella tenía una llave antigua metida en la cerradura, de esas de hierro con el ojo grande, y estaba cerrada.
No entornada: cerrada, con el pestillo echado, se notaba en cómo encajaba la madera contra el marco.
—¿Y esa?
Alba no aflojó el paso.
—Esa la tiene cerrada la dueña. Trastos suyos, cosas de valor, yo qué sé.
Nos dijo la agencia que de esa ni caso. —Y siguió andando, y abrió la mía, y me enseñó el ventilador de techo como si fuera una atracción de feria—.
Mira, mira qué maravilla. Aire acondicionado no hay, que la casa es vieja, pero con esto y la brisa de noche se duerme de lujo.
No insistí. Uno no insiste el primer día.
Pero dejé la maleta en la cama, me asomé al pasillo con la excusa de buscar el baño, y probé el picaporte con dos dedos, despacio, como se toca algo que a lo mejor quema.
Cerrado de verdad. Y la llave, la llave grande de hierro, giraba en falso: alguien la había dejado puesta para que pareciera que abría, pero no abría.
Volví a mi cuarto con esa sensación tan tonta y tan cierta de haber tocado algo que no me tocaba.
Bajé a hacer la ronda. Que es lo que se hace, ¿no?
Uno llega el último a una casa llena de gente que se conoce de toda la vida y tiene que ir uno por uno, como el que pasa lista al revés, dejando que le digan lo mismo ocho veces: qué guapa estás, qué morena, cuánto tiempo, no has cambiado nada.
Miente todo el mundo en esa ronda. Yo también.
Toni fue el primero. Lo encontré en la cocina, de espaldas, sacando hielo de una nevera que rugía como un tractor, y cuando se giró me di cuenta de que sí había cambiado, y bastante.
Toni siempre había sido el ruidoso, el de la carcajada que se oía desde el otro extremo de la playa, el que se tiraba de la roca alta cuando ninguno nos atrevíamos.
Ahora tenía canas en las sienes y una manera de mirar por encima del hombro, hacia la puerta, cada pocos segundos, que no le pegaba nada.
Me abrazó bien, eso sí. Olía a crema solar y a cerveza.
—La Nora —dijo—. La última en llegar, como siempre.
—El barquero no venía antes.
—Ya. —Sonrió, pero la sonrisa se le quedó a medias, como una persiana atascada—. Me alegro de que hayas venido. De verdad. Había… había apuestas.
—¿Apuestas de qué?
Metió el hielo en la cubitera y no me contestó. Se limpió las manos en el bañador y llamó, girando la cabeza, hacia el salón:
—¡Marta! Ven, que te presento a Nora.
Marta apareció por el arco de la cocina con una copa de vino en la mano y esa curiosidad limpia que solo tienen los que llegan sin deudas.
Era la novia de Toni —hacía año y medio, me diría luego—, la única de la casa que no había pisado la isla nunca, la única a la que aquel sitio no le decía nada.
Y por eso mismo lo miraba todo. Los cuadros, las fotos enmarcadas del pasillo, las caras.
A mí me miró como se mira una pieza que faltaba en un puzle empezado por otros.
—Así que tú eres la fotógrafa —dijo, y me dio dos besos—. Me han hablado mucho de ti.
—Espero que poco.
—Poquísimo. —Se rio, y fue una risa de verdad, la primera de verdad que oía desde que había subido la escalera—.
Esa es la cosa. De ti todos hablan poco.
De este sitio, poco. Del verano ese que sale cada dos frases, cero.
—Bebió—. Llevo dos días aquí y tengo la sensación de estar viendo una peli empezada por la mitad, con todo el mundo pidiéndome que no pregunte de qué va.
Toni dejó la cubitera en la encimera con más ruido del necesario.
—Marta.
—¿Qué? Lo digo con cariño. —Me guiñó un ojo—. A ti te lo puedo decir, que también acabas de llegar. Bienvenida a la mitad de la película.
Me cayó bien de inmediato, y supe en el acto que Marta era peligrosa.
No por mala. Al revés: por buena, por nueva, por no tener nada que proteger.
Los que no tienen nada que esconder son los que preguntan en voz alta lo que los demás llevan años preguntándose en voz baja.
Y en una casa como aquella, en una isla como aquella, en un agosto como aquel, una pregunta en voz alta podía ser lo más parecido a encender una cerilla.
Los mellizos estaban fuera, en el porche, y esos no habían cambiado nada, que es lo que se dice siempre y esta vez era verdad.
Guille y Nando, treinta y tantos ya, seguían discutiendo a gritos sobre si el agua estaba mejor a mediodía o al atardecer, seguían dándose collejas, seguían siendo esa criatura de dos cabezas y ninguna vergüenza que a los quince nos hacía reír a todos.
Me abrazaron a la vez, uno por cada lado, y me levantaron un palmo del suelo, y por un segundo tuve nueve años otra vez y el mundo era una lengua de arena que aparecía dos horas al día y todo lo malo estaba todavía por pasar.
—¡La artista! —gritó Guille—. ¡Oye, la artista! ¿A que no sabes lo que ha traído este? —Señaló a su hermano con el pulgar—. Un dron. Un dron para grabar la boda. Le va a dar un aire al cura, ya verás.
—No hay cura, imbécil, que se casan por lo civil.
—Pues al juez. Le va a dar un aire al juez.
Me reí. Me reí de verdad, con ganas, y me di cuenta de cuánto lo necesitaba.
Con los mellizos era imposible fingir, porque ellos no fingían nada, y eso, en aquella casa, era casi un lujo.
Casi. Porque cuando Nando fue a rellenarme la copa, bajó un poco la voz, solo un poco, y sin dejar de sonreír me dijo:
—Oye. En serio. Me alegro un montón de que estés. Estábamos… —buscó la palabra— estábamos raros sin ti. Como incompletos, ¿sabes?
Y ahí estaba otra vez. Como incompletos. Como si yo fuera una pieza que faltaba, como decía Marta. Como si la reunión no pudiera empezar de verdad hasta que estuviéramos todos. «Ya estamos todos, entonces —había dicho Diego—. Ahora sí podemos hablar de lo que pasó.»
El sol se estaba poniendo detrás del continente y no refrescaba.
Esa es la trampa de la isla en agosto: uno espera que la noche traiga alivio y la noche no trae nada, solo cambia la luz.
La roca había estado tragando calor doce horas y ahora lo devolvía por debajo, por los pies, por las paredes, un calor de horno apagado hace poco.
Las chicharras habían callado de golpe, todas a la vez, como si alguien les hubiera hecho una señal, y en ese silencio nuevo se oía el mar lamiendo la escollera y, más lejos, un motor.
Un motor de barca, acercándose.
—Ahí está —dijo Alba, y se le cambió la cara.
No sabría explicar cómo se le cambió. No fue que se pusiera contenta, aunque se puso, ni nerviosa, aunque también.
Fue como cuando en una foto de grupo alguien, justo antes del clic, se acuerda de por qué está ahí.
Se le tensó algo detrás de los ojos. Se pasó las dos manos por el vestido, aunque el vestido estaba perfecto.
Y bajó al pantalán casi corriendo, descalza sobre las piedras todavía calientes, y los demás la seguimos con esa procesión medio guasona de los que van a recibir a alguien importante fingiendo que no es para tanto.
Adrián venía de pie en la proa. Contra la última luz naranja no se le veía la cara, solo la silueta, una camisa clara arremangada y una mano levantada saludando, y por un instante, un instante nada más, la escena fue exactamente la de mi padre veinte años atrás enseñándome el canal, la misma proa,
la misma luz, el mismo olor a gasoil subiendo del agua quieta.
Se me puso algo en la garganta que no supe nombrar.
Luego la barca atracó, el hombre saltó al pantalán con una agilidad de anuncio, cogió a Alba por la cintura y le dio una vuelta en el aire, y todos aplaudieron, y la escena volvió a ser lo que era: la llegada del novio a su propia boda, tarde y por sorpresa, como un rey que se hace esperar.