La última en salir de la isla (Islas 1) 1. Con la marea baja
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La última en salir de la isla (Islas 1)

La última en salir de la isla (Islas 1)

Por Clara Bosch

© inepub.com

1. Con la marea baja

A la isla solo se llega con la marea baja, y aun así hay que saber por dónde.

Mi padre me lo enseñó a los nueve años, de pie en la proa de una barca que olía a gasoil y a sardina, señalándome con el dedo la lengua de arena que aparecía dos horas al día entre el continente y la roca.

«Cuando no se ve el camino, Nora, es que no toca ir.»

Veinticinco años sin hacerle caso y aquí estaba otra vez, con el motor al ralentí y la villa recortada allá arriba contra un cielo que a las siete de la tarde de un agosto seguía blanco de calor.

—¿Seguro que es aquí? —El taxista del mar, un chaval con la nariz pelada, miraba el embarcadero de madera medio comido como si le estuviera pidiendo que atracara en el fin del mundo.

—Es aquí —dije.

Podría haberle contado que nací a doce millas de esta roca, que tiene nombre en tres idiomas y en ninguno es bonito, que conozco cada cala como conozco las cicatrices de mis propias rodillas.

No le dije nada. Le pagué, agarré la bolsa con la cámara —la de verdad, la de las bodas, no el móvil— y salté al embarcadero antes de arrepentirme.

La madera crujió. El mar, debajo, estaba tan quieto que se veía el fondo: la arena, una lata, la sombra de un pez que no se movía. Un mar de postal. Un mar que yo sabía leer mejor que a la gente, y eso ya es decir.

—¡NORA!

La voz me llegó desde lo alto de la escalera tallada en la piedra, y con la voz llegó Alba, que bajaba los peldaños de dos en dos con un vestido blanco de tirantes y los pies descalzos, morena de todo el verano, riéndose antes incluso de llegar.

Se casaba en tres días. Se casaba en esta isla, en esta villa que había alquilado por un dineral a no sé qué familia alemana, y me había escrito en mayo un mensaje que decía solo: «Sin ti no lo hago. Y sé lo que te estoy pidiendo.»

Sabía lo que me estaba pidiendo. Por eso había tardado seis semanas en contestar.

Me abrazó como abraza ella, con todo el cuerpo, con la cara en mi cuello, y olía a sal y a crema solar y a algo más, a nervios tapados con perfume caro.

—Has venido —dijo contra mi pelo—. No me lo creía. De verdad que no me lo creía.

—He venido —dije, y me sorprendió la firmeza de mi propia voz.

Se separó para mirarme. Alba tiene la costumbre de agarrarte por los brazos y examinarte como si te comprara en un mercado, y a mí, que me gano la vida mirando a la gente por un objetivo, siempre me ha inquietado que ella me mire así.

Vi lo que no quería que viera: que estaba delgada.

Que llevaba una espinilla tapada con maquillaje en la mandíbula, cosa de novia estresada.

Y que, medio segundo antes de sonreír, se le fue la mirada por encima de mi hombro hacia el mar, hacia el punto exacto donde el agua se hacía honda, y se le apagó la cara.

Medio segundo. Luego volvió la sonrisa.

—Ven, que están todos. Vas a flipar con la casa. Hay una piscina que da al acantilado, infinity, de esas que parece que te caes al mar.

—¿Están todos? —Odié cómo me salió la pregunta. Demasiado rápida.

—Todos. —Me cogió de la mano y tiró de mí escalera arriba—. Toni llegó ayer con Marta. Guille y Nando esta mañana. Y Diego.

Me paré un peldaño. Fue involuntario, el cuerpo se me paró solo, como cuando pisas un escalón que creías que no estaba.

—Diego —repetí.

—Diego. —Alba no se giró. Siguió subiendo, con la mano tirando de la mía, y su voz sonó demasiado ligera, esa ligereza que ponemos encima de las cosas que pesan una tonelada—. Ya sé, ya sé. Pero es su isla también, Nora. Era de todos. Y han pasado veinte años.

Diecinueve, pensé. Diecinueve años, un mes y once días. Pero no lo dije, porque decir el número exacto me habría delatado, y llevaba diecinueve años sin delatarme.

Llegamos arriba. Y la villa era, en efecto, para flipar: cal blanca, buganvilla morada trepando por un lateral, ventanales enormes, y esa piscina que Alba había prometido, un rectángulo de agua turquesa cuyo borde se fundía con la línea del mar allá al fondo,

de modo que no sabías dónde terminaba una cosa y empezaba la otra.

En una mesa larga de teca había copas, botellas de cava metidas en cubos de hielo que ya se derretían, un ramo de flores silvestres. Todo dispuesto. Todo esperándome.

Y alrededor de la mesa, mis amigos de toda la vida se volvieron a la vez a mirarme, seis caras que conocía desde antes de saber lo que era guardar un secreto, y durante un instante nadie dijo nada.

El calor zumbaba. Una cigarra, en algún pino, hacía su ruido de sierra.

Los miré uno a uno como quien pasa lista, y ellos me miraron a mí, y en esa pausa de dos segundos, en ese silencio antes de los gritos y los abrazos y el «¡pero cuánto tiempo!»

, entendí una cosa que me heló por dentro a treinta y ocho grados.

No me estaban mirando como se mira a una amiga que llega tarde a una boda.

Me estaban mirando como se mira a alguien de quien no sabías si iba a aparecer. Como se mira a un testigo.

Fue Diego quien rompió el silencio. Se levantó de la silla, al fondo, con una cerveza en la mano y esa media sonrisa que siempre supo usar como llave maestra, y dijo, en voz baja pero lo bastante clara para que lo oyéramos todos:

—Ya estamos todos, entonces. —Dio un trago—. Ahora sí podemos hablar de lo que pasó.

Nadie se rio. Alba me apretó la mano tan fuerte que me hizo daño.

Y yo, que me gano la vida capturando el momento exacto en que la gente deja de fingir, supe que no debí subir esa escalera.